El veto de Bush
Autor: Padre Guillermo Juan Morado
El personaje no resulta amable a gran parte de nuestros conciudadanos. No voy a entrar yo ni a defenderlo ni a atacarlo. Pero si alguien hace algo bueno merece reconocimiento, al menos en lo que respecta a esa acción acertada. Y creo que el Presidente de los EEUU, George Bush, ha acertado vetando la ley de investigación con células madre embrionarias. La explicación del veto la ha dado el propio Bush: "Esta ley apoyaría que se utilizase una vida humana inocente para encontrar beneficios médicos para otros. Cruza una línea moral que nuestra sociedad tiene que respetar, así que la he vetado".
Se refería el Presidente al proyecto de ley, aprobado por el Senado de los EEUU, que ampliaba el uso de fondos federales para las investigaciones con células madre embrionarias. Naturalmente, habrá quienes aplaudan y quienes critiquen. La clave de este debate está en la consideración que merece el embrión humano. Si simplemente fuesen una célula o un agregado de células, los embriones podrían ser utilizados para la investigación como cualquier otro material biológico. Máxime si con ese uso se pudiese obtener – algo que está por ver, según parece - ventajas para la curación y el tratamiento de enfermedades.
Pero el asunto se complica si pensamos que el embrión humano es algo más que material biológico. Comentando el Salmo 138 (“Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno”), el Papa Benedicto XVI ha afirmado: en el Salmo “se manifiesta la grandeza de esta pequeña criatura humana, que aún no ha nacido, formada por las manos de Dios y envuelta en su amor: un elogio bíblico del ser humano desde el primer momento de su existencia” (Audiencia del 6 de enero de 2006). El ser humano, aun en su etapa embrionaria, es criatura de Dios, formada por sus manos, marcada por su amor.
La Iglesia defiende que la vida humana debe ser respetada y protegida “de manera absoluta desde el momento de la concepción” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2270). De manera “absoluta” significa sin restricción alguna, categóricamente. Si se trata de vida humana, no cabe entrar en un cálculo de ventajas e inconvenientes, no cabe ceder a una lógica estratégica, sino que se impone la lógica del reconocimiento: nos encontramos ante un ser al que hemos de “reconocer”, desde el primer momento de su existencia, sus derechos de persona. Y la persona es siempre fin en sí misma, y nunca medio para otros fines.
El respeto a la persona quedaría privado de fundamento si no se defendiese, teórica y prácticamente, el derecho inviolable de todo ser inocente a la vida. Y un embrión, un ser humano en sus primeras etapas de desarrollo, es indudablemente un ser inocente.
Nos encontramos ante una línea moral, ante una barrera, que no debemos ultrapasar. Si una ley positiva priva a una categoría de seres humanos de la protección que el ordenamiento jurídico les debe, el Estado estaría negando la igualdad de todos ante la ley. Dejaría entonces de ser un Estado de derecho para convertirse en un Estado que camina, de manera declarada o velada, hacia el totalitarismo, como recuerda Juan Pablo II en la Centesimus annus.
Pero no solamente el Papa defiende la dignidad del embrión humano. Desde una perspectiva científica, el genetista francés J. Lejeune ha defendido que el ser humano es tal desde los comienzos: “Ser humano por naturaleza desde su comienzo. Jamás tumor, o ameba, pez o cuadrúpedo, el ser humano se elabora en un silencio oscuro con infatigable esperanza”.
Y porque no se trata de material biológico disponible, de tumores o de amebas, de peces o de cuadrúpedos, sino de seres humanos, los embriones merecen respeto; merecen ser tratados como personas. Por otra parte, la misma ciencia parece empeñarse en condenar al fracaso los experimentos con células troncales embrionarias, mientras que sí se van obteniendo resultados con el uso de células madre adultas. Veremos en qué queda la cosa. De momento, y aunque sea políticamente incorrecto, un brindis por Bush.