Fe y libertad

Autor: Padre Guillermo Juan Morado

 

 

¿La fe se impone o se propone? ¿Es una carga pesada, una obligación gravosa e intolerable, que pasa por encima de la propia capacidad de autodeterminación o, por el contrario, es el resultado de una invitación razonable ante la cual la persona ha de decidir responsablemente? Lejos de ser una cuestión teórica, un problema reservado a la discusión teológica entre especialistas, la relación entre fe y libertad salta, con frecuencia, al debate público y se convierte en asunto de interés común, del que levantan acta esos notarios de la realidad que son los medios de comunicación social.

Sobre la fe, el magisterio reciente de la Iglesia se ha expresado de modo solemne en el Concilio Vaticano II. En concreto, en la constitución «Dei Verbum»: «Por la fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece el homenaje total de su entendimiento y voluntad, asintiendo libremente a lo que Dios revela». La fe es entrega y asentimiento; respuesta de confianza que compromete a todo el hombre y aceptación incondicional de la verdad que Dios, en su revelación, ha querido manifestarnos. Nadie puede forzar la confianza. La confianza no se compra; no se obtiene mediante amenazas. Surge, libremente, en correspondencia a la acción de quien se hace merecedor de ella. Tampoco el asentimiento, la adhesión interior a la verdad, es el resultado de la constricción. Y menos cuando se trata de asentir a la verdad de la revelación, donde la voluntad juega un papel fundamental a la hora de mover a la inteligencia a la aceptación de lo manifestado por Dios. No. La fe no es, ni en la vida personal ni en la vida social, enemiga de la libertad. Es, a la vez, su garante último y su máxima posibilidad de ejercicio. Como el amor, la fe es libre. Bien lo sabía un espíritu tan independiente como el cardenal Newman: «Creemos porque amamos»; es decir, es posible creer porque poseemos la capacidad de ir más allá de nosotros mismos, confiándonos, con entera libertad, a una palabra que aparece ante nuestra consideración revestida solamente con la credibilidad del amor.