La renovación de la mente

Autor: Padre Guillermo Juan Morado

 

 

Con frecuencia la fe cristiana se asocia con actitudes prácticas. Ser cristiano equivaldría, según este enfoque, a amar al prójimo, a entregarse a su servicio, a comprometerse en la causa de la justicia y de la atención de los pobres. No se puede negar la parte de razón que acompaña este modo de ver las cosas. Cristo, el Señor, ha hecho de su mandamiento nuevo un distintivo de los suyos: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos” (Juan 13, 35). 

Sin embargo este “cristianismo práctico” parece querer convivir con una especie de agnosticismo teórico, con una aceptación pacífica y resignada de los límites de nuestro conocimiento. En definitiva - tendemos a pensar - el misterio de Dios es incomprehensible y nuestro lenguaje no hace más que balbucear acerca de lo que supera todo lenguaje. La nuestra es, a veces, más que una “docta ignorancia”, que diría Nicolás de Cusa, una indolente indiferencia que olvida que Dios ha hablado en lenguaje humano y que, en Cristo, ha hecho accesible su Palabra. 

De ahí, de la desconfianza ante nuestro entendimiento, provenga, quizá, cierta prevención contra la verdad del cristianismo o contra el cristianismo como verdad. “¿Qué es la verdad?”, preguntaba Pilato y esa pregunta se ha convertido, en buena medida, en una pregunta retórica, formulada desde la convicción, un tanto paradójica, de que la verdad no existe y de que, si existe, es peligrosa. 

Frente a este naufragio en la duda, San Pablo, en la Carta a los Romanos, advierte: “transformaos con una renovación de la mente” (Romanos 12, 2). El aspecto cognitivo del ser humano no debe quedar al margen de la conversión, de la respuesta del hombre a la solicitud amorosa de Dios. La inteligencia forma parte de la dimensión espiritual de la persona, de aquello por lo cual cada uno de nosotros es un reflejo, una imagen, del Creador. 

Benedicto XVI, en la exhortación Sacramentum caritatis, alude, en relación con el culto, a la “renovación de la mentalidad”, a la “necesidad de entender de un modo nuevo la vida y vivirla” (Sacramentum caritatis, 77). En este aspecto había incidido también Juan Pablo II. En una alocución a los obispos de Estados Unidos se refería a una doble tarea evangelizadora; la conversión de la mente y la conversión del corazón: “El camino que lleva al corazón pasa, muy a menudo, a través de la mente y a lo largo y ancho de la Iglesia existe hoy necesidad de un nuevo esfuerzo de evangelización y de catequesis que vaya dirigido a la mente” (16 de septiembre de 1987). 

No se trata de caer en el racionalismo, ni de erigir la inteligencia en única y definitiva instancia de lo humano. Se trata de no prescindir de ella y de no olvidar que el apostolado cristiano es, de modo irrenunciable, apostolado de la mente. No se puede formular la propia identidad católica dejando de lado la doctrina y el pensamiento. Sin la doctrina y sin el pensamiento la praxis cristiana perdería su base, su motivación y su forma específica. 

Benedicto XVI habla de “cultura eucarística” (cf Sacramentum caritatis, 77). Sin conocimiento, sin comprensión, no hay, a la larga, vida. El Papa hace un buen servicio al recordárnoslo.