Somos obra de tus manos

Autor: Padre Fernando Pascual, L.C.

Profesor de filosofía y bioética en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum

Fuente: es.catholic.net (con permiso del autor)

 

 

El padre abad entró en la capilla. Se arrodilló en la última banca y empezó a rezar.

“Señor, buenas tardes. Hoy traigo el corazón lleno de inquietudes y de penas. Tendrás que tenerme un poco de paciencia.

¿Qué me pasa? Ya lo sabes: hoy he sufrido más que nunca ante la indiferencia de tantos hombres a tu mensaje.

¿Por qué hay hombres y mujeres que se cierran a tu amor? ¿Por qué no empiezan a descubrirte? ¿Por qué no llegan a la verdad? ¿Por qué viven tan atados a lo pasajero, al humo, a la nada?

Es cierto que algunos de ellos leyeron, hace años, tu Evangelio. ¿Por qué no lo comprendieron? ¿Qué hay en tus palabras que resulta para muchos escandaloso, anticuado o indescifrable?

Otros empezaron a entusiasmarse ante la maravilla de tu Mensaje. Pero luego... Sí, lo sé: diste la explicación en la parábola del sembrador. ¡Qué real es el influjo de las pasiones, de las malas amistades, o del apego a las cosas de la tierra! ¡Basta un poco de alcohol, de sexo, de egoísmo o de apego a las riquezas para apartarnos de Ti!

Muchos, muchísimos, viven en este mundo maravilloso, y no te descubren. No te perciben tras las nubes, en la lluvia, en el silencio de una montaña maravillosa, en la paz de un bebé que duerme, en la maravilla de dos esposos enamorados, en las estrellas que cantan en silencio Tu Amor eterno.

¿Por qué se han vuelto ciegos ante los lirios, los pobres, los enfermos, y tantas realidades en las que Tú estás presente y vivo?

Además, muchos tienen una idea deforme de tu Iglesia. Hablan sólo de las cruzadas, del caso Galileo, de los escándalos, de las debilidades de los bautizados. No son capaces de ir más allá, de descubrir a tantos miles y miles de católicos que aman plenamente, que ayudan a los enfermos, que acompañan a los ancianos, que cuidan de los niños, que viven el matrimonio como una vocación al amor y a la vida.

Señor, de nuevo, ¿qué nos ocurre? Tú nos amas, Tú nos esperas, Tú eres un Dios bueno. No eres indiferente ante nuestra indiferencia. Incluso sé que sufres mucho ante nuestras ingratitudes y cegueras.

Somos obra de tus manos, somos hijos, somos enfermos, somos pecadores. Necesitamos tu ayuda, quizá incluso más que en otros siglos. Porque hoy basta un aparato electrónico para tener nuestra mente ocupada. Y porque el vivir más años en los países ricos no siempre permite vivir para el Amor y para la esperanza.

Sé que lo que Te estoy diciendo Tú ya lo sabes y lo sufres. Porque viniste hace 2000 años por todos, por los más lejanos, por los que creen tenerlo todo en una póliza de seguros, en una cuenta bancaria o en las miles de informaciones que les bombardean cada día.

Pongo ante Ti la inquietud de mi pobre corazón. Sé que no siempre he sabido ser testigo ante los hombres de tu bondad, de tu alegría, de tu misericordia.

A pesar de mis defectos, a pesar de mis errores, quisiera que Tu Amor triunfase hoy en alguno de tus hijos.

Ese hijo, que tal vez regresará a casa herido y cansado de los mil placeres huecos de una vida sin sentido, será capaz de ayudar a otros, de ayudarme a mí, a levantar los ojos hacia el cielo, para repetir, sin prisas, con sencillez y esperanza, la oración que nos enseñaste con tu voz llena de humildad y mansedumbre: Padre nuestro...”