Sentirse bien haciendo el bien

Autor: Padre Fernando Pascual, L.C.

Fuente: es.catholic.net (con permiso del autor)

 

 

Siempre es bueno reflexionar en la “pedagoga del amor”, en ese arte de conducir a los nios y a los no tan nios no por el miedo o el castigo, sino por el respeto, el cario y el aprecio sincero y franco. Pero es posible que entre algunos educadores siga en pie, quiz inconscientemente, lo que deca el viejo refrn: “la letra por la sangre entra”. Es decir: sera necesario castigar y corregir con dureza para lograr algo en las mentes de nuestros pequeos. 

Nosotros, desde luego, no aceptamos que para aprender haya que llegar a la sangre. Pero al condenar el viejo refrn nos damos cuenta de que la educacin debe evitar dos extremos sumamente perjudiciales para la vida de todo nio. El primero consiste en no corregir ni castigar nunca; el segundo, en corregir y castigar con mtodos que rayan en la crueldad ms despiadada. 

Como ya decan en su tiempo Platn y Aristteles, conviene saber educar a los nios de forma que orienten bien sus sentimientos, sus momentos de placer y sus momentos de dolor, lo cual implica saber combinar bien esos dos elementos tan importantes de nuestra vida. Por qu? Porque muchas veces, incluso sin pensarlo, el hecho de que creamos que algo nos va a costar mucho, o de que en otra actividad u objeto vamos a disfrutar ms, puede ser determinante a la hora de que se haga o se deje de hacer algo (ir al trabajo o quedarse en cama viendo la televisin, por ejemplo). 

Es por ello necesario saber orientar bien el propio sentir, pues slo tendremos un hombre cabal, un autntico ciudadano dueo de s mismo, cuando hayamos conseguido una cierta satisfaccin en el hacer el bien, y un hondo pesar en el cometer o constatar el mal. El hombre incompleto, el ser achatado en su formacin integral, en cambio, es el que se siente mal cuando hace algo bueno o se siente bien al hacer el mal. Por eso la educacin poda ser definida como un camino que permita al hombre rectificar y eliminar el placer en el realizar el mal, para ir creciendo, cada vez ms, en el placer en la construccin de un mundo mejor. 

Se podra objetar, sin embargo, que el deber y la honradez no deben subordinarse a la bsqueda de un premio, a la consecucin del placer que sentimos cuando hemos obrado el bien. Esto es cierto, pero tambin es cierto que, si bien a veces podemos ser honrados hasta la testarudez, otras veces necesitamos algn apoyo sensible, al menos esa pequea satisfaccin del que alguien nos diga al odo: “felicidades, eres maravilloso!”, aunque ese alguien a veces sea uno mismo... 

Al revs, no nos ha detenido, antes de cometer un pequeo fraude o de concedernos algn vicio “diminuto” fuera de casa el pensar en los ojos severos de quien nos ama mucho y, por lo mismo, nos exige ms? El ser humano no puede vivir slo segn la ley del “deber por el deber”, sino que necesita apoyos, muletas, premios o castigos, cielos e infiernos, para resistir tanto en la fidelidad a la buena obra comenzada, como en el rechazo de aquellas acciones ms vergonzosas y turbulentas. 

El viejo lema “la letra por la sangre entra” est, ciertamente, casi descartado en el mbito de la enseanza de contenidos, en las escuelas donde estudian nuestros hijos. Las matemticas, la geografa, la historia, hay que ensearlas con placer, con gusto, precisamente porque el placer refuerza y fija ms los contenidos que queremos transmitir. 

Esto ya lo haba dicho Platn hace 2.400 aos, mucho antes de que fuese “redescubierto” por el famoso (aunque muchas veces poco realista) Rousseau en el siglo XVIII... La moral, a su vez, debe ser enseada con una buena pedagoga, esa que sabe unir los dos momentos, el de la premiacin y el de la reprensin, para llevar al autntico dolor por el mal cometido, y para sentir una honda satisfaccin cuando el nio empieza a realizar actos buenos.

Bajando a cosas concretas, qu debemos hacer cuando un nio pequeo, que apenas puede tener malicia, le quita un juguete a su hermanito para “hacerlo rabiar” y mostrar que es ms fuerte? La inhibicin de los padres slo puede reforzar al injusto en su “delito”, mientras que una reprensin oportuna, siempre en el mbito del mximo respeto unido a la mxima claridad, ayuda a sentir ese dolor profundo que permite, poco a poco, eliminar algunos pequeos hbitos de injusticia que ms tarde pueden degenerar en crmenes mucho mayores. 

Al mismo tiempo, la sonrisa cariosa de los padres ante la actitud generosa del hijo que presta sus juguetes a sus hermanos, puede ayudar a reforzar ese incipiente brote de virtud, que luego, un da, podr llevar a que sigan viviendo en nuestra tierra personajes buenos y santos como san Francisco de Ass, la Madre Teresa de Calcuta o el Papa Juan Pablo II. 

S: hay que ayudar a los nios a orientar sus sentimientos, y a sentirse bien haciendo el bien. Pero sin olvidar que, de vez en cuando, tambin nos hemos de ayudar a nosotros mismos, adultos, en ese largo camino en favor de la virtud. Nunca es tarde. Basta empezar siempre con la mirada fresca de un nio que se siente amado y que responde con amor al amor que recibe.