La caridad fraterna

Autor: Padre Fernando Pascual, L.C.

Fuente: Fuente: es.catholic.net (con permiso del autor)

 

 

El amor cristiano nace desde el amor de Dios. Por amor nos cre. Por amor nos acompaa en la historia humana. Por amor nos ofrece el gran regalo de la misericordia. 

El amor divino llega a su plenitud con la Encarnacin de Cristo. Con labios y con voz humana, nos revel el amor del Padre y nos ense a vivir como hermanos. 

“El Hijo de Dios con su encarnacin se ha unido, en cierto modo, con todo hombre” (Gaudium et spes n. 22). Quien se une a Cristo a travs del bautismo necesariamente se une a los dems hombres y mujeres del planeta, pues todos han sido invitados a descubrir que Jess es el Salvador del mundo. 

Necesitamos recordarlo siempre: el amor a Dios y el amor fraterno van unidos. “Nosotros amemos, porque l nos am primero. Si alguno dice: Amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de l este mandamiento: quien ama a Dios, ame tambin a su hermano” (1Jn 4,19-21). 

Desde la experiencia del amor de Cristo, podemos amar profundamente, concretamente, en lo grande y en lo pequeo, a nuestros hermanos. 

Incluso podemos empezar a ver al hermano como Cristo lo ve, “no ya slo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo. Su amigo es mi amigo” (Benedicto XVI, Deus caritas est, n. 18). 

Entonces es posible percibir, comprender, lo que desea cada persona que vive a mi lado. Por amor, buscar la mejor manera de ayudarle. Pero, sobre todo, intentar dar algo mucho ms profundo, pues mi mirada ser como la de Cristo. “Al verlo con los ojos de Cristo, puedo dar al otro mucho ms que cosas externas necesarias: puedo ofrecerle la mirada de amor que l necesita” (Deus caritas est, n. 18). 

La caridad fraterna llega, entonces, a lo ms hondo de la vida de cada ser humano. Permite no slo sobrellevar las cargas (no hay personas sin defectos), sino perdonar sinceramente. No slo ser pacientes, sino avanzar hacia el afecto ms sincero. No slo dar de nuestras cosas, sino darnos a nosotros mismos, como los primeros cristianos (cf. 2Cor 8,1-7). 

As aprenderemos a ser como el Maestro, que no vino a ser servido, sino a servir (cf. Mt 20,25-28); que nos pidi, desde su entrega absoluta, que nos amemos como l nos am, hasta dar la vida por los otros (cf. Jn 15,12-13; 1Jn 3,16); que supo mostrarse paciente y bondadoso, con un perdn profundo que es capaz de cambiar los corazones ms endurecidos.

“En conclusin, tened todos unos mismos sentimientos, sed compasivos, amaos como hermanos, sed misericordiosos y humildes. No devolvis mal por mal, ni insulto por insulto; por el contrario, bendecid, pues habis sido llamados a heredar la bendicin” (1P 3,8-9). 

La caridad fraterna nos hace semejantes a Dios, que hace llover sobre buenos y malos (cf. Mt 5,42-48), que no deja de ofrecer amor a cada uno de sus hijos. Nos permite vivir ya en esta tierra como se vive, eternamente, en el cielo.