Ante la injusticia de los secuestros

Autor: Padre Fernando Pascual, L.C.

Fuente: Fuente: es.catholic.net (con permiso del autor)

 

 

El tiempo pasa. Un ser querido, desde hace das, meses, tal vez aos, sigue secuestrado.

 

Se lo llevaron rpido, un da no esperado. Los padres, la esposa o el esposo, tal vez los hijos, lloran por su ausencia. Un hombre que era libre est ahora en otras manos, vive en la angustia y el dolor de su prisin forzada, sufre por la lejana de los suyos.

 

Con la violencia no se construye un mundo bueno. El mal no se vence a fuerza de pistolas. Ninguna injusticia puede ser motivo para matar, secuestrar o daar a otro ser humano. No ser nunca bueno conseguir dinero a travs de la extorsin y la amenaza.

 

El mundo sufre por culpa del cncer lento, amargo, del odio, de las injusticias, de las armas, mientras todos soamos un da en el que cese el llanto y reine entre todos esa concordia y esa paz que nacen de una sociedad ms justa y fraterna.

 

Un gesto de humanidad, un acto de concordia: eso se pide a los secuestradores. Sin condiciones: la vida humana no puede ser objeto de compra o venta, de presiones o amenazas. Tambin los miembros de los grupos armados o los delincuentes ocasionales que se dedican al secuestro tienen familia. Si pensasen en el dolor que causa la ausencia de un padre o de un hijo, si abandonasen el odio y la prepotencia para no provocar ms lgrimas, si abriesen el corazn al gesto ms noble del ser humano, que es el perdn y el respeto de todos, tambin de aquel que es visto, a veces sin conocerlo, como enemigo o como simple botn...

 

Las familias de los secuestrados anhelan una noticia simple, telegrfica: ha sido liberado. Miles de hombres y mujeres viven en la angustia de la espera. Pero la fuerza del amor no se extingue ante la cobarda de la violencia.

 

En cada corazn se esconde una energa profunda que puede vencer el mal con el bien, la indiferencia con la solidaridad, la pobreza con la justicia, la opresin con la libertad. Una libertad que tambin hay que devolver a los secuestrados. Lo piden, lo suplican, lo rezan, quienes les aman y quienes, como hombres libres, suean en un mundo distinto.

 

Vivimos con un puo de esperanza. Miramos al cielo y rezamos, en voz baja, por los secuestrados, los que sufren, los que lloran.

 

Dios los acompaa, Dios venda las heridas y enciende luces de concordia. Quiz pronto conceda esa gracia, esa dicha, esa victoria de todos. Quiz pronto sea posible esa liberacin de tantos prisioneros del odio y la violencia. Quiz pronto los mismos secuestradores dejen el camino de las armas para construir, desde la justicia y el respeto de todos, un mundo ms hermoso, donde cada hombre, cada mujer, pueda vivir, en paz, entre los suyos.