El Corazón de Cristo "hogar" que aviva la fe

Autor: Diacono Jorge Novoa

 

Junio, para nosotros que vivimos en el Sur de Latinoamérica, anuncia la llegada del frío. El invierno siempre presenta un sesgo de nostalgia. Nuestro cuerpo vive bajo el peso de los buzos que se multiplican para mitigar las bajas temperaturas. Vulgarmente expresaría cualquier hijo de este bendito Sur latinoamericano, que junio es un mes frío. 

Cualquier estufa se torna un lugar de encuentro, a su alrededor se suceden las manos frotándose aceleradamente. Los rostros pálidos recobran su sonrisa, ella nos ofrece la calidez que el inhóspito ambiente se resiste a entregar. A las estufas a leña, se las conoce también con el nombre de "hogar", en virtud de su forma, representan en miniatura una casa, pero, también intentan emular  el calor amable que nutre las relaciones de los miembros de la familia. Hay un dicho popular, cuesta mucho expresarlo en estas condiciones climáticas, pero, podemos intentarlo; "al mal tiempo buena cara". 

El Invierno Espiritual 

La vida espiritual sufre con el frío un cierto aletargamiento, somnolencia perezosa que prefiere el calor de la estufa a la caminata inhóspita en dirección de la casa del Señor. Junio es un mes caluroso para el creyente, habitualmente se celebran; "Pentecostés", "la Santísima  Trinidad", "el Corpus" y el "Sagrado Corazón", hemos sido bendecidos por Dios, en medio del frío inhóspito  hay un fuego interior que todo lo consume bajo el cielo. Entre los árboles que se visten de esterilidad surgen los cánticos en los Templos que glorifican la abundante cosecha de Dios. 

El corazón de Cristo, "hogar" que aviva la fe 

Los fieles se congregan en junio ante el Corazón de Cristo, que es el "hogar" de la fe, bajo su calidez se avivan las intenciones débiles, se fortalecen los corazones cansados, se mitigan los dolores profundos. Cuantas manos se unen en actitud de oración, que suplicantes claman a Jesús que bondadosamente les muestra su Corazón.  

Contemplemos su imagen; Jesús está de pie, no descansa, siempre camina con nosotros, está dispuesto según su promesa  a ir dos leguas, a perdonar setenta veces siete, a dejarlo todo para ir a nuestro encuentro, a cargarnos sobre sus hombros para permitirnos descansar sobre su Corazón. 

Esta deseoso de nuestra llegada a la Iglesia, quiere que  lo visitemos; sabe  de frío y hambre, no tenía un lugar donde reclinar su cabeza, conoce los insultos infames y los castigos injustos, recibió la traición de los que amaba, de sus amigos. Nada de lo que nos ocurre  le es extraño.

Dios se ha hecho hombre. No superhéroe. Hombre, hijo de Hombre, hijo de María. Ha caminado tiritando bajo el frío o se ha sentado a descansar del sofocante calor. En todo igual a nosotros menos en el pecado. No pecó jamás, no tuvo necesidad para ser un verdadero hombre de vivir enemistado con su Padre, justamente, porque el pecado desfigura en el hombre lo que es ser verdadero hombre. El pecado destruye el cordón umbilical, impidiendo la comunicación vital con el origen mismo del Ser.

Está allí de pie, dispuesto a partir conmigo o contigo para enfrentar todo lo que sea necesario. A partir de nuestra oración, caminará con nosotros el camino de nuestro arrepentimiento. Visitará con nosotros al que hemos ofendido, silenciosamente preparará su corazón para que nos acoja y fortalecerá el nuestro para que le pidamos perdón. Camina en medio de las reconciliaciones cotidianas tendiendo puentes solamente perceptibles por la fe.

Hemos aprendido en estas caminatas, que Él marcha delante nuestro, como un escudo protector, marcando las huellas, quitando las ramas que estorban nuestro caminar y permitiéndonos como a Moisés, ver su espalda. Ver su paso en nuestra vida, siempre amenazada por la desesperación, y reconocer su presencia consoladora en las distintas  situaciones que vivimos, es una fuente de gozo permanente que brota del "hogar" que es su Corazón. 

No tiene zapatos, está descalzo, nada cubre su piel. No se ha guardado nada, todo nos lo ha entregado, todo lo que su Padre le confió nos lo comunicó. Sus pies son de hombre y sus huellas tienen destino de eternidad. Hoy está Resucitado, sus pies descalzos nos recuerdan esta situación actual, su cuerpo ha sido glorificado, su humanidad está glorificada.

Sus pies descalzos también evocan el punto de partida, desde el pesebre en Belén, un lugar pobre y austero, ha bajado para vivir entre los hombres y toda su vida ha sido un camino de retorno a la casa del Padre. En su peregrinar, soportó el cansancio de las jornadas agotadoras de Nazaret a Jerusalén. Sus pies supieron de caminos en mal estado, de dolores "eternos". Su llanto sobre Jerusalén se prolonga en la historia del mundo, cuando un creyente, deseando con un amor que viene de Dios, bendecir es expulsado. "Cuantas veces quiso y no pudo", por el rechazo del hombre soberbio.  

Cuántos dicen hoy; no te necesito, no necesito el llanto de los creyentes. Jesús, también camina hoy descalzo en una ciudad que lo rechaza, ante tantas higueras estériles, siente el dolor del amor que no es correspondido. En medio de una sed insaciable de amor el hombre le da a beber el vinagre de la ingratitud. 

Sus vestimentas son  de color  blanco y  rojo, ambas expresan con claridad su existencia. Una pureza de vida en lo cotidiano. Con una entrega oculta y generosa todos los días en Nazaret, delante de María y José, con sus parientes y amigos, una pureza de intención, dirigida por su Corazón misericordioso.

El blanco expresa la limpieza de su Corazón, "bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios", un corazón sin doblez no debe dejar lugar para el rencor. El rencor es el oxido del corazón, lo va destruyendo lenta e inexorablemente desde dentro. Jesús nos advierte contra todas las formas de corrosión del amor. El color blanco de las vestiduras de Jesús también nos recuerda el Bautismo. La vida nueva, llena de amistad con Dios y los hermanos, en comunión íntima, como miembro activo de su Pueblo, la Iglesia.  

Su mano derecha bendice , se dispone bondadosamente en  nuestra dirección, "no quiere apagar la mecha humeante ni quebrara la caña cascada", quiere rescatar cualquier signo de vida. Él quiere bendecir tu vida y la mía, nuestras casas, emprendimientos y sueños. Quiere en nuestras manos bendecir a otros, dar alimento al hambriento y consolar al que sufre. Su mano es amiga, acogedora y solidaria. Siempre abierta en señal de solicitud.

Tiene las marcas de su entrega, son los signos visibles de su Amor. Hoy son signos de su victoria. 

La mano izquierda indica su Corazón como si fuera una gran señal de tránsito, nos invita a tomar en esta dirección. La meta de nuestra existencia es su Amor. Un amor compasivo que se inclina ante la miseria humana. Un amor fiel hasta la muerte y muerte de cruz. Su Corazón humilde y manso que quiere invitarte a descansar apoyando tu cabeza sobre el.  

El Señor Jesús vaya delante de nosotros

para guiarnos

y detrás de nosotros

para protegernos.

 

Que en los momentos de cansancio y desesperanza

nos haga descansar sobre su Corazón.

 

Que nos muestre su rostro y nos conceda su Paz.

Amén