La Virgen María, Madre de "Mercedes"

Autor: Camilo Valverde Mudarra

 

 

De la Virgen Santa María se ha escrito mucho y bien. Pero escribir y hablar de María nunca es suficiente:"De Virgine María numquam sa­tis" La plenitud de gracia, la omnipotencia suplicante, la inefabilidad mariana, ofrecen ámbitos espaciosos e  insondables. Por eso, «aunque todos los miembros de los hombres -dice San Agustín- se convirtieran en lenguas, no serían suficientes para ensalzarla y alabarla cual Ella se merece». Y añade San Ambrosio: «La medida para amar a María es precisamente amarla sin medida».

La devoción popular ha adornado el nombre de la Santísima Virgen con muy variadas advocaciones. Una de las más pertinentes y acordes por su profunda carga significativa es la nuestra: Virgen de las Mercedes. Merced tiene el significado de gracia, favor, beneficio, dádiva, consuelo, y puesta en plural expresa el río de favores y gracias que en su amor de Madre reparte a manos llenas a esa infinidad de almas que en su intimidad se acercan y le piden con devoción: "Ave, María, ruega por nosotros".

El IV Evangelio expresa su solicitud y predilección por María y le concede gran preeminencia en sus páginas. Todo su evangelio está abrazado por la Madre del Señor: con ella lo comienza y con ella lo termina. San Juan, en tres pasajes, consigna tres "Mercedes" relevantes que la Virgen María hace a  la humanidad: 1º. El verbo se hizo carne: La Encarnación (Jn 1,13-14); 2º. En las bodas de Caná: La Nueva Alianza (Jn 2, 1-11); y 3º. Al pie de la cruz: Su Maternidad  Universal (Jn 19, 25-27).

Veamos brevemente cada una de estas mercedes de María:

 

1.   EL VERBO SE HIZO CARNE. Prólogo 1, 13-14.

 

El Verbo viene al mundo y se hace hombre por medio de su Encarnación. De modo que teniendo la naturaleza de Dios,…se hizo semejante a los hombres (Fil 2,6). Carne, en el sentido bíblico, significa “carne” con vida, el hombre entero, con la fragilidad y condicionamiento inherente a la realidad de criatura (Sal 56, 5). María hace carne de su carne al Verbo, la Palabra de Dios, que existiendo desde el principio, pues vive y es en la eternidad, viene al mundo en la temporalidad; es el momento en que una virgen dará a luz un hijo (Is 7,14). Una virgen que acepta gustosa con un sí incondicional y, llamándose esclava del Señor, concibe y es madre. Es doctrina incuestionable de los evangelios: María es auténtica madre de Jesucristo y fue y es virgen. En su seno anidará el Verbo, el Hijo de Dios. Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado (Is 9, 5). María da a luz al Unigénito del Padre, el Hijo Único de Dios. El Verbo se hace carne por generación divina; no de sangre, ni de voluntad de hombre, sino de Dios fue engendrado (Jn 1,13). Es descrito con los rasgos del Mesías del A.T. (Is 7, 14;  9,5-6; 2 Sm 7,9.13). Jesús es Dios y viene de Dios. Será grande y llamado Hijo del Altísimo, dignidad que marca la íntima unión que tiene con el Padre.

El Concilio Vaticano II, dice: «Pero el Padre de la misericordia quiso que precediera a la encarnación la aceptación de la Madre predestinada. Lo cual se cumple en la Madre de Jesús por haber dado al mundo la Vida misma que renueva todas las cosas y por haber sido adornada y enriquecida desde el primer instante de su concepción con el resplandor de una santidad enteramente singular, la Virgen Nazarena, por orden de Dios, es saludada por el ángel de la Anunciación como llena de gracia (cf. Lc 1,28), a la vez que ella responde al mensajero celestial: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38).

 

2. LAS BODAS DE CANÁ (Jn 2, 1-11).

 

Desde el punto de vista teológico, el episodio de las bodas de Caná es ante todo cristológico, pero, al mismo tiempo, es uno de los grandes textos mariológicos. Se inicia la manifestación de Jesús;”: Tres días después hubo una boda en Caná de Galilea, en la que estaba la madre de Jesús (Jn 2, 1-2).

            Jesús responderá a la demanda de María. Su madre le dijo a Jesús: “No tienen vino”. (Jn 2, 3-4). María está en el entorno, en el cuidado de los otros y sus necesidades. Nadie había notado aún nada. Acude a remediar el apuro que sobreviene a los esposos. María no pide, sólo expone el hecho, se limita simplemente a hacerle conocer el problema. Ella, sin el menor ápice de duda, manda a los sirvientes de la casa: “Haced lo que él os diga” (Jn 2,5). Intuye a Jesús, sabe de Él, conoce a su Hijo.

El llamar a su madre con el término, “mujer”, tiene la finalidad, como luego al pie de la cruz, de sublimar las relaciones familiares. Se llevan del ámbito estrictamente personal a un plano superior para asentar que la conexión con Dios es más valiosa que la de la sangre. De María, mujer privada y privilegiada por su maternidad, pasa a la “mujer” corredentora en la historia de la salvación y la Eva de la nueva creación. La madre es honrada y atendida. La voz de la mujer incitará poderosa y motivará que el Mesías esperado realice y adelante su primer signo manifestando su gloria entre los hombres: Jesús les dijo:  “Llenad de agua las tinajas” (Jn 2, 6-7).

Es entonces cuando la perícopa alcanza el cenit del símbolo: la conversión del agua en buen vino significa el don de la nueva alianza frente al judaísmo caduco. El milagro tiene lugar en el contexto de una boda, medio para representar la llegada de los tiempos mesiánicos, para indicar que a los hombres se les regalará con abundante vino y alegría (Si 31,27-28), tras inaugurarse el modo nuevo en que tendrán lugar las relaciones de Dios con la humanidad. Esta felicidad está prefigurada en la miniparábola de los esponsales (Mt 9,15). Jesús trae el cálido vino del mensaje evangélico. El vino viejo que se agota simboliza el A.T. y el nuevo en gran cantidad y calidad, el Evangelio; el agua, la Antigua Alianza, se convierte en vino, la Nueva Alianza. María es "el nuevo principio" de la dignidad y vocación de la mujer, de todas y cada una de las mujeres. María es la intermediaria entre Cristo y los creyentes. Con la exhortación: haced lo que Él os diga, suscita en nosotros los “sirvientes” la “diakonía”, la perfecta docilidad a la palabra de su Hijo, que es la verdadera actitud que entraña la alianza nueva.

 

3.  MADRE DE LOS CRISTIANOS. AL PIE DE LA CRUZ (Jn 19, 25-27.

 

Jesús, antes de morir, se dirige a María: “Mujer, he ahí a tu hijo”. Luego, dijo al discípulo: “He ahí a tu madre” (Jn 19, 26-27). La sentencia de Jesús en la cruz tiene resonancias de fórmulas paleotestamentarias mesiánicas (2 Sam 7,14).

En ella, los creyentes podrán refugiarse para encontrar la dicha, alimentar la fe y convocar la luz que les guíe en el complicado peregrinar cristiano. El discípulo la acepta como madre gozoso de ser a su vez aceptado como hijo. Es ahí figura de todos los creyentes. Las palabras de Jesús ponen de manifiesto que, en la madre y en el discípulo, se entroncan desde ahora unas relaciones nuevas e íntimas: su madre tiene que convertirse en la madre del “discípulo” y éste será su hijo. El simbolismo de las palabras del crucificado sumerge el misterio de la Iglesia en el misterio de María. La tradición cristiana aduce el carácter de la maternidad espiritual de María para todos los cristianos y así lo ha venido reconociendo el magisterio pontificio. “La Santísima Virgen cooperó de forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad, con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra madre en el orden de la gracia” ( LG 61).

 María es, pues, presentada alusivamente como Madre espiritual de todos los vivientes. En relación con otros textos bíblicos, “mujer” puede tener el sentido de “Hija de Sión”, apuntando al alumbramiento de un nuevo pueblo; es el nacimiento de la nueva Jerusalén: ¿Se puede dar a luz un país en sólo un día?… apenas ha sentido los dolores, Sión ha dado a luz a sus hijos (Is 66,7-8); …Gime, hija de Sión, como mujer en parto… (Miq 4,10). María es la Madre universal de los hombres al dar a luz, con los dolores de corredentora en el Calvario, a todo un pueblo redimido.

Y así, la Nueva Eva, la mujer por excelencia, la virgen sin pecado que fue llena de gracia y elegida por Dios para albergar en su seno al Hijo del hombre que había de llegar para la salvación del mundo, se convierte ahora en Madre de la Iglesia. Es el mayor regalo, la merced más grande, dársenos como Madre y aceptarnos por hijos y querernos.