Solemnidad de Cristo Rey, Ciclo C
Lc 23,35-43: Acuérdate de mí cuando estés en tu reino
Autor: Camilo Valverde Mudarra
2 Sam 5,1-3; Sal 121,1-5; Col 1,12-20; Lc 23,35-43
El pueblo esta mirando. Los jerarcas y principales se burlaban, diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido». También los soldados, ofreciéndole vinagre, lo escarnecían, diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos».
Uno de los malhechores crucificado lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro lo reprendió: «¿Ni siquiera temes a Dios, tú que estás en el mismo suplicio? Y nosotros, en verdad, justamente, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste ningún mal ha hecho». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu reino». Jesús le respondió: «En verdad te digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso».
El segundo libro de Samuel cuenta:
“En aquellos días, todas las tribus de Israel fueron a Hebrón a ver a David y le dijeron: «Hueso tuyo y carne tuya somos; ya hace tiempo, cuando todavía Saúl era nuestro rey, eras tú quien dirigías las entradas y salidas de Israel. Además el Señor te ha prometido: "Tú serás el pastor de mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel».
Todos los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey, y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel”.
Combatiendo con los filisteos, caen Saúl y tres hijos suyos (I Sam 31). David, que ha estado en paciente espera, es ungido rey de Judá y de Israel en Hebrón; unifica así la soberanía de toda la nación. "Somos de la misma sangre": Israel y Judá poseen lazos de parentesco y hermandad. Abel y Caín eran modelos de dos culturas distintas: la rural y la ganadera; el pecado de Caín estriba, en definitiva, en no reconocer las diferencias del próximo. Las variedades nacionales están en la índole natural de los pueblos.
David es nombrado jefe y rey, para unir a su gente dividida. Son tus hermanos, no extranjeros (Dt 17,14). Se cumple la promesa divina ya anunciada: "Le pasaré el reino de Saúl, afianzaré el trono de David sobre Israel y Judá..." La diversidad siempre enriquece al hombre, se debe instar, proteger y desarrollar, tanto en las naciones como en la Iglesia. El buen dirigente, David, respetando las diferencias, ha de cohesionar y unir, a sus gentes. La unión no es uniformidad, sino hermandad.
El Salmo responsorial canta: “Vamos alegres a la casa del Señor. ¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén. Allá suben las tribus, las tribus del Señor, según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor; en ella están los tribunales de justicia, en el palacio de David”.
El Apóstol dice a los Colosenses:
“Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura…
Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz”.
San Pablo reacciona enérgico contra la filosofía gnóstica, seguida por Los colosenses, que hacía entrar a Cristo en las jerarquías de un sistema humano, o bien acudían a Cristo, para apoyar las propias opciones. Los exhorta a liberarse de los errores que amenazan su comunidad, y pone de relieve el puesto único de Jesucristo. La función del Mesías se halla en una dimensión más profunda y esencial: Es el primogénito de la Creación, el principio, la cabeza en que reside toda la plenitud. Es Dios, de la naturaleza del Verdadero Dios. Presente y Providente con el hombre, al que infunde su sentido último. Cristo es el primero, que vence y nace de la muerte y da principio a una humanidad nueva.
San Pablo expone la obra salvadora de Dios en Cristo, por cuya entrega Dios hace al hombre partícipe de su herencia y, perdonándolo por la sangre de la cruz y librándolo de poder de las tinieblas, lo integra en el Reino de su Hijo. Por lo tanto, Pablo anuncia el evangelio de la liberación de todos los pecados y de cuanto esclaviza al hombre interna y externamente. Es esta la más excelente síntesis de toda su cristología. Explica que el Señor, en quien tienen su fe, es Cristo. El "Dios Invisible" es el Padre. Jesús es la "imagen del Padre"; por eso quien ve a Jesús, ve también al Padre (cfr. Jn 14,9). Sólo por Jesús y en Jesús se llega a conocer a Dios Invisible, Dios vivo, que no es el Dios de la filosofía, sino el Dios de la vida y de la historia.
"Primogénito", porque es el heredero de todas las promesas y el primero entre muchos hermanos; es anterior a todo cuanto por él ha sido creado. Hijo de Dios, Jesús es de la misma naturaleza que el Padre. Cristo, por quien y para quien todo ha sido creado, es también quien salva y conserva todo lo creado; es, la plenitud divina. Toda la riqueza inestimable de la divinidad que los falsos maestros suponían repartida entre los espíritus y potestades celestes, San Pablo la concentra en Cristo, único Señor. Sin Cristo, ni los hombres ni el universo pueden encontrar la salvación.
El santo evangelio nos sitúa en el Calvario en que tres ajusticiados penden de una cruz. El texto ofrece el final del camino hacia Jerusalem. San Lucas presenta la escena a la vista de distintos espectadores, que muestran su personal actitud ante Jesús sacrificado. La gente observa: "El pueblo, en pie, presenciaba la escena". Las autoridades religiosas lo ven con un inmenso sarcasmo y los soldados romanos que realizan la ejecución, están insensibles entre chanzas y burlas. Ambos grupos cuestionan la realeza de Jesús. El evangelista indica, con el letrero, el delito por el que Jesús ha sido condenado a muerte: "Este es el rey de los judíos". Entre tanto, San Lucas dirige su atención a los crucificados; uno, uniéndose a los que lo insultan, increpa y, con despecho y amargura, objeta el poder de Jesús como Mesías. Pero el otro, rompiendo el marco de la mofa, recrimina las ofensas y reconoce que su castigo es merecido, mientras que el de Jesús es injusto. Entonces, se alza en humilde oración y, lleno de fe, le pide que tenga un simple recuerdo, cuando esté en su reino. Al momento, tiene la promesa: Hoy estarás conmigo en el paraíso.
Con esta promesa, se cierra hoy, el ciclo litúrgico, por el que Lucas nos ha conducido hacia Jesucristo y descubierto, durante el año, los valores y dones del Reino de Dios. Este descubrimiento ha ido impulsando al cambio de conducta, a dejarlo todo y reconvertir, por propia iniciativa, la vida errónea, en la de Jesús, para entrar en su Reino.
Hoy nos trae otro caso en que un hombre, en su más tremenda marginación, encuentra, junto a Jesús, su salvación. Los dos malhechores sufren la misma pena cruel impuesta por una Ley Estatal y ambos han sido colgados junto a Jesús. Pero sólo uno cree y grita la injusticia de esa ley con Jesús: "Este no ha hecho nada malo". Uno sólo, en medio de aquel concierto de befa y burla incrédulas, clama su fe y el acto injusto que se comete con aquel rey. Sólo él recibe la luz de la fe y la realeza de la mesianidad. ¿Qué misterioso designio le hace descubrir, entre tanto desgarro de sangre, la identidad de ese rey colgado a su lado? Tampoco ahora lo aclara el escritor, que no entra en la interioridad ni en los aspectos psicológicos. El texto evangélico simplemente señala que, en medio de la muchedumbre que asiste, uno, un penado, un desechado descubre a Jesucristo; hay una fuerza que lo transforma, que le impone e impele. Jesús, el Mesías, en efecto, es Rey.
En ese escenario, no hay nadie que mire en su interior, ninguno que entienda la hondura del suceso que presencia; no hay quien vea la solemne majestad del rey del madero. Únicamente, este marginado moribundo lo reconoce y comprende. Por enésima vez en Lucas, un desechado viene a mostrar el camino del cristiano. Y ese rey cubierto de sangre, lo sorprende y nos sorprende a todos, le da lo que tiene: La entrada en su Reino, la carta de súbdito y heredero del paraíso. Le ofrece la realidad de un reino que las maniobras legales, los poderosos e instalados con la pasividad del pueblo le han sustraído; aquello que no han permitido que llegue a establecerse aquí. Y aún así, Jesús no los censura, no los enjuicia, extiende su mano y derramando su misericordia, les abre su corazón: "Padre, perdónalos, que no saben lo que se hacen".
De este mismo modo, entre poderosos y humildes como canta María en el Magnificat, continúa el camino de su historia el cristianismo. El pueblo echado en su distraída mirada, los poderosos, en su faena de acaparar y engordar su injusticia, y los humildes, en su triste penar de cada día, a la espera de un reparto justo de los bienes de esta tierra, que es pertenencia de todos los hombres. La insensatez humana ha desplazado y sigue desechando el "jardín delicioso", el "paraíso", de esta vida dejándolo para el más allá. En esta solemnidad de hoy, se abren los cielos de la esperanza, con la ilusión que llegue y se implante efectivamente, en este frío mundo, la paz y la justicia del Reino de Cristo Rey.