XXXI Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C
Lc 19,1-10: Voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres
Autor: Camilo Valverde Mudarra
Sab 11,22-12,2; Sal 144, 1-2.8-14; 2 Tes 1,11-2,2; Lc 19,1-10
En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Vivía allí un hombre, llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, que quería ver a Jesús, para conocerlo, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa». Rápido, bajó y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Se ha alojado en casa de un pecador».
Pero Zaqueo, puesto de pie, dijo al Señor: «Voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres; y, si he defraudado a alguien, le restituiré el cuádruplo». Jesús le contestó: «Hoy ha entrado la salvación en esta casa; también éste es hijo de Abraham. El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».
El libro de la Sabiduría enseña: “Señor, el mundo entero es ante ti, como grano de arena en la balanza, como gota de rocío mañanero que cae sobre la tierra.
Pero te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado”.
Dios es grande y el universo, una gota de rocío sobre la tierra; su inmensa grandeza lo lleva a la compasión frente a la mezquindad de los hombres, que no saben perdonar. La misericordia divina se funda en su omnipotencia. Dios sabe y puede perdonar, es un padre que dispensa las faltas de sus hijos y favorece el arrepentimiento. Dios ama a sus criaturas, no quiere que nada perezca, sino la salvación. El amor de Dios les trasmite valor y dignidad. Dios ama especialmente la vida, y, sobre todo, no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. La pedagogía de Dios con el hombre es un hondo lago de misericordia.
Los poderosos abusan del poder y cometen injusticia, porque tienen un poder limitado. El poderoso es injusto, porque ambiciona más poder, porque teme perderlo, por codicia..., porque no ama al otro, sino a sí mismo. Dios "cierra los ojos a los pecados de los hombres", el Señor tiene el poder supremo, no teme a nadie, ama al pecador, alcanza sus fines dejando en libre juego la libertad del hombre. Su amor inicial y previo, por voluntad libre, infunde su amor creador (11, 24-12,2). La omnipotencia divina es la causa ejecutora de ese deseo amoroso libre y querido. La vida de la creación es la afirmación de ese amor de Dios.
El Salmo responsorial canta: “Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey. Te ensalzaré, Dios mío, mi rey; bendeciré tu nombre por siempre jamás… El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas.
San Pablo a los Tesalonicenses les dice:
“Pedimos continuamente a Dios que os considere dignos de vuestra vocación, para que, con su fuerza, os permita cumplir buenos deseos y la tarea de la fe; para que así Jesús, nuestro Señor, sea glorificado en vosotros y vosotros en él, según la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo”.
Alarmando a los creyentes, unos exaltados de tendencia gnóstica de la comunidad de Tesalónica difundían, fundados en supuestas revelaciones e interpretaciones falsas, que la venida del Señor, la Parusía, era inminente,
La exhortación a la vigilancia dio lugar a una conciencia milenarista. Es la actitud fanática de algunos primeros cristianos que, con el pretexto de la inmediata venida del Señor, se desentendían de mantener en el mundo la convivencia y dejaban el trabajo, para dedicarse sólo a la oración. Cuando la visión de la fe es dudosa se comienza con tremendismos. El Apóstol pide a los tesalonicenses, que sigan su vocación cristiana; que Cristo sea glorificado en ellos y ellos en Cristo. Tratando de aplacar su exaltación, les clarifica y da explicaciones sobre la venida del Señor Jesús. Al haber sido mal comprendido por ellos, esta segunda carta corrige aquella visión equivocada. Cristo vendrá, sí, pero no, en seguida y, por tanto, hay que esperar con confianza y vivir conforme a la fe recibida "sin desentenderse ni alarmarse". Han sido llamados a la fe, una fe que ha de ser activa; se debe realizar todo el bien posible; y eso no se logra sin la ayuda de Dios.
El santo evangelio según San Lucas, continuando con el problema de la riqueza cuenta hoy la conversión de Zaqueo.
El relato viene a enseñar al cristiano, de modo práctico, cuál ha de ser el comportamiento con los bienes y, por otra parte, explica la razón, por la que Jesucristo ha perdonado a los publicanos sobre su fortuna mal adquirida. La perícopa manifiesta las exigencias que la gracia de Jesús impone a un hombre rico.
"Hoy ha entrado la salvación en esta casa". Zaqueo ha descubierto hoy un nuevo y mejor tesoro, el sentido de la justicia, la honradez humana, el amor amplio volcado hacia los otros. Dios ha entrado en su casa; Jesús mismo está dentro. Verdadera casa de Jesús es aquella, que recibe la Buena Nueva y cumple los dictados del Evangelio, el Mandamiento Nuevo: “Amaos los unos a los otros, en esto reconocerán que sois mis discípulos”.
La salvación cristiana implica unas condiciones sociales y económicas. Zaqueo va a perder el puesto y su dinero; pero, recibe y encuentra a Jesús y, en Él, la restitución –justicia-, y el amor en el reparto de sus bienes.
La reseña de datos locales y personales desempeña una función en el relato. La profesión de Zaqueo explica su decisión ético-económica; la recaudación de impuestos era en Palestina un asunto de particulares judíos, que compraban en subasta el derecho de recaudar los impuestos fijados por Roma; esta forma de fisco encarecía bastante los impuestos ya de por sí gravosos, puesto que, al importe del impuesto oficial, había que sumar el monto propio del recaudador, en ocasiones, superior al romano. De ahí, la animadversión contra los recaudadores y la consideración de pecadores públicos. En el caso de Zaqueo, el hecho se agravaba aún más, porque era un ‘jefe de publicanos y rico’ fiscal. En contraste, Zaqueo no puede ver a Jesús por su corta estatura. Pero, mientras todos lo desprecian, Zaqueo se revela al final con una estatura moral de orden mayor; en el conjunto, la estatura física parece tener una función irónica.
En el camino hacia Jerusalén, este hombrecillo marginado y religiosamente atípico es, una vez más, el medio docente tomado por Lucas. El cristiano, que sube con Jesús, manifiesta su talla humana en su interior, en saber discernir sus debilidades, su ansia de dinero y poner su decidida voluntad en descubrirlas y remediarlas. El culto y apego al dinero es una afección indómita y demasiado arraigado en el ser humano. Antes de estar con Jesús, Zaqueo es un fiel exponente de ese afán y avaricia.
La Iglesia ve en el Zaqueo publicano, "pecador", la puerta de entrada del mundo pagano que, en contacto con Jesucristo, se convierte y accede a la salvación; el paganismo, pequeño de estatura, inadvertido, despreciado por Israel, desea vivamente ver y encontrar al Redentor, que el judaísmo, los suyos, en su ceguera, no lo recibieron. En Zaqueo el paganismo se adelanta al pueblo judío y logra antes la salvación.
"El hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido". No vino a llamar a los justos, sino a los pecadores". Los pequeños, los pecadores, los desechados, que, reconociendo su debilidad, encuentran a Jesús, lo llevan a su casa y lo sientan a su mesa, son los "justos", los primeros que entrarán en el Reino. Los bajitos, al subirse en los altozanos del Evangelio, divisan a Jesucristo, lo reciben en su corazón, lo invitan a su hogar, se convierten, reparten con justicia y abrazan al prójimo en el Salvador. Zaqueo quería ver a Jesús pero la gente y la estatura se lo impedía, tenía sus rémoras y obstáculos; hace un esfuerzo, encaramándose al árbol, sale de la masa, era un hombre decidido, y encontró la manera de superar esas dificultades. "Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros" (1 Jn 1,8s). La aceptación y reconocimiento del propio pecado, debilidad, es condición esencial para el descubrimiento de Jesús Cristo. Por lo mismo, la incredulidad incluye también el no querer reconocer la propia culpa y la necesidad personal de salvación."Donde entra mucho el sol, dice santa Teresa, el alma ve su miseria... toda se ve muy turbia". Cuando se reconoce el pecado, entonces se da vía a que opere la salvación. Así el progreso se realiza no cuando se eliminan los defectos, sino al comprender su gravedad; el pecado no es más que una incapacidad de amar, un vacío de amor.
Ante el impedimento de la gente, Zaqueo se despoja de su dignidad, respetabilidad compostura y prestigio; desafía el ridículo con tal de ver a Jesús. Se libra de todas las trabas sociales y de los comentarios hirientes de la multitud. Ver, encontrar a Jesús, exige una ruptura con la gente. El que quiere ver y tener a Jesús ha de romper con la gente: las preocupaciones, las diversiones, los programas, los compromisos, los afanes diarios. Superados estos impedimentos, se ve a Cristo y Él nos mira; pasa siempre a nuestro lado; pasó Jesús, lo miró y no sólo pasó, sino que se quedó con Zaqueo. Y lo miró con simpatía y cariño, llamó a la puerta de su corazón: «Zaqueo, baja pronto, porque conviene que hoy me quede yo en tu casa». Este proceso, lo mira, lo llama y se queda es la vocación, el “ven y sígueme”, el principio del encuentro.
Y el impedimento más importante, Zaqueo era «un pecador». Era algo público. Su pecado era la injusticia. Se había hecho rico a costa de los demás. Por eso, nadie entraba en su casa. Jesús sí entró, precisamente a buscar y salvar al pecador. El Buen Pastor busca a los pecadores en todo momento y lugar; estén en el árbol, en el trabajo, en la plaza, en la taberna, en el hospital, en la prisión o en la favela. No le importan los pecados, sólo, la salvación.
Zaqueo conoció a Cristo, entró en y con Él y todo lo demás ya le sobró; fue un hombre nuevo que, decidido, cambió radicalmente el rumbo de su vida. Ha descubierto al prójimo y el compartir y repartir sus bienes con los pobres.