XXIX Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C
Hazme justicia contra mi enemigo
Autor: Camilo Valverde Mudarra
Ex 17, 8-13; Sal 120,1-8; 2 Tim 3,14-4,2; Lc 18,1-8
En aquel tiempo, Jesús, sobre la necesidad de orar siempre sin desfallecer, les dijo esta parábola: Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. Y una viuda que solía ir a decirle: Hazme justicia contra mi enemigo. Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: "Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar rompiéndome la cara.
Y el Señor añadió: Fijaos en lo que dice el juez injusto. ¿No hará, Dios, justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?
El libro del Éxodo relata que “En aquellos días, Amalec vino y atacó a los israelitas en Rafidín. Moisés dijo a Josué: Escoge unos cuantos hombres, haz una salida y ataca a Amalec. Mañana yo estaré en pie en la cima del monte, con el bastón maravilloso de Dios en la mano. Hizo Josué lo que le decía Moisés y atacó a Amalec; mientras subían a la cima”.
Los amalecitas, descendientes de Amalel, nieto de Esaú (Gn 36,12.16), pueblo nómada, dominaban el sur de Canaán hasta las fronteras de Egipto. Amalec es enemigo tradicional de Israel, pueblo vagabundo del desierto que se dedicaba a la rapiña. El viaje del Éxodo por el desierto, tras la salida de Egipto, representa la amenaza del hambre, la sed y la guerra.
Moisés, alzando el bastón de Dios, consigue la victoria. Los triunfos no se debían a sus manos ni a su ejército, sino a la ayuda y al poder del Señor: “Nosotros invocamos el nombre del Señor, Dios" (Sal 20,8). Por eso, porque era un triunfo de Yahvé, después de la batalla, Moisés mandó levantar un altar y le puso por nombre "Yahvé-nisi", "la bandera de Yahvé en la mano".En la historia de la exégesis, los judíos y también los primitivos cristianos aplicaban este texto a la oración. Su radical verdad es la comunicación entre Dios y el hombre. Esta historia con el gesto de los brazos levantados en alto, simbolizada la victoria de Jesucristo sobre el enemigo del hombre.
El Salmo responsorial canta: “El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. El Señor te guarda de todo mal, el guarda tu alma; el Señor guarda tus entradas y salidas, ahora y por siempre”.
El Apóstol a Timoteo le pide: “Permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado, sabiendo de quién lo aprendiste y que desde niño conoces la Sagrada Escritura; ella puede darte la sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación. Toda Escritura inspirada por Dios es también útil para enseñar, para reprender, para corregir, para educar en la virtud; así el hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena.
Ante Dios y ante Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, te conjuro por su venida en majestad: proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta, con toda paciencia y deseo de instruir”.
San Pablo le exhorta a la fidelidad en la transmisión de lo recibido. El cristiano no tiene que inventar el fundamento de su fe, sino atenerse a la predicación recibida de Jesús y dada por el Señor. Por ello, la Sagrada Escritura es la base fundamental, en ella están los principios esenciales del ser cristiano; su finalidad es salvar más que informar. La importancia de la transmisión correcta de la doctrina exige que se haga vida. Insiste más en aspectos prácticos, algo que, en muchísimas ocasiones, falta en la iglesia contemporánea, dirigida más a la teoría y que a la práctica. La finalidad de la Sagrada Escritura es la salvación. El predicador debe, soslayar la doctrina y entrar en la vivencia de ella.
El consejo de San Pablo sobre la prioridad de las Escrituras en la preparación y la enseñanza del predicador y ministro encaja muy bien con el movimiento bíblico actual. La providencia de Dios en la salvación, como la cuentan las Escrituras y que culmina en Cristo, es el amparo y sostén de la fe y la esperanza del cristiano.
El evangelio se centra hoy en la importancia y la necesidad de orar. El mismo San Lucas inserta la interpretación de la parábola propuesta por Jesús. La insistente petición de una viuda termina por hacer que un juez inicuo le haga justicia. La insistencia en pedir justicia es el punto nuclear del texto; la idea es hacer ver lo necesario que es pedir y rogar a Dios siempre, sin cesar.
El texto repite por cuatro veces la expresión "Hacer justicia". La viuda, cansina y machacante, se presenta cada día y le dice: Hazme justicia. Hay aquí resonancias del antiguo problema opresivo de Israel: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos y he bajado a liberarlos” (Ex 3,7-8). Los dos textos, Éxodo y Lucas, son muy semejantes. Ponen en consideración un Dios atento y cercano. El Dios de la Biblia no está lejos y desentendido del hombre; es un Dios, Padre, amable y amante, entroncado en la maravillosa labor creativa y renovadora del hombre. Un Dios partícipe que se interesa por la vida humana y está comprometido con la historia de la humanidad.
La parábola exhorta a los discípulos de Jesús a caminar con plena y total confianza en Dios, a actuar con decisión, a marchar firme sin dudas ni detenciones. El seguidor de Jesús debe saber y sentir que Dios lo ama, que no lo deja solo, a pesar de su silencio; que, con su providencia, vela por él en todo momento, cuando se ve oprimido y perseguido por causa del Reino. Por eso, en la necesidad, su oración es la plegaria, el grito, la súplica del perseguido por el Reino que establece Jesucristo. Lucas transmite un Dios de acción, de camino y lucha; un Dios, Padre, próximo y entrañable, propenso a atender y hacer justicia al que vive desechado en el desprecio y el olvido; un Dios que jamás defrauda al que sufre y está sometido. Ser seguidor de Jesús significa, vivir la Paternidad de Dios, desde la esperanza en su Divina Providencia.
Orar con perseverancia no es la repetición de fórmulas hechas y palabras ajenas; es la oración del corazón en el encuentro silencioso y filial con la verdad de Dios que nos oye y acoge, nos revela nuestra propio ser y la condición humana. Esta es la oración indispensable y necesaria, porque refuerza y madura la fe y la vida. La oración fortalece la vida cristiana, que consiste en la certeza de alcanzar la plenitud y la añoranza más íntima y verdadera, a pesar de todas las dificultades y contradicciones que dificultan el vivir. En la esperanza que respeta el "tiempo de Dios" y mientras se esfuerza, ora y trabaja para que llegue, que se abra el tiempo de paz y justicia. Si la oración tiene tanta importancia, no nos extrañemos de la ausencia de Dios y de la radical injusticia que corroe una sociedad que no reza ni cree.
La parábola describe muy bien la situación de la época en que la viuda realmente era el prototipo de una existencia de soledad y desamparo, y frecuente y siniestra, la figura del juez venal. Los profetas denuncian constantemente la corrupción de la justicia (cf. Am 5,7-12). El juez injusto no atiende a esta viuda de la parábola, pero insiste hasta cansarlo; y cede para desembarazarse de ella, que lo que pide es justicia. Así invita Jesús a orar a los discípulos, a pedir a gritos, día y noche, justicia. Si un juez inicuo no puede resistir la demanda insistente de una viuda desamparada, con mayor razón Dios, que es bueno, escuchará a los elegidos que le piden justicia. Ahora bien, no puede pedir reiteradamente justicia a Dios, quien no trabaja también con insistencia, para afincar, en este mundo de frialdad, la justicia. El juez impío y arbitrario, que actúa en la corruptela y por librarse de molestias e incomodidades, hasta cansarlo, imparte su justicia, es el reverso contrario a la rectitud de Dios, que es justo, ama a los hombres y oye las súplicas con solicitud. Si el sólo hecho de pedir ya obliga a alguien "malo" a dar lo que le piden, que, por otra parte, no le interesa en absoluto, es imposible que Dios, que es Amor, no dé algo que le importa muchísimo: Su justicia, su Reino, la salvación de todo hombre. Dios escucha y hace justicia, cuando llega el momento, cuando es conveniente, a su estilo, con la resolución debida y por sus caminos insondables, que posiblemente no coinciden con los cálculos humanos. Mientras la justicia llega y se resuelve, el cristiano, confiado como el niño, ha mantenerse firme y fiel en su fe, sin desfallecer, sin desanimarse, constante en la espera. San Lucas es el evangelista de la oración. Presenta a Jesús orando y refiere la enseñanza de Jesús sobre el modo de orar. Un hombre de oración sólo se hace en el Evangelio, es el que se deja llenar de fe.
Jesucristo termina la parábola con una pregunta realista y preocupada: “Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?” Con su interrogante abierto al presente y al provenir, Jesús impulsa al hombre a tener fe, a permanecer en la fe hasta el final. Entonces, aquel día del Señor, se entenderá que Dios está en la justicia y atento al clamor de los justos, que le ruegan que actúe con presteza; se comprenderá por qué ahora calla; sabremos que nos escucha y espera su hora, para dar su respuesta definitiva. Mientras tanto, la lucha y el esfuerzo que los hombres buenos y fieles llevan sin cansancio, por el justo reparto de los bienes y una mayor justicia en el mundo es la silenciosa respuesta de Dios. El mundo vive una atroz división; sufre el dominio de los opresores, mientras, los pobres desechados y perseguidos no tienen más solución que clamar ante su Dios a gritos en su llanto. Este hecho no es nuevo, se viene dando a través de la historia del hombre. Se pensaba y se sigue creyendo, que no es posible cambiar este estado de cosas. Entonces como ahora, la solución consiste en implantar el Evangelio y poner a Jesús en las conciencias, como la fuerza salvadora de la historia; en rodear el corazón y el pensamiento de la sociedad desde nuestra debilidad, sin egoísmo ni jactancia con humildad y confianza. El sufrimiento de los pequeños que llaman a su Dios se ha hecho uno con el propio sufrimiento de Cristo y ahí está la única energía transformante y transformadora de la humanidad en esta tierra.