XXVII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C
Señor, aumenta nuestra fe
Autor: Camilo Valverde Mudarra
Ha 1,2-3;2,2-4; Sal 94,1-2.6-9; 2Tm 1,6-8.13-14; Lc 17,5-10
En aquel tiempo, los apóstoles le dijeron: Señor, aumenta nuestra fe. Y les contestó: Si tuvierais una fe tan grande como un grano de mostaza, diríais a esa morera: "Arráncate y trasplántate en el mar" y os obedecería.
¿Quién de vosotros, que tenga un criado en el laboreo o en el pastoreo, le dice, cuando vuelve del campo: "En seguida, ven y siéntate a la mesa"; sino más bien: Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú? ¿Debería, acaso, estar agradecido al criado, porque hizo lo que se le había mandado?
Así, pues, vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que se os haya ordenado, decid: Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer.
Las lecturas bíblicas de hoy invitan a meditar sobre nuestra fe. La fe exige acomodar nuestra historia a la Voluntad de Dios, reconocerlo presente, superando ese su aparente silencio, y esperar fielmente en sus designios. Creer es acoger esa fuerza de vida que da la fe, para abrirse a la irrupción transformante de Dios y evitar la concepción utilitarista de la religión en donación gratuita y amorosa a Dios.
El profeta Habacuc se pregunta: “¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches? ¿Te gritaré: Violencia, sin que me salves? ¿Por qué me haces ver desgracias, me muestras trabajos, violencias y catástrofes, surgen luchas, se alzan contiendas?”
Levanta su voz Habacuc, uno de los profetas más fascinantes del Antiguo Testamento, que fue renombrado en la tradición cristiana, por insertar San Pablo una frase suya, casi como título de su carta a los Romanos: “El justo vivirá por la fe”.
Habacuc soportó años crueles por las dificultades de su pueblo sometido. El profeta clama a Dios en apasionado diálogo, con unos interrogantes de valor universal. No comprende que el Señor contemple tranquilamente las luchas y contiendas que sufre Israel en ese tiempo y no se resigna: “¿Hasta cuándo Señor gritaré sin que tú escuches? Dios le responde que piensa castigar al opresor egipcio mediante otro imperio, el babilónico (Hab 1,5-8). Pero, los babilonios resultan tan despóticos y crueles como los egipcios y los asirios. Y él sigue en su queja. Y le llegó la respuesta del Señor: “El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá gracias a su fidelidad (=fe)” (Hab 2,4). Los pobres vivirán gracias a su capacidad de creer en la justa intervención de Dios, aún cuando éste parezca callar, y gracias a su comportamiento recto, que se opone a la violencia y a la injusticia de los opresores.
El silencio divino, que tanto ha atormentado al profeta, se rompe, al leer su escrito. El profeta y todos los “justos” han de confiar en la intervención de Dios, que no tolera a los opresores, aunque a veces parezca callar. La mayor riqueza del mensaje de Habacuc es la actitud existencial que propone y adopta: tomar en serio los signos de los tiempos, hacer de los pobres y de las víctimas un lugar teológico desde la fe, orar y dialogar con Dios en los momentos de mayor oscuridad.
El Salmo responsorial invita: “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: No endurezcáis vuestro corazón. Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos. Es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía”.
San Pablo a Timoteo le pide: “Reaviva el don de Dios, que recibiste cuando te impuse las manos; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio. No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor y de mí, su prisionero. Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios. Ten delante la visión que yo te di con mis palabras sensatas y vive con fe y amor en Cristo Jesús. Guarda este precioso depósito con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros”.
Esta segunda carta a Timoteo, es estrictamente pastoral, llena de ternura, serenidad y exhortación a la fidelidad. Le recuerda el “carisma” de la vocación apostólica, conferido por la consagración, con “la imposición de las manos”. De esta forma se ha convertido en testigo de Cristo. Es fundamental en su función la conservación de la fe en la palabra de Dios, testimoniada y proclamada por los Apóstoles, una fe que se describe como fidelidad al “buen depósito” o “tesoro” (griego: parathēkē) que se nos ha encomendado. La palabra griega parathēkē, de origen jurídico, designa la Buena Nueva de Cristo transmitida y anunciada por los Apóstoles y que es el objeto de la fe.
El santo evangelio según San Lucas pone hoy en consideración la petición de los Apóstoles: "Aumenta nuestra fe". Señor, danos fe, esperanza y caridad, firmes y constantes, es nuestra oración. “Pedid y recibiréis”; lo que pidáis al Padre, en mi nombre se os concederá”.
Jesucristo, como es habitual, no responde directamente, les propone la pequeña parábola del "siervo, un tanto extraña que muestra un patrón prepotente, lleno de indiferencia y cinismo hacia sus siervos (cf. Lc 12,37). Pero, el interés de la parábola no está en el comportamiento del amo, sino en la actitud del siervo. Somete a su reflexión la postura del criado que recibe el encargo del dueño de la hacienda. Si obra bien y no por la recompensa, cumple simplemente su deber. De este modo, el auténtico discípulo de Cristo descubre que Dios es el Señor y que es bueno y necesario cumplir sus mandatos. Por lo que, al final de la tarea encomendada, comprende que no puede exigirle al dueño nada. El criado que hace su trabajo, no es más que un pobre siervo; realiza sólo aquello que debía. Jesús pone su enseñanza en la conducta del verdadero creyente, del verdadero hombre de fe, que vive en total entrega a Dios, sin cálculos ni pretensiones.
La parábola establece la auténtica relación que une al hombre con Dios por la fe, que no es la de un patrón y un asalariado. El hombre debe donarse a Dios con amor, de modo gratuito, libre y generoso. La labor del siervo se indica con el verbo griego diakoneō, servir, que en el Nuevo Testamento se aplica al servicio ministerial ofrecido a Dios y a la parroquia. La parábola enseña, que quien sirve en la comunidad cristiana no debe buscar ni exigir prestigio, dignidad o jerarquía, por hacer su función. El cumplimiento de la voluntad de Dios no es un pretexto, para reclamarle derechos ni méritos; sólo, hay que actuar y ser discípulos.
Con esta actitud de que habla el evangelio, desaparece para siempre la concepción utilitarista de la religión. El creyente verdadero no lleva un libro con el “debe” y el “haber” en relación con Dios, sino que celebra el gozo de la salvación, que Dios quiere dar por su tarea y predicación. Son muchos, y hoy, en este ambiente relativista que nos envuelve, más aún, los que se acercan a Dios reclamando "justicia conmutativa". Piensan en un intercambio comercial. Dios tiene sus derechos sobre el hombre, por lo que puede imponer obligaciones y mandatos; si los cumplimos, debemos recibir la recompensa. Conciben la ley como imposición; suponen que el premio corresponde a las acciones realizadas y, por eso, se sienten dispuestos a exigirle a Dios la "paga". Con la postura del siervo, Jesús les expone que, en el trasfondo, hay una auténtica amistad, una confianza real y verdadera. Amigo es el que ayuda al otro, sin mediar premio o recompensa alguna; la amistad no necesita leyes o mandatos; sabe lo que agrada al amigo y lo realiza, porque sabe que merece la pena y es su deber. Así, ha de ser nuestra actuación con el Señor. Atentos, descubrimos su voluntad y la cumplimos, no estamos pendientes de premio o castigo; seguros de que Dios no llega a ser nunca nuestro deudor, por más que tratemos de cumplir hasta el final sus mandatos.
Por otra parte, Dios, y esto es de gran importancia, no está obligado a darnos ningún premio, ni ha de agradecer al hombre ningún servicio. Ahora bien, en cuanto que es amigo nuestro enciende la confianza; entendemos su providencia por nosotros, vemos que se preocupa y nos cuida y confiamos en su voluntad y ayuda. Hecho nuestro trabajo, reconocemos que "somos unos pobres siervos"(griego: douloi ajreioi), y, sin embargo, Dios se hace nuestro amigo, nos ama mucho más de lo que nosotros imaginamos, es Padre Nuestro. La utilización del adjetivo ajreioi, “inútil”, no viene a definir la relación del creyente con Dios, como la de un patrón y su esclavo, sino a asegurar que el siervo, precisamente, porque se considera “inútil”, sabe que sus obras han de rechazar toda jactancia y moverse por amor a Dios. El cristiano de verdad es un sirviente que, por considerarse “inútil”, no se cree con derecho ni exige una especial gratificación o beneficio alguno de parte de Dios y de los hambres, sino que vive y sirve sereno, feliz de poderse entregar, amar y sacrificarse por Dios y el prójimo, más allá de la formulación “capitalista” del “dar para que me den”.
Los Apóstoles comprenden que la exigencia y el compromiso que impone el seguimiento de Jesús, precisan el andar llenos de fe. Sin embargo, Jesús no responde dándoles en ese momento una fe extraordinaria; más bien les inculca la energía infinita de la fe, que une al hombre con Dios y lo hace partícipe de su poder creador y salvador. La imagen del árbol, que se traslada al mar, enraizado con resistencia, que ni una tempestad lo podría arrancar, indica que la fe, aún cuando es pequeña, tiene una fuerza dinámica que logra cambiar el corazón y las relaciones humanas de acuerdo con los designios de Dios, así como trasmite el poder de arrancar y mover un árbol o trasladar montañas.
La parábola está dirigida en particular a los apóstoles, a los que tienen algún cargo de responsabilidad en la Iglesia. Ellos, los primeros, han de practicar y saber que la verdadera “gratificación” por sus servicios es precisamente su vocación, la llamada a dedicarse a servir al Señor y a los hermanos con gozo y generosidad. La evangelización no se debe transformar nunca en rutina y en deber, sino en la principal fuente de entrega y alegría para el apóstol. La satisfacción y plenitud interior de colaborar en el anuncio del Reino es el verdadero “premio” de quienes se reconocen y viven como “siervos inútiles” que simplemente “hacen lo que deben hacer”.
Esta humildad vivida expresa que nuestra práctica religiosa supera el límite de la ley y del derecho, del mérito y del premio y se interesa y entra sólo en un contexto de amor y de confianza. Por amor, hacemos lo que es bueno. Confiadamente nos ponemos al final del esfuerzo, en las manos del misterio divino, que, para nosotros, tiene los rasgos de un amigo y padre (Dios). No sabemos lo que el amigo vendrá a darnos; pero tenemos una inmensa confianza; de manera que, cuando hicimos lo que estaba encomendado, nos sentimos de verdad contentos en su compañía. Ante un amigo que nos quiere, no exigimos, no merecemos nada, pero confiamos en su amor y estamos seguros de que nos concederá mucho más de lo que creíamos; siempre el ciento por uno, siempre en derroche, en superabundancia.
Dame, Señor, la humildad para saber servir sin ínfulas, con sencillez. Que crea que todo viene de tu amor gratuito, pues, soy siervo inútil; he hecho lo que tenía que hacer.