XXVI Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C
Recuerda que recibiste tus bienes en vida
Autor: Camilo Valverde Mudarra
Am 6,1.4-7; Sal 145,7-10; 1Tm 6,11-16; Lc 16,19-31
En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de finísimo lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba a su puerta, cubierto de llagas y hambriento, quería saciarse de lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas. Sucedió que se murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Murió también el rico y lo enterraron…
Abraham repuso: "Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces… "Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen" "Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto»
El profeta Amós clama: «¡Ay de los que se fían de Sion y confían en el monte de Samaría! Os acostáis en lechos de marfil; arrellanados en divanes, coméis carneros del rebaño y terneras del establo; canturreáis al son del arpa, inventáis, como David, instrumentos musicales; bebéis vino en copas, os ungís con perfumes exquisitos y no os doléis del desastre de José. Encabezarán la cuerda de cautivos y se acabará la orgía de los disolutos».
La voz de denuncia del profeta se alza con gran dureza contra los ricos y acomodados en el reino del Norte, ya en el siglo VIII a.C. Censura con rigor la vida de excesivo lujo que llevan las clases poderosas de la ciudad, quienes poseen “casa de invierno y casa de verano” (Am 3,15), gozan de enseres lujosos, espléndidos divanes de marfil (Am 6,4) y derraman cosméticos exóticos (Am 6,6: “se ungen con los mejores aceites”), andan en continuos banquetes de ostentosa exquisitez, vinos olorosos, danzas y músicas fastuosas (Am 6,5-6).
Amós ataca con implacable ímpetu las riquezas amasadas injustamente por una sociedad enriquecida con la miseria de los más pobres; así como, y es lo más grave, la inconciencia de estos adinerados que “no se afligen por el desastre de José”, es decir, no ven su descarado egoísmo, con su holganza mundana y corrupta, están acarreando la ruina al pueblo pobre, a quien Amós llama “José”, el hijo del patriarca Jacob. Tras esta denuncia de Amós, en el año 722 a.C., los ejércitos del rey asirio Sargón II destruyeron el reino y deportó a sus habitantes a los campos de concentración de Mesopotamia. El desenfreno y la desigualdad social y económica, causa del trágico abismo entre ricos y pobres, desembocó en extinción. Inexorablemente la profecía de Amós se cumplió: “Irán al destierro cautivos y cesará la orgía de los holgazanes”.
El Salmo responsorial asegura: “Él mantiene su fidelidad perpetuamente, Él hace justicia a los oprimidos, Él da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos. El Señor abre los ojos al ciego, endereza a los que ya se doblan, ama a los justos. El Señor sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad”.
San Pablo a Timoteo le aconseja: “Hombre de Dios, practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza. Combate el buen combate de la fe. Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado y de la que hiciste noble profesión ante muchos testigos. Te insisto en que guardes el mandamiento sin mancha ni reproche, hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo”.
El Apóstol exhorta a Timoteo, en esta síntesis de todo lo dicho anteriormente en su primera carta. El núcleo de la exhortación está en la petición de que combata “el buen combate de la fe”, con fidelidad a “la solemne profesión-testimonio”, hecha delante de muchos testigos, la profesión de fe bautismal, que prepara a “la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Testimonio similar al de Cristo mismo delante de Pilatos, y al del Apóstol, que termina con una bellísima doxología en la que proclama la realeza universal de Dios, “el Rey de los reyes y el Señor de los señores”.
En el evangelio, San Lucas, insistiendo en la visión evangélica de la riqueza, afirma, mediante la parábola del rico Epulón, que las riquezas obstruyen la libertad del hombre, para amar al prójimo y entrar en el Reino de Dios. Pone en consideración el sentido último de la vida, en referencia al gran requisito del cuido y atención a los pobres, el problema del justo reparto de los bienes de la tierra.
Según el concepto popular de ultratumba, el hombre va al Sheol o Hades, llamado infierno por la práctica litúrgica. Es una región con varios compartimentos, los moradores se pueden ver, pero no pueden pasar de uno a otro. Los ángeles son los encargados de conducir a cada uno a un lugar oscuro de tormentos atroces, entre los que sobresale el fuego; o bien, al paraíso, lleno de luz y con abundancia de ríos, morada de los justos. El "Seno de Abraham" significa tener un puesto de honor con Abraham en el gran banquete paradisíaco. Son visiones figurativas de una realidad ultraterrena que escapa a la experiencia humana y en estrecha dependencia, con la conducta del hombre en esta vida.
La parábola no viene a describir la vida después de la muerte; no es una promesa a los pobres de una felicidad posterior en recompensa de su pobreza ni una invitación a la resignación del pobre. Subraya la caída y condena del rico. Es la confirmación grave de la perícopa del pasado domingo Lc 16, 9-13, de que el dinero enajena al hombre; rompe toda relación con Dios por el uso y abuso egoísta de la riqueza. Lázaro no es prototipo del mendigo recompensado, sino un hombre que padece y sufre, al que el rico no ayuda ni atiende. Jesucristo no indica una moral ajena a la ley y a los profetas (cf. Am 2,6-7; 4,1-5; 6,4-7; Is 58,7; Ex 22,25; Dt 24,10-13). Jesús, censurado por su actitud frente al dinero, muestra, a los fariseos que creían compatibles a Dios y el dinero, que no han entendido la ley ni los profetas.
El rico está dentro y muy cómodo; Lázaro está fuera, desamparado y necesitado. Uno se define sentado en “la mesa”, símbolo de la comodidad y de la saciedad; el otro “echado junto a la puerta” (en griego, pylôn, que indica el vestíbulo o portal), símbolo de la separación y del abandono. Ninguno de los dos personajes ha sido presentado desde el punto de vista ético. No se tacha al rico de inmoral, ni al pobre de creyente. Por tanto, se infiere que el rico termina en el infierno únicamente por su vida de lujos entre sus riquezas, indiferente a la indigencia que tiene a su puerta sin ocuparse de ella. No se condena por la riqueza en sí misma, sino por el comportamiento; lo pierde el modo egoísta de utilizarla. Entre ambos, no existe ningún contacto en la parábola. Los dos hombres tan antitéticos, sólo tienen en común, su destino “post mortem”, también muy distinto, sólo, por un instante paralelo. Es el resultado del juicio. No somos los dueños de la historia, Dios tiene la última palabra. El juicio es la fidelidad de Dios a sí mismo, esta es la conexión entre el texto de Amós y el de Lucas. Ponerse al servicio del dinero, conlleva a quedarse solo consigo mismo al morir, sin el dinero y, en la penosa tristeza de la lejanía de Dios, mientras que Lázaro sufriente, humillado y despreciado aquí, encuentra consuelo en el seno de Abraham. El evangelio, hoy, ratifica que la historia no termina con el tiempo presente; la justicia de Dios se realiza en nuestras obras. Es Dios el que nos juzga a todos.
El rico llama “padre” a Abraham”, lo que indica, que era un creyente del pueblo de Israel, y ser miembro del pueblo elegido no es razón suficiente, para alcanzar la salvación. En la conversación con Abraham, habla de “Lázaro”, por su nombre, lo cual señala que lo conocía muy bien, cuando yacía llagado y hambriento. La respuesta es tajante. Tuvo su oportunidad en la tierra; ahora, en cambio, es absolutamente imposible. La parábola enseña, que la generosidad y la solidaridad con los desechados de la tierra es en el hoy cotidiano del día presente. Es el momento de forjar y preparar el futuro de salvación.
El Epulón dice que tiene “cinco hermanos”, cinco ricos más, y, claro, nunca trató a Lázaro como “hermano”. Su riqueza lo obnubiló, no comprendió que todos los hombres, todos los pobres lázaros, eran sus hermanos. Su tragedia reside en que creyó que podía llamar padre a Abraham, sin tratar como hermano al pobre que tenía en el tranco de su casa. Abraham con toda contundencia dice: “Tienen a Moisés y a los profetas, que los escuchen”. En efecto, San Lucas, expresa que el cristiano ha de vivir pendiente de la palabra bíblica, que invita a la justicia con los pobres y denuncia la perversidad de los ricos que explotan a los más débiles (Cf. Ex 22,25-26; Dt 24,17-22; Is 58,7). La escucha y, por tanto, la obediencia a “Moisés y los profetas”, se halla en el ámbito teológico de Lucas, según el cual Jesús es el cumplimiento del Antiguo Testamento, sintetizado en la experiencia mosaica y el movimiento profético. El Señor Resucitado en el camino de Emaús, explica su destino de pasión, muerte y resurrección a los discípulos, a partir de Moisés y los profetas (Lc 24,27.44). No hay, pues, contraposición entre el A.T. y la revelación bíblica de Jesús, el Crucificado Resucitado, sino una relación de cumplimiento. La Escritura que manifiesta la voluntad de Dios, invita a un serio compromiso de vida en favor de los pobres. No es necesario, que Lázaro regrese. “Si no oyen a Moisés y los profetas, tampoco harán caso, aunque un muerto resucite”.
Evitar el infierno requiere el cambio del modo de vivir, comprometerse y entregarse a las urgencias del más necesitado. La salvación o condena, paraíso o infierno, no dependen del estado social, están supeditadas al uso de los bienes, a ponerlos a disposición del prójimo, a compartir, ayudar y dar a los otros. Es atender las manifestaciones extraordinarias de Dios que nos desvelan su voluntad; escuchar y meditar con humildad la poderosa voz de la Escritura, que insta a abrir el corazón; a creer en un Dios Justo que no olvida el clamor y el sufrimiento del pobre; a seguir a Jesús, junto a los desheredados; abrir el corazón y activar las manos ante la flagrante desigualdad. Y amar, amar a Dios y a los demás, siempre, aquí, en el presente. Amar con largueza, “en esto reconocerán que sois mis discípulos”.