XXIV Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C

Estaba muerto y ha resucitado; estaba perdido y lo hemos encontrado  

Autor: Camilo Valverde Mudarra

 

 

Ex 32,7-11.13-14; Sal 50,3-4.12-19; 1Tm 1,12-17; Lc 15,1-32

“En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ése acoge a los pecadores y come con ellos.»

Jesús les dijo esta parábola: «Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento reúne a los amigos para decirles: "¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido. Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? También les dijo: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte que me toca de la fortuna." El padre les repartió los bienes.

… y, el padre, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo". Pero el padre dijo: … celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado."  

El libro del Éxodo cuenta: “En aquellos días, el Señor dijo a Moisés: «Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un novillo de metal, se postran ante él… Mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo». Entonces Moisés suplicó al Señor, su Dios: ¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta? Acuérdate de tus siervos… Y el Señor cedió en la amenaza”

A las pocas semanas de salir de Egipto, Israel ha sustituido a Dios por un ídolo inerte. Dios informa a Moisés de la perversión de su pueblo. Es “el pecado” del pueblo que manifiesta, desde los inicios de su historia su tendencia a rebelarse y a apartarse de Dios. El Señor rechaza aquel acto de rebeldía y quiere recomenzar la historia con Moisés: “A ti, te convertiré en padre de una gran nación”. Pero Moisés, sin defender ni justificar a Israel, apela al verdadero fundamento de la historia de la liberación y de la alianza: la fidelidad de Dios a la promesa patriarcal y su gloria. Ante la oración de Moisés, “el Señor se olvidó del mal de su pueblo”. El Israel rebelde vuelve y la historia de la alianza vuelve a comenzar. 

El Salmo responsorial ruega: “Me pondré en camino adonde está mi padre. Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado”.  

San Pablo escribe a Timoteo: “Doy gracias a Cristo Jesús, Nuestro Señor, que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio. Eso que yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero Dios tuvo compasión de mí, porque yo no era creyente y no sabía lo que hacia… Por eso, Cristo Jesús mostró en mí toda su paciencia, e hizo que fuera modelo de todos los que creyesen en su Reino”.  

         El Apóstol recuerda su pasado de “blasfemo, perseguidor y violento”. Pero, todo eso ha sido borrado por la misericordia de Dios y la gracia de Cristo, que, al mismo tiempo, abre un futuro de luz y de esperanza en su vida; no sólo ha recibido el perdón amoroso de Dios en Cristo, sino también ha sido “ejemplo de los que van a creer, para obtener la vida eterna”. Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero”.

         “Acuérdense de sus palabras, dice Santa Teresa de Jesús, y miren lo que ha hecho conmigo, que primero me cansé de ofenderle que su Majestad de dejar de perdonarme. Nunca se cansa de dar ni se pueden agotar sus misericordias; no nos cansemos nosotros de recibir. Sea bendito por siempre, amén, y alábenle todas las cosas” (Libro de la Vida 19,15).     El evangelio según San Lucas narra, de modo sublime, el misterio insondable de la bondad infinita de Dios, Padre, en estas tres parábolas de la misericordia, perlas de las parábolas. Ponen la mirada en el valor de la conversión y la reconciliación del hombre con un Dios que “no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva” (Ez 18,23). Mientras los fariseos y maestros de la ley se mantienen a distancia de los pecadores por fidelidad a la Ley (Ex 23,1; Sal 1,1; 26,5), estos -gentes que no se preocupaban de la pureza «legal» farisaica- acudían a Cristo para oírlo. Por esto, los fariseos y escribas censuran que come y acoge a los pecadores. Las tres parábolas responden a esta acusación. Originariamente, son la respuesta de Cristo a las críticas farisai­cas ante la admisión de «pecadores» en el reino.  

Jesucristo de forma indirecta, argumenta, que su conducta refleja la acción amorosa de Dios mismo. Al "excluirme a mí renunciáis al Dios Verdadero". Jesús se manifiesta testigo excepcional del amor de Dios; lo que los maestros de la ley le critican no es que hable del perdón al pecador arrepentido, ya muchos textos del Antiguo Testamento hablaban del perdón divino. Lo que sorprende radicalmente es la conducta de Jesús, que, en lugar de condenar, como Jonás o Juan Bautista, o exigir sacrificios rituales, para la purificación, como los sacerdotes, come y bebe con los pecadores, los acoge y les abre gratuitamente un horizonte nuevo de vida y de esperanza. Esta es la tesis que hoy inculcan las parábolas; su objetivo primario reside en ilustrar la raíz profunda de la misericordia de un Dios que Jesucristo llama “Padre”, y manifiesta.

Las dos primeras parábolas insisten en la alegría que Dios siente cuando un pecador se convierte. En la primera parábola, la oveja descarriada se pierde “fuera” de casa; en la segunda, la moneda se pierde “dentro” de casa. Los de cerca y los de lejos, todos son buscados y, hallados, vienen a Dios. “Todos hemos pecado” (Rom 3,23), dirá San Pablo. Jesús proclama el gozo de un Dios, Padre y Madre, que otea le camino, que sale, espera, busca al hombre y lo abraza a su vuelta a la vida. Aquella oveja y aquella moneda tienen en común el ser objeto del amor inmenso de Dios, que va a los que están perdidos.

          La parábola del hijo pródigo, propia de San Lucas, es una página de las más bellas de la Literatura Universal y de las más profundas en riqueza teológica del Evangelio; incide, con efusión y ternura, en la misericordia de Dios sobre el pecador arrepentido. Todos los elementos muestran la solicitud de Dios por el pecador para perdonarlo. Literariamente es una parábola, aunque con algunos elemen­tos alegorizantes.

El relato sobre el hijo que pide su herencia y se va de la casa, apunta un hecho legal, que permite al hijo ejercer su derecho (Dt 21,15-17). El evangelista no entra en los motivos, ni en la moralidad o legalidad de la petición; se fija en el alocado proceder del hijo y el mal uso de aquella riqueza que, por el “despilfarro y vida libertina”, lo llevó a la miseria y, casi, a la muerte. Es un irresponsable que fragua su ruina. Recuérdese que, para el judío, apacentar puercos acarreaba una maldición, por ser animal impuro, lo que acusa más su vida de pecado (Lev 11,7). La parábola señala que vuelve, por cálculo e interés, por comer como los jornaleros de la casa, en ningún caso, muestra un modelo de arrepentimiento, él regresa impelido, no por amor a su padre, ni confesando humildemente sus errores; no describe una conversión, sino la sorprendente y misericordiosa actitud del padre; presenta la magnánima interpretación del padre sobre la vuelta del descarriado, que, cuando reflexiona, vuelve a su padre: “Me pondré en camino, regresaré a casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y contra ti. Ya no merezco llamarme hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros”.

La figura del padre es el núcleo del texto. El tema central no es «el hijo pródigo», sino el perenne perdón de Dios, Padre y Madre, que ansioso espera e indaga para abrazar siempre. Las palabras del hijo no son las que determinan la conducta del padre. El contraste entre el interés del hijo y el amor ilimitado del padre es de una enorme intensidad. El padre “se conmovió profundamente” (en griego: splangnízomai, “conmoverse las entrañas maternas”). La ternura del padre se origina en el fondo de su corazón. El padre es sólo abrazo, perdón y dulzura; el lector halla un padre fuera de lo común, excepcionalmente misericordioso y excesivamente afectivo y amoroso. Un padre que no espera el grito arrepentido del hijo para correr y besarlo. Y es que la parábola no se detiene en la conducta significativa del hijo, sino que viene a revelar la honda paternidad-maternidad del padre, que se sustenta en una única razón: “Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado”. No le mueve la ofensa recibida, piensa en las consecuencias que soportó su hijo, en la muerte que amenazaba con privarlo de su hijo. Para el padre, importa sólo que el hijo está allí, que lo ha recuperado y que ahora podrá vivir y gozar de él. En realidad, el padre nunca rechazó al hijo, porque la filiación no estaba condicionada a sus méritos. No cuenta el pasado, ni tampoco el futuro; no lo juzga, ni le exige nada a cambio; interesa la vida del hijo. Ahora vive, junto al padre; lejos de él, “se moría de hambre”. El versículo: «Cuando estaba lejos, salió su padre, y, compadecido corrió a él», llenándolo de cariño, expresa la alegoría de la providencia misericordiosa de Dios, y Lucas la «moraliza» en los pecadores. El beso es signo de perdón (2 Sam 14,33). El cristiano, por el bautismo, es hecho «hijo» de Dios.

Evidentemente, el «padre» es Dios. El «hijo menor» representa, en la alegoría, a los «publicanos y pecadores», que no se preocupan de la impureza «legal», en esta proyección moralizante de Lucas, dirigida a la gentilidad, al pecador. Y el «hijo mayor», a los «justos que, humanamente, no quieren entender los misterios de la misericordia divina» y, aquí, se incluye a los cristianos; aquellos que, personificados en el «hijo mayor», llegan a protestar de la acogida bondadosa de Dios al pecador. Es preciso captar que se trata de un rasgo pedagógico, para resaltar más los designios de Dios en la historia humana.

         La parábola concluye haciendo alusión al “hijo mayor”, que ha de optar por aceptar la decisión misericordiosa del padre o rechazarla. No le gusta esa fiesta. Su único punto de referencia es su conducta; habla de vida ejemplar, de fidelidad, pero se expresa herido y contrariado. Se tiene por justo y merecedor de todo, piensa en cuestión de retribución y de justicia, no en clave de cercanía al padre, de amor recíproco, de gratuidad. Representa a los escribas y fariseos que daban gracias porque “no eran como los demás”, se resiste a entrar y celebrar. El padre, sin embargo, “sale y trata de convencerlo”. Busca al mayor como había esperado al menor. No lo rechaza y lo invita a superar la lógica de la retribución, a no interpretar su existencia en sentido de remuneración y sueldo. El padre de la parábola lo da todo, sin medida, sin cálculo alguno. Ser padre es dar, entregar, compartir todo con sus hijos. Y respeta también al mayor, como no obligó al menor a quedarse en casa, tampoco obliga a este a entrar y participar de la fiesta.

         La parábola expone una historia universal, aplicable a todos, que rezuma bondad e inmenso amor. Exhorta a revestirse del amor del Padre; a los alejados, a regresar a la casa paterna; a los orgullosos y pagados de sí mismos que juzgan a los demás, a entrar para vivir el gozo del amor del Padre, y a impartir el perdón ofrecido gratuitamente a todos. No se sabe qué hicieron después los dos hermanos. Pero, sí, se hace totalmente expresa la vida de amor del padre, su inmensurable misericordia. Sabemos que Dios es Nuestro Padre y Madre amantísimo.