XXIII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C
El que no carga con su cruz, no puede ser discípulo mío
Autor: Camilo Valverde Mudarra
Sb 9,13-18; Sal 89,3-6.12-14.17; Flm 9-10.12-17; Lc 14, 25-33
En aquel tiempo, como lo seguían las multitudes, volviéndose, les dijo: Si alguno se viene a mí y no deja a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, e incluso su propia vida, no puede ser mi discípulo.
Porque ¿quién de vosotros, queriendo construir una casa, no se sienta primero a calcular … Así pues, el que de vosotros no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío
El libro de la Sabiduría invoca diciendo: “¿Qué hombre conoce el designio de Dios,
quién sabe lo que Dios quiere? Los pensamientos de los mortales son reducidos e inseguros nuestros cálculos; porque el cuerpo mortal es lastre del alma y la morada terrestre abruma el espíritu que piensa. ¿Quién rastreará las cosas del cielo, quién conocerá tu designio, si tú no le das sabiduría enviando tu Santo Espíritu desde el cielo?”Esta invocación sapiencial de Salomón atribuye la auténtica sabiduría al Espíritu de Dios, inserto en el hombre. La idea antropológica de la dualidad, cuerpo y alma, de raíz helénica, indica la dificultad humana de conocer sin el concurso de la sabiduría; tal aspiración, sólo es colmada por la Revelación que lleva al hombre a encontrar su verdadera entidad en Dios.
El cuerpo humano y los pensamientos del hombre son un lastre para su alma. El hombre terreno no puede por sí mismo llegar a saber de la voluntad de Dios. La antropología bíblica difiere del dualismo platónico de tan funestas consecuencias en la espiritualidad cristiana. Pues, la Biblia determina la unidad profunda de la persona humana, anterior a cualquier distinción entre el alma y el cuerpo. El hombre percibe sus propias limitaciones intelectivas, aún al tratar de entender los asuntos más cercanos y mínimos. De ahí que, para captar los designios de Dios necesite la iluminación del Espíritu de Dios (1Cor 2,10-16). La sabiduría es un don de Dios que conduce a la salvación integral. En este sentido, sabio es aquel que conoce la voluntad de Dios.
El Salmo responsorial pide al Señor: “Los siembras año por año, como hierba que se renueva; que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde se seca y la siegan. Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato”.
San Pablo escribe a Filemón, un cristiano de la comunidad de Colosas, evangelizado por Pablo, probablemente en Éfeso: “Yo, Pablo, anciano y prisionero por Cristo Jesús, te recomiendo a Onésimo, mi hijo, a quien he engendrado en la prisión; te lo envío, como algo de mis entrañas. Me hubiera gustado retenerlo junto a mí... Si me consideras compañero tuyo, recíbelo a él, como a mí mismo”.
Esta carta a Filemón, de la auténtica pluma de Pablo, es el texto más escueto del N.T., y con un contenido muy concreto, que atañe directamente al Apóstol. La fuga del esclavo Onésimo le preocupaba en su gravedad. Aunque parece no haberse cumplido con frecuencia, la dura ley permitía, al dueño, matar a un esclavo fugitivo. Era un delito que atentaba contra la estructura social y económica del Imperio Romano. Pablo le ruega acogerlo con amor paternal y huir de las formas de amo pagano.
Puede extrañar que Pablo no condene la esclavitud, como incompatible con el cristianismo. Hay que pensar que las circunstancias de hoy no son aquellas; nosotros enjuiciamos desde otra cultura y otro concepto. Miramos con actitudes diferentes, desde convencimientos cristianos, éticos, sociales y positivos, muy distintos. No era posible para el Apóstol ni Filemón, en su tiempo, alterar todo el complejo entramado jurídico-social de la Poderosa Roma. De ahí, que Onésimo seguirá jurídicamente siendo esclavo. Pero, ciertamente, Pablo puso el fundamento; su predicación fue el inicio, las comunidades cristianas, sembrando en la esfera social el germen destructor de la esclavitud, comenzaron a invertir las relaciones humanas de amo y esclavo. No llega a formular tajantemente la incompatibilidad, porque Pablo está inserto en su tiempo y vive el cristianismo atento a la realidad social que le impide incluso el intento de cambio, y menos, un rechazo frontal. Hubiera supuesto una revolución. No siempre, se puede pedir una transformación inmediata de las condiciones, sino poner las bases.
En efecto, Pablo indica unos principios que son ya subversivos de la situación social. Son los del amor y fraternidad que superan las diferencias globales existentes en su época, y, hasta sacralizadas por la ley y la costumbre. Esta corta de San Pablo, se conservó sin duda, en la iglesia primitiva, por su sintético mensaje, sobre el delicado y grave problema de la esclavitud. Pablo había ya establecido la igualdad y dignidad universales de los hombres ante Dios, al afirmar: Todos somos pecadores y necesitados de salvación (Rom 3,23; 1 Cor 7,20-24; Ef 6,5-9; Col 3,22-4,1); y que, en Jesucristo, se han borrado todas las trabas que dividen y separan: “Ya no hay esclavo, ni libre, no hay varón ni mujer, pues todos sois uno en Cristo Jesús” (Gál 3,28).
San Lucas, el evangelista de la radicalidad, expone hoy esta exigente perícopa, en que Jesús explica la extrema dureza que requiere el seguimiento de la vocación; el verbo usado, traducido aquí por “dejar, en el original es “odiar”: “Si alguno quiere venir en pos de mí y no odia a su padre y a su madre…”. El verbo con una carga significativa demasiado radical y honda busca impactar y señalar la distinción entre la falsedad y la verdad del discípulo. Parece un lenguaje muy severo el uso el verbo “odiar”, pero se debe a la ausencia de una forma comparativa en el hebreo y el arameo, para indicar la idea de “amar menos”, que late en la intención de San Lucas. Nunca, el que Jesús pida odiar a los familiares, lo que es absurdo.
Sí, es cierto que la doctrina de Jesucristo implica siempre una gran exigencia y la crudeza de energía drástica y tajante. El discípulo ha de entregarse al amor de Jesús en totalidad; nada ni nadie se pueden interponer. El Reino de Dios y el Evangelio exigen, tras la opción libre y reflexiva, el compromiso decidido y exclusivo al amor de Cristo y al prójimo. Jesús sintetiza la vocación en la frase final: “El que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no puede ser mi discípulo”.
El Maestro no impone “la cruz” como un valor en sí mismo, no es algo intrínseco, no se busca en sí, pero tampoco afirma que haya que evadirla o suprimirla. La cruz viene; llega, se encuentra en el vivir, y, sin duda, con su enorme valía espiritual. Soportar las deficiencias humanas y las contrariedades de la vida, en pos de Jesús y al modo de Jesús, consiste en andar con la cruz el camino pascual; emprender la vía dolorosa de la conversión en Cristo, entrar en sí y renacer de nuevo; extirpado el egoísmo, desechado el vicio y el pecado y eliminado el hombre viejo, cargar con la cruz de cada día y seguir a Jesús; sobrellevar y vencer la humillación, el desgarro, la hostilidad e, incluso, ir a la muerte, fiel a Jesús y a sus dictados; es cumplir la opción del seguimiento de la cruz de Cristo.
Jesús, con las dos parábolas, la del constructor de la casa y la del ejército que va a la batalla, enseña que es imprescindible una seria y atenta reflexión para ir tras Él. La dedicación al Reino de Dios requiere cordura y seriedad, constancia y dolor, sabiduría y meditación. Precisa planificar, calcular los medios y las fuerzas y pergeñar los elementos. El discípulo de Jesús, ante todo, debe conocer a fondo las exigencias del evangelio y sus consecuencias posibles, tiene que ser consciente plenamente de los valores y cuantías que tiene al orientar su vida. Solamente así podrá luego actuar en coherencia con su fe y confrontar su vida con la palabra de Jesús. Sólo así podrá, con total libertad interior, tomar la opción de fe y hacer íntegra donación al amor de Cristo.
La síntesis esencial del pensamiento de Jesús en el texto evangélico se encierra aquí: “el que de vosotros no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo”. San Lucas indica con la expresión de “todos sus bienes”, la peculiaridad teología de la pobreza, rasgo enteramente insoslayable para el discípulo, que, libre y consciente abraza su vocación exigente, de seguir al Maestro: Y, dejándolo todo, lo siguieron, dice de los apóstoles y al joven rico, le pide: Ve, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres y ven y sígueme. Cristo exhorta y reclama la pobreza integral y absoluta, la que llevó a cabo con el desprendimiento y renuncia de San Francisco de Asís; y, con la abnegación de vida en la sobriedad y austeridad, Teresa de Calcuta; con la actitud y conducta que hunde su más honda raíz en el espíritu de pobreza, puesta la espera y confianza en Dios. Dejarlo todo implica el repudio de todas las cosas, posesiones y afecciones; nada se interpone en el abrazo vocacional. Es la pobreza que libera en el amor, amor confiado, fundado en la fe, la esperanza y la caridad; el amor que todo lo espera, todo lo tolera, lo supera todo, todo lo cree y ama siempre, porque la Caridad es Eterna.