Solemnidad de San Pedro y San Pablo
Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo
Autor: Camilo Valverde Mudarra
He 12,1-11; Sal 33,2-9; 2 Tm 4,6-8.17-18; Mt 16,13-19
En aquel tiempo, al llegar Jesús a la región de Cesarea de Felipe, preguntó a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre? Ellos contestaron: …
Tomando Simón Pedro la palabra, dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: ¡Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan!, porque eso no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos y lo que atares en la tierra, será atado en el cielo y lo que desatares en la tierra, quedará desatado en el cielo.
Los Hechos de los Apóstoles cuentan: “En aquellos días, el rey Herodes se puso a perseguir a algunos miembros de la Iglesia. Hizo decapitar a Santiago, hermano de Juan. Al ver que esto agradaba a los judíos, mandó detener a Pedro. Era la semana de Pascua. Mandó prenderlo y meterlo en la cárcel, encargando su custodia a cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno: tenía intención de ejecutarlo en público, pasadas las fiestas de Pascua. Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él. De repente se presentó el ángel del Señor, y se iluminó la celda. Tocó a Pedro en el hombro, lo despertó y le dijo: Date prisa, levántate. Las cadenas se le cayeron de las manos …”
Pedro, cabeza de la Iglesia, tenía que probar las cadenas en su propia carne, para poder después proclamar el Evangelio contra todo tipo de cadenas que oprimen e impiden al hombre realizarse plenamente.
El salmo responsorial invita: “Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor y me respondió, me libró de todas mis ansias”.
San Pablo escribe a Timoteo: “Querido hermano: Yo estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida”.
El Apóstol está encarcelado en Roma (1, 8), cargado de cadenas. En el juicio condenatorio, no hubo ni una voz que viniera en su defensa (4, 16). Sabiendo que, inminente, la muerte se acercaba, redactó este su testamento. Iba a derramar su sangre, culminación de su inmensa obra apostólica. Predicar y vivir en cristiano conlleva rechazo y persecución. Y, al final de su vida, está lleno de esperanza y optimismo, porque tiene conciencia de haber luchado el combate legítimo y de haber guardado las reglas del juego. La batalla, que exige el Evangelio, no es asunto fácil, precisa todo el esfuerzo y una entrega total; seguro y afianzado en la fe, sabe que tendrá el triunfo y el premio eternos; y, no sólo él, sino todos los que viven llenos de amor al Evangelio, los que tienen amor a Dios y al hermano.
El evangelio según San Mateo se presenta hoy en el noreste de Galilea, región de los paganos, que, no siendo enteramente una zona extranjera, de algún modo se puede llamar así. Aquí aparece por primera vez el término Iglesia, referente a la congregación seguidora de Jesucristo. Ya, en el capítulo 14, San Mateo hace decir a los discípulos que Jesús es el Hijo de Dios (Mt 14,33). Hoy lo reafirma Simón, Pedro y Jesús le entrega las llaves del Reino a un hombre sobre la tierra. La afirmación de Pedro es el cimiento firme: Pedro, Piedra fundamental de sustentación; en la identificación de la entidad de Jesús, Hijo de Dios, se cimenta la asamblea cristiana. Construcción asentada en la consistencia divina, invencible a los ataques hostiles del infierno. Como ya dijo el Maestro: "Vinieron las lluvias, se desbordaron los ríos y los vientos soplaron violentamente contra la casa; pero no cayó, porque estaba construida sobre un verdadero basamento de piedra" (Mt 7,25).
Tras la ratificación de Pedro, la imagen de las llaves le otorga el poder de perdonar y decretar; Simón, por su clarividencia profética, será la piedra angular que sostendrá toda la estructura en solidez y firmeza. La respuesta: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”, es la esencia de la fe del cristiano, la formulación mental de la capacidad evangélica del discípulo. La preeminencia de Pedro nace de la rocosa determinación de un hombre que va a preservar el reconocimiento mesiánico de Jesús en el descubrimiento personal de cada uno en la intimidad de sí mismo. La respuesta a la pregunta: “Vosotros, ¿quién decís que soy yo?” es el centro de la fe; muestra la dimensión personal a una opción interna y radical: Cristo permanece presente en la Iglesia; ella es Cristo Vivo.
Se sabe que hoy la Iglesia no priva; no se admite con facilidad la mediación eclesial; se acepta a Dios y a Cristo, pero cuesta mucho creer que la Iglesia reporta la salvación. Se desoye que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, que la comunidad eclesial es la plenitud de las esperanzas, y que hace presente el amor del Padre. La debilidad en la fe hace ver ante sí una Iglesia llevada por hombres que, como todos, son pecadores y cargados de miserias y deficiencias. Y no estriba tanto en el asunto jerárquico, como en la comunidad cristiana. Aceptar y creer que un hermano nuestro es el Cuerpo de Cristo resulta un hecho enormemente problemático por la difícil comprensión mutua. La fe en la iglesia es imprescindible y vital; el que anda recto, pertrechado de su fe, por encima de faltas, yerros y contrariedades, ha de hallar, en el seno de la Iglesia, la imagen del buen samaritano, del perdón a la adúltera y las lágrimas con el dolor de la viuda de Nahím; y la enorme cantidad de sacerdotes entregados y santos, de innumerables misioneros, y de muchos Juanes XXIII, J. Pablos II, Eyacurías, obispos Romeros y Teresas de Calcuta.
En la tradicional festividad de San Pedro y San Pablo, día del Papa, que es, como dice el Concilio Vaticano II, "el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos, como de la muchedumbre de los fieles" (LG 23), la Iglesia pone su mirada en los dos Apóstoles, columnas del pueblo fiel. Su celebración viene a recordar la fe intrépida de Pedro, que proclama la Mesianidad del Hijo de Dios, a la vez que lloró amargamente sus negaciones, y la obra inmensa de cristianización, casi incompresible, que cumple Pablo entre los gentiles. Los creyentes, que navegamos en la barca de Pedro con la esperanza de alcanzar las costas de la eternidad, hemos de no olvidar que la fe acarrea riesgos y exigencias, y que nuestras debilidades, superadas con la conversión purificadora, no impedirán ejercer el deber y, con fe arraigada, anunciar a Jesucristo, el Salvador, a todo el mundo. Ya Resucitado, Jesús, le entregó el rebaño a Pedro, para llevarlo a los pastos. Y le encargó, junto con los apóstoles, predicar el Evangelio por todo el mundo.
Ambos Apóstoles, fundamento de la Iglesia, demuestran su grandeza en el sufrimiento y el martirio, en su fe y predicación. Se entregaron de lleno a insertar y difundir el cristianismo; sus vidas fueron de adversidad y penas. Dieron el paso, siguieron a Jesucristo y ya nunca lo dejaron. En el padecimiento, como Cristo, tuvieron el auxilio del ángel y comprendieron el camino de su vocación. Pablo, hombre cariñoso y afable, bajo apariencia de severidad, se muestra alegre y satisfecho del esfuerzo realizado y de mantener firme su fe.
Pedro fue el primero en confesar la fe, Pablo, el doctor y teólogo eximio que la conformó; el uno dio impulso a la Primitiva Iglesia, el otro la llevó y asentó en todas las naciones. Por vías diferentes, los dos levantaron la Iglesia y los dos abrazaron la cruz en el martirio.