Festividad de San Juan Bautista, Ciclo C

La mano del Señor está con este niño

Autor: Camilo Valverde Mudarra

 

 

Is 49,1-6; Sal 138,1-3. 13-14. 14-15; Hch 13, 22-26; Lc 1,57-66.80 

A Isabel se le cumplió el tiempo y dio a luz un hijo. Los  vecinos y parientes oyeron que el Señor le había mostrado su gran misericordia y se regocijaron con ella. A los ocho días fueron a circuncidar al niño y querían llamarlo Zacarías, como su padre. Pero la madre dijo: No. Se llamará Juan…  El padre pidió una tablilla y escribió: Juan es su nombre. Todos se quedaron admirados… y decían: La mano del Señor está con este niño.

 

El niño crecía y se fortalecía en el espíritu; y habitó en el desierto hasta el día de su manifestación a Israel. 

El Profeta Isaías canta: “Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos: Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó en las entrañas maternas y pronunció mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano… Es poco que seas mi siervo… te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”.

El Bautista, austero, vestido con piel de camello y alimentado de saltamontes, como aún comen algunas tribus, es el precursor, que anuncia "la buena nueva de Jesús" (Mc 1,1-8). Por ello, la liturgia propone hoy el segundo cántico del Siervo.

Siempre que el Señor encomienda una misión asigna la vocación, hace una llamada íntima a un encuentro. De ahí que, como Moisés, Gedeón y María, madre de Jesús, el siervo es llamado por el Señor desde el vientre de su madre. La misión está orientada hacia el hombre; el encuentro con Dios, que es auténtico, conlleva necesariamente a los demás, no puede ser individual. La actitud seudomística, en busca del provecho y consuelo propios es contraria a la fe bíblica. Tras el encuentro con la Divinidad, el siervo, siendo humano, un ser de carne y de hueso, se reviste de una fuerza particular, impelido por la palabra divina. Nada lo detiene ni aterra. Su palabra es penetrante, espada incisiva y aguda flecha (v. 2; Jr 1,9ss; 23,29; Hb 4,12). Así la voz de Juan atruena las orillas del Jordán, sin reparo, amonesta al pecador y llama "camada de víboras" a aquellos viciosos de lascivia. El Bautista insta al arrepentimiento, a la conversión y al reparto de sus bienes.

Yahvé acepta su esfuerzo y encumbra a su siervo. Lo hace luz de las naciones de la tierra (cf. Gn 12,3; Lc 2,32; Hch 13,47; 18,6). San Juan inicia la buena nueva y Jesús, y la extiende por todo el mundo, a la vez que reconoce su labor de precursor. 

         El salmista exclama: “Señor, tú me sondeas y me conoces, de lejos penetras mis pensamientos… Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno, porque son admirables tus obras”. 

Los Hechos de los Apóstoles relatan que “Pablo dijo: Juan, antes de que Él llegara, predicó a todo el pueblo de Israel un bautismo de conversión; y, cuando iba a morir, decía: Yo no soy quien pensáis, sino que viene detrás de mí uno a quien no merezco desatarle las sandalias”.

Es el primer discurso de San Pablo, en que hace un escueto resumen de la historia de la salvación, que culmina en Jesucristo. El Bautista es el último capítulo del plan de Dios, ante la llegada de un Salvador. Jesús es la Palabra de Salvación (13,26). Juan señala hacia Cristo, como indica la tradición del Bautista. Juan prepara el camino, él se apaga, la luz, que es Jesús, se enciende.

El texto muestra los designios de Dios en la historia y la acción y entrega del hombre a la voluntad de Dios. 

         El evangelio según San Lucas narra el nacimiento de San Juan Bautista, figura de pobreza, que no tiene nada propio, ni siquiera, seguidores; su cometido único es señalar a otro. Esta es una festividad históricamente muy popular, inserta en el folklore con las hogueras, en la literatura con los romances e, incluso, en la economía con el inicio de la siega. La Iglesia estableció esta celebración un semestre antes de la navidad, ligando el ciclo litúrgico al versículo, "ya está de seis meses la que consideraban estéril".

Juan era un personaje conocido; de ahí, que aparezca citado por el historiador Flavio Josefo. Para los cristianos, representa el final del AT y el preámbulo del Nuevo. Es el precursor. Juan es su nombre. Juan significa "Dios se ha compadecido", y Jesús, "Dios salva". Llevará el nombre profético, "para anunciar a su pueblo la salvación". Su nombre no significa un linaje, sino un porvenir designado. Dios obra y actúa hacia el futuro. Su nacimiento deja ya el pasado y mira al tiempo que se aproxima. La acción divina se mueve en la gracia y se renueva sin cesar. Juan, el precursor de los dones, llama al hombre a la conversión, a correr al encuentro del gran suceso, la llegada de Dios.

A Isabel se le cumplió el tiempo y dio a luz un hijo. El hecho capital reside en que los padres eran ya mayores y la mujer, estéril; en el orden humano, pues, no era posible una concepción. Pero, para Dios no hay nada imposible, de manera que este niño es el don de la graciosa complacencia de Yahvé y su compasión por estos ancianos, por cuanto, el decisivo poder de Dios conduce la historia de los hombres. Es el regalo de Dios, destinado a cumplir los designios divinos en su cometido trascendental.

Es el último profeta. El relato de Lucas lo muestra con los rasgos específicos del auténtico profeta: la vocación manifiesta ya desde el nacimiento, la plenitud del Espíritu y la vivencia ascética. El evangelista rememora a Samuel en el profetismo de Juan: como Samuel, Juan es "grande" en presencia del Señor; nace de un seno materno estéril; y es de familia sacerdotal y profeta, elegido para preceder y designar al Mesías."El profeta, se ha dicho, capta la coyuntura concreta del acontecimiento en el punto preciso en el que el futuro le dará significación. Para Juan XXIII, el profeta interpreta 'los signos de los tiempos': defensa del bien común, progreso público y humano de las clases inferiores, fomento de la igualdad femenina, atención a los pueblos desfavorecidos, reparto justo de la riqueza, impulso a la concepción política, etc. El profeta se expresa por símbolos, gestos y parábolas. Es el mensajero del Mesías, que va a llegar.

Juan Bautista, luz de las naciones, es un hombre de enorme humildad y totalmente recogido y oculto, subordinado a Jesús: “Yo no soy el que ha de venir, detrás de mí viene uno a quien no merezco atarle las sandalias”. Este carácter es el que especifica el propio Jesús: "Yo os digo, que, entre todos los nacidos de mujer, no hay profeta mayor que Juan; pero el más pequeño en el Reino de Dios es mayor que él" (Lc 7,28). Toda su misión consiste en laborar el terreno y allanar los caminos, luego, llegado el tiempo pleno de la salvación, su estrella se va a eclipsar y desvanecer, para que brille únicamente la luz del Salvador.

En este mismo sentido, la Iglesia no es, en sí misma, una entidad categórica. Su misión, como la de Juan, es de precursora de Jesús. Indica al hombre la fuente de la verdadera salvación; su mayor gloria reside en retrotraerse y disminuir ella, para que Jesús entre y resplandezca en el alma de los hombres.

La vida de Juan está totalmente entregada al esfuerzo de convertir al pueblo, para la llegada del Señor. "Arrepentíos porque ha llegado el Reino de los Cielos" (Mt 3,2). Viendo la situación de su pueblo, siente que Dios le ha llamado a resolverla y no se detiene. Predica con severidad, con apremio y exigencia, lucha contra la desigualdad, la injusticia y los abusos; no busca su bienestar, desecha la complacencia humana. Es extremadamente austero y exigente consigo mismo. Su función reside en mostrar que la voluntad de Dios es taxativa; en la relación y contacto con Dios no caben dudas, retrasos o componendas.

La fidelidad de Juan es inflexible, su testimonio personal entraña gran relevancia. No es una caña movida por el soplo del viento. Pero, ello no le hace un inmovilista ni un conservador saduceo. Se mueve por la realidad de los hechos, llevado de su firme fe. Esta fuerte personalidad insta hoy, al cristiano a mantenerse en sus convicciones de fe, esperanza y amor. Un amor, no de palabra, sino de obras en la autenticidad. La obediencia al Espíritu capacita a distinguir en el  mundo actual los valores positivos y a inundarlo con el mensaje de Jesucristo: “Amaos unos a otros”.

Todo el bagaje significativo del Bautista llega a pesar en Jesús; precisamente, por eso, baja el Nazareno a escucharlo al Jordán e inicia su actividad pública, "al enterarse de que habían detenido a Juan" (Mt 4,12). Parece, como que el Maestro quiere retomar el turno misional del Bautista. Así es la actuación de Dios; va trazando la senda, elige el momento y convoca a los hombres que han de dar forma al diseño preciso de salvación. Juan estaba llamado, desde el seno materno, a estructurar una tarea singularmente decisiva, por esa razón la liturgia hoy lo entronca con el del Siervo de Yahvé en el segundo cántico. Él va a señalar la aurora, que irá iluminando el horizonte del pueblo de Israel, para que llegue la luz que inundará a todas las naciones. Hoy la historia emprende un amplio camino de ardua espera hasta la luz definitiva, y Juan es el emisario de anunciar la luz.

Juan es la voz que clama en el desierto, que da paso a la Palabra; la lengua que antecede al Verbo. Juan es, en fin, una señal del amor de Dios. El amor solícito de un Padre, que en la historia de salvación, no ceja en diseñar la redención de todos los hombres.