XIX Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C
"Donde está vuestro tesoro, allí está el corazón”
Autor: Camilo Valverde Mudarra
Sb 18,6-9; Sal 32,1-12.18-22; Hb 11,2.8-19; Lc 12,32-48
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no se rompan, y un tesoro inagotable en el cielo, en que no entran los ladrones ni lo roe la polilla. Porque, donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame.
Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo. Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos. Pensad, que, si supiera el dueño a qué hora viene el ladrón, no le dejaría horadar su casa. Así, estad preparados vosotros, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre» …
Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá».
El libro de la Sabiduría relata que “la noche de la liberación se les anunció de antemano a nuestros padres, que tuvieran ánimo, al conocer con certeza la promesa de que se fiaban. Tu pueblo esperaba ya la salvación de los inocentes y la perdición de los culpables, pues, con una misma acción, castigabas a los enemigos y nos honrabas, llamándonos a ti”.
Este texto de la Sabiduría, pequeña joya de la literatura judía alejandrina, en una exhortación dirigida a la comunidad hebrea de la diáspora, expresa una grandiosa relectura sapiencial y teológica de la historia de Israel, en clave escatológica y en recuerdo de la consabida “noche” de la liberación de la esclavitud de Egipto, que se iluminó con una columna de fuego, luz comparable al sol, como guía de Israel hacia la libertad. En estos capítulos, se confrontan continuamente hebreos y egipcios, en dos actitudes fundamentales: la justicia y la impiedad. Aquella noche decisiva, que inicia el Éxodo y lleva la muerte a los primogénitos egipcios, en señal de la justicia inexorable de Dios y de gozoso futuro para los hebreos, al ver cumplidas las promesas divinas, brilló el poder de Yahvé. Es la noche de la primera celebración de la Pascua, fiesta de la libertad, con sus litúrgicos salmos del Hallel (Sal 113-118), “alabanzas de los antepasados”. La Pascua de dimensión comunitaria es un signo de unidad y de libertad nacionales; en ella, los hebreos se vinculan entre sí, a través de un pacto de comunión y de solidaridad en el bien y en el mal.
El Salmo responsorial asegura: “Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre”. Nosotros aguardamos al Señor: Él es nuestro auxilio y escudo; que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti”.
La carta a los Hebreos expone: “La fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve. Por su fe, son recordados los antiguos... Por la fe, obedeciendo Abrahán la llamada de Dios, salió hacia la tierra que iba a recibir en heredad… Y así, de uno solo, nació una descendencia tan numerosa, como las estrellas del cielo y como la arena incontable de las playas”.
Hebreos, centra hoy su ámbito teológico en la virtud de la fe, entroncada en íntima relación con la esperanza, pues es “fundamento de lo que se espera y prueba de lo que no se ve” (11,1). La fe conduce al porvenir prometido por Dios; precisamente, lo que constituye el carácter paradójico de la fe, es que posee sin tener y conoce sin ver. Nuestra fe se fundamenta no sólo en “objetos” de fe, en realidades en las que hay que creer, sino también en “sujetos” de fe, en figuras que han vivido, con esperanza, la oscuridad de la fe cada día. Entre ellos, Abraham, que partió sin saber y esperaba y creyó contra toda esperanza. Así, esperando y creyendo, Abraham es “un símbolo”, paradigma de todos los creyentes que marchan abrazados a su fe.
El evangelio de San Lucas trae, bajo el símbolo de “la noche”, la exhortación del Maestro sobre la vigilancia y la espera ante la inminente y sorpresiva venida del Hijo del hombre. La vida es una larga “noche” en espera de un luminoso amanecer que se abrirá con la venida del Señor, juez y libertador. El “Estad preparados y con el cinto ceñido”, alude a los hebreos en la noche pascual (Ex 12,11), la vigilia de su marcha hacia la libertad. El evangelista insta a iniciar con Jesucristo el éxodo definitivo hacia la plena y perfecta libertad. No se puede afrontar la cotidiana existencia en la indiferencia, la disipación, y, menos aún, en la inmoralidad. Se vive hoy, en un mundo vacío, desprovisto de valores esenciales, falto y escaso de convicciones profundas; al hombre se le hace difícil creer en algo que sea válido y verdadero para siempre, vive su pasotismo y dejadez; se afana en atrapar el goce, la droga, el placer y el dinero, vivos ídolos a los que se aferra en su increencia, único tesoro que persigue y que llena su aspiración, pues, “donde está tu tesoro, allí está tu corazón”.
El creyente, por su parte, tiene trazado en Jesucristo el rumbo de su conducta: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, dice. Está alerta atento a lo primordial y desasido de lo accesorio; "tiene ceñido el cinto y encendidas las lámparas". Su diáfana palabra le insta a acoger y vivir la fe, la esperanza y la caridad; andar siempre confiado de la mano del Señor, con la certeza de que es hijo de Dios Padre, que lo quiere y recompensa; que ayuda y protege, al que vela y lealmente cumple su deber con honradez y generosidad, porque lo “sentará a su mesa y lo servirá Él mismo”, pleno de alegría, misericordia e infinito amor.
Jesús explica en la perícopa, tres parábolas, que muestran la actitud diligente con que se ha de afrontar el tiempo de espera previo a la venida del Señor. Los que en ese momento estén preparados en constante atención y vigilancia, recibirán los parabienes del dueño y serán acogidos en su bondad. El siervo que se halle en guardia y en vigilia, de modo responsable en cumplimiento de su deber, acorde con la doctrina evangélica, logrará la íntima comunión, con Jesucristo, el gozo y gracia de la gloria.
La hora no está señalada. Lo mismo que el ladrón irrumpe de forma inesperada e imprevista, así entra Dios en la historia de los hombres, así llegará en su día el Señor de Reyes. En consecuencia, “vosotros estad preparados, porque a la hora menos pensada vendrá el Hijo del Hombre”.
Y, en tercer lugar, es preciso estar muy pendiente de la labor encomendada, como el administrador fiel y prudente, al que su amo lo encuentra atento en su puesto de gestión al frente de la servidumbre. Si, por el contrario, descuida la tarea asignada en pro de sus intereses, de la ineficacia y la inmoralidad, caerá en el autoritarismo, el robo y la indecencia que serán su desgracia. La parábola hace referencia al problema que sufrió la comunidad de San Lucas, que tras esperar un cierto tiempo de modo excesivo y deformado la inminente venida del Señor, se fue dejando atrapar por la frialdad y la indiferencia, con lo que abandonaba el compromiso directo del presente. El Maestro les señala la gravedad de esa actitud, impropia de unos dirigentes cristianos que recibieron la responsabilidad pastoral frente a sus hermanos, “pues “a quien se le dio mucho, se le exigirá mucho; y a quien se le confió mucho, se le pedirá más”.
Hoy, varias veces, Jesús impele a la prontitud y la vigilancia. El cristiano debe permanecer firme en la palabra del Maestro con entera disposición y fidelidad, entregado a la radical realización de la propia misión. El siervo leal y cumplidor rehuye la violencia, el egoísmo, las pasiones, la distracción y la banalidad de su conducta. El que se mantiene en vigilancia, en exigente espera del Señor, marcha cada día en la rectitud de forma seria y ejemplar de acuerdo siempre con la enseñanza evangélica, preparado y pertrechado de esos tesoros inagotables que llevarán al Reino y al abrazo del Señor en el momento decisivo. Dichoso, quien el patrón, al llegar, encuentra en vela. Vigilar es esperar. El itinerario cristiano conduce derecho a la plenitud. El amor, que lo mantiene vigilante en su camino terreno, lo lleva a la esperanza.