XIV Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C

Está cerca de vosotros el Reino de Dios

Autor: Camilo Valverde Mudarra

 

 

Is 66,10-14c; Sal 65,1-5.16.29; Gál 6,14-18; Lc 10,1-12.17-20

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él.

Y les dijo: «La mies es mucha y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os mando, como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: "Paz a esta casa." Y si allí hay gente de paz, se posará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: "Está cerca de vosotros el reino de Dios". Pero en el pueblo que entréis y no os reciban, salid a la plaza y decid: "Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos. De todos modos, sabed que está cerca el reino de Dios".

 

El último capítulo del libro de Isaías, obra del llamado “Tritoisaías”, profeta anónimo, nos invita a la alegría: “Festejad a Jerusalén, Yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz”. El profeta presenta al mismo Dios, como una madre llena de ternura que acoge entre sus brazos al pueblo: “Como un hijo al que su madre consuela, así os consolaré yo, y en Jerusalén seréis consolados”. La acción salvadora de Dios es fuente de gozo y de vida, para un pueblo herido y desconsolado que debe reconstruirlo todo después de la noche y de la cruz del exilio: “Al verlo se alegrarán, sus huesos florecerán como un prado”.

San Pablo, en el último párrafo de la carta a los Gálatas, afirma: “Dios me libre de gloriarme, si no es en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo”. Les confiesa que el centro de su experiencia espiritual y de su actividad misionera es solamente la cruz de Cristo. Los Gálatas estaban tentados a construirse una religiosidad hecha de prácticas y ritos sin provecho real, una vida religiosa fundada en la ideología legalista de los grupos judíos de la época. Pablo sostiene con fuerza que sólo la vivencia de la cruz, como donación de amor sin límites a Dios y a los demás, es fuente de nueva vida: “Lo que importa es el ser una nueva criatura”. La esencia no está en las prácticas religiosas, sino en la novedad de una vida fundada en el amor efectivo hacia los demás, a imagen de Jesús. Y para lograrlo no hay otro camino que la Cruz.

Sólo la Cruz nos arranca de la seducción del mundo y del peligro de caer en la esclavitud interior del pecado, de la carne y de la ley. La Cruz marca la vida y la misión del cristiano a través de gestos de sacrificio y de amor. Lo que la vida misma tiene de abnegación, se transforma en ascética cristiana, que se motiva con amor y nos impele a seguir la llamada de Jesús, para cargar cada día con nuestra cruz. La ascesis primordial, sin embargo, brota en primer lugar de las exigencias en las actitudes y en el sacrificio físico que impone el compromiso cristiano.

El evangelio de hoy, trae un mensaje para toda la comunidad cristiana representada en los setenta y dos discípulos que envía Jesús. San Lucas señala que la responsabilidad de la evangelización es de todos los creyentes y no sólo de los sacerdotes y misioneros. El Evangelio impone una misión universal a todos, en acción comunitaria, es la Iglesia entera la que evangeliza. Se trata de una instrucción catequética de Jesús a todos los evangelizadores. Indica la necesidad y la urgencia de la evangelización, “La mies es mucha…marchad”

La misión de los 72 discípulos significa el aumento del número de los enviados por Jesús; es alargar la misión de los Doce, grupo histórico e irrepetible constituido por Jesús, para indicar la importancia fundamental de tal misión en la comunidad eclesial. Los “72” discípulos evocan los ancianos de Israel, que colaboraron con Moisés en la función de guiar al pueblo en el desierto (Num 11,24-30), imagen de la Iglesia; o el número de las naciones paganas según la “tabla de las naciones” en Gn 10. El número 72, viene a ser, pues, el fundamento, los ancianos y los destinatarios de la misión, todos los pueblos de la tierra.

         La misión conlleva una exigencias relevantes: La oración, el anuncio y la pobreza.

La oración que es la fuente y la raíz por la que el misionero realiza su trabajo. La fecundidad de la obra evangelizadora nace del contacto vivo y personal con Dios, que es “el dueño de la mies”. La misión es gracia que nace de la oración a través de la que Dios genera y envía nuevos obreros al servicio del Reino; por la oración los discípulos comprenden que la iniciativa de la misión es prerrogativa absoluta de Dios, que llama y envía, y por la que se ponen precisamente en disposición del proyecto de Dios en la obra misional.

En el anuncio urgente, sereno y valiente del Reino de Dios, el evangelizador realiza su misión urgido por el Reino de Dios. En aquel ambiente oriental saludar a alguien por el camino era algo que ordinariamente tomaba mucho tiempo; así Jesús les manda que “no se detengan a saludar a nadie por el camino”, que no pierdan tiempo, que aviven la proclamación del evangelio, todo lo demás es secundario.

Al evangelizar, han de ser serenos y pacíficos, aun cuando se encuentren en situaciones hostiles de incomprensión, persecución o rechazo, actuar siempre como “ovejas en medio de lobos”. El apóstol no puede sucumbir a la violencia o la imposición forzada del mensaje. Si es rechazado, el misionero “sacude el polvo de sus sandalias”, en un gesto público que lo separa de quienes no acogen el Reino, signo de paganos, aunque repitiendo siempre con confianza que “el Reino de Dios está cerca”.

Y por último, la pobreza, virtud imprescindible que muestra el estilo con que el discípulo anuncia el Reino. El enviado por Jesús cumple su misión bajo la gratuidad y la esencialidad, pues testimonia la salvación que es don generoso de Dios. El misionero no es un asalariado interesado por el dinero, sino un creyente que vive la providencia amorosa de Dios y anda absorto en la palabra, ajeno a las preocupaciones materiales; recibe lo que le ofrecen y dona lo que es y lo que tiene, la paz del Reino, poniendo de manifiesto en todo momento su amor activo y solidario por los que sufren a imagen de Jesús.

El gozo auténtico que brota de la misión, al regreso, es reflejo de la esperanza de la comunidad cristiana, que ve, cómo se extiende y fructifica el Reino y la Palabra de Cristo. El mal “cae” ante la fuerza arrolladora e irresistible del Evangelio. Los discípulos se llenan de gozo, ven que el mal se somete al “nombre de Jesús”. La frase, “está cerca el Reino de Dios”, puede interpretarse, como que “ha llegado el Reino de Dios”. El reino de Dios se identifica con Jesús; ellos anuncian al Jesús que llega, o mejor, al que ha llegado ya. El simbolismo es festivo y feliz. Jesús es el Señor, las fuerzas del mal están desarmadas. Tenemos, pues, una descripción del final de los tiempos, tal y como este final era imaginado entonces, con toda su carga de símbolos fantásticos. La alegría de la fe y de la misión, no se basa en el éxito de la predicación, sino en el hecho de que el Reino está cerca y lo comprueban al ser enviados por Jesús. Por tanto, han de huir de la visión triunfalista y entusiasta fundada en el éxito humano o el poder eclesiástico.

El verdadero evangelizador no se goza de sus logros, sino que centra toda su alegría en la función realizada gracias al amor de Dios. Su gozo es haber sido elegidos para anunciar la Palabra del Reino. El mundo necesita que los creyentes proclamemos con nuestro testimonio el significado salvífico de la persona y de la palabra de Jesús. Como cristianos tenemos que ofrecer al mundo nuestro mayor tesoro y ése es Jesús y su palabra, su servicio, su entrega. Hay que hablar de Dios y de lo que supone la experiencia liberadora de Dios en el corazón del hombre y del mundo. El Señor que envía, pide que demos nuestro testimonio, que nos esforcemos en humanizar, servir, luchar por los cambios más favorables a los débiles. La tarea del cristiano es proclamar que Jesús ha llegado, tarea urgente y necesaria, para que este frío mundo, tome un rumbo diferente y entre en el calor del amor de Jesucristo.