XII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C

El que pierda su vida por mi, la salvará

Autor: Camilo Valverde Mudarra

 

Za 12,10-11; 13,1; Sal 62,2. 3-4. 5-6. 8-9; Gál 3,26-29; Lc 9,18-24 

Un día, que Jesús estaba orando y sus discípulos estaban con Él, les preguntó: ¿Quién dice la gente que soy yo?...  Pedro tomó la palabra y dijo: El Mesías de Dios.

Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió: El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, será desechado por los ancianos, los pontífices y escribas; lo matarán  y, al tercer día, resucitará.

Y, dirigiéndose a todos, dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; y quien pierda su vida por mí, ese la salvará (Lc 9,18-24). 

 

El Salmo invita a orar: Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma esta sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua. San Pablo explica a los Gálatas: Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo os habéis revestido de Cristo. Ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús.

        La filiación de Dios y la fe en Jesucristo establece la igualdad, la dignidad humana y la fraternidad. Ya no existe la desigualdad, se impone el absoluto respeto a la dignidad y a los derechos humanos. Queda abolida, no sólo la esclavitud, sino toda desigualdad social de los seres humanos. Todos somos radicalmente iguales; queda, pues, condenada toda discriminación por motivos le raza, de cultura, de sexo o de condición social. Quien está revestido de Cristo no puede hacer diferencias entre las personas. San Pablo afirma incluso que la esclavitud es contraria al Evangelio: "A gran precio fuisteis comprados; no os hagáis esclavos de los hombres" (1Cor 7,22).

         El Evangelio exige un cambio substancial en las relaciones sociales: el esclavo se hace libre en Cristo y el libre se hace esclavo también en Cristo, los dos se han hecho una misma cosa en Cristo. Deben, por tanto, sentirse hermanos y comportarse mutuamente como tales. Jesucristo ha hecho libre al hombre para que sea libre (Gal 5,1). La libertad no se puede hipotecar por nada de este mundo; nadie puede convertirse en esclavo por intereses humanos, porque esa esclavitud es el polo opuesto a la esclavitud cristiana, predicada por Jesucristo y hecha por amor y como servicio a los demás.

Según Zacarías, el pecado en su doble dimensión: contra Yahvé y contra sus ungidos, sus fieles, le atribula y le traspasa: "Me mirarán a mí, a quien traspasaron”, como lo había profetizado Isaías, 53,5: “Fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes”. La profecía de Zacarías tiene su pleno cumplimiento en Cristo Crucificado, con el corazón atravesado por la lanza y herido en sus manos y pies; y, por esas llagas, el Señor derramará sobre la dinastía de David un espíritu de consuelo y arrepentimiento, como lo confirma Pedro, en su 1ª carta 2,24: “Sus llagas os han curado”. La Carta a los Hebreos considera que el pecado es una crucifixión renovada: "Crucifican otra vez al Hijo del Hombre en sí mismos" (6,6). "Aquel día manará una fuente para que en ella puedan lavar su pecado y su impureza" (Zac 13,1). La fuerza de la gracia de Dios sólo la resiste la obcecación y la ceguera espiritual, si se arrepienten de su inmenso pecado, su misericordia infinita los perdonará. No tienen amor, no tienen virtud, carecen de mansedumbre; por eso les voy a infundir el fruto de mi Espíritu: "amor, alegría, paz, tolerancia, agrado, generosidad, lealtad, sencillez, dominio de sí" (Gál 5,22).

          Corren tiempos de increencia, se abraza el relativismo y se enloquece en el hedonismo; y, en ese ambiente, la humanidad desértica está sedienta de la gracia y de la misericordia de Dios: "Mi carne tiene ansia de tí, como tierra reseca, agostada, sin agua". Pero, en la cruz de Cristo, tiene los manantiales vivos, donde apagar su sed de trascendencia: "Me saciaré como de enjundia y de manteca y mis labios te alabarán jubilosos" (Sal 62), por la dulzura del agua de la fuente de tus llagas "Hemos sacado aguas con gozo de las fuentes de la salvación" (Is 12,3),.

        Jesús quiso saber lo que pensaba de él la gente, lo que decían de su identidad. Y quiso conocer también, la opinión de sus discípulos. Para la gente era el Maestro, un profeta y para Pedro, en nombre de todos, el Mesías. Los judíos estaban pendientes del Mesías, era la esperanza del pueblo; sería el conquistador de todos los pueblos que les habían dominado, y el vengador de todas las injusticias y expolios que habían soportado, aunque marcado de un espíritu religioso. Así pensaban los esenios de Qumram y aún los discípulos. Pero Jesús representa otro Mesías; anuncia que va a padecer mucho, que viene, como el Siervo de Yahvé que describe Isaías. También, en lo social y político, ha existido el mesianismo. El marxismo lo fue, tras el paraíso del proletariado, vencedor del capital. Así mismo, lo fue el nazismo, eliminando las razas consideradas inferiores, en busca de la super-raza. Para el nazismo, Hitler era el mesías, como lo es Castro para muchos. Ya lo dijo el Papa: Los nacionalismos exasperados son la idolatría actual.

        También nosotros nos formulamos la pregunta. ¿Quién es Jesús? Para mí, ¿quien es? Los teólogos de todos los tiempos han inquirido la identidad de Jesús. Pero, para llegar a su conocimiento más íntimo y pleno, es necesario toda una vida de contemplación de esa maravilla estupenda de amor que el Padre nos da por pura gracia. "Hay mucho, dice San Juan de la Cruz, que ahondar en Cristo, porque es como una abundante mina con muchos senos de tesoros, que, por más que ahonden, nunca les hallan fin ni término, antes van hallando en cada seno nuevas venas de riquezas acá y allá". Para ir conociendo a Cristo, es preciso asociarse a su cruz, llevarla con paz cada día y seguirlo con abnegación. El seguimiento es causa de conocimiento, y el conocimiento, conduce a seguirlo con mayor fidelidad, aun en medio de la noche del sufrimiento y a través de la muerte. Porque el conocimiento engendra amor. El amor que el Maestro proclama: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame.

"Cargar la cruz", es escuchar su palabra, imitar a Jesús y seguir su ejemplo: perdonar siempre, amar sin límites, vivir el misterio de Dios, Padre y seguir sus pasos de misericordia, aunque signifique la muerte, “el que quiera salvar su vida la perderá”; es vivir en este mundo de envidias y rencores, de competición y violencia, para, incendiándolo de amor, cambiarlo. Es aceptarse uno a sí mismo, con sus defectos y limitaciones. La sabiduría reside en entrar por la puerta que es la cruz, aunque es angosta; es inmolar al hombre viejo, para revestidos de Cristo, recibir al hombre nuevo del amor constante a Dios y al prójimo.