Solemnidad de la Ascensión del Señor, Ciclo C
Galileos, ¿Que haceis ahí plantados mirando al cielo?
Autor: Camilo Valverde Mudarra
Hch 1, 1-11; Sal 46, 2-9; Ef 1,17-23; Lc 24, 46-53
«Así está escrito, que el Mesías padeciera, resucitara de entre los muertos al tercer día y que, en su nombre, se predique la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Sabed que yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que seáis revestidos de la fuerza de lo Alto»…
Ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban continuamente en el templo bendiciendo a Dios.
“Mientras, se alejaba e iba subiendo al Cielo” dice San Lucas. La Ascensión de Jesucristo Es una auténtica manifestación de la divinidad de Cristo. Es el triunfo de la esperanza del ser humano. Supone el final feliz, el momento de la recolección de la cosecha. Es la hora de la gloria, de la exaltación obtenida, del triunfo, ya cumplida toda la tarea encomendada, toda la labor de siembra de la semilla de la entrega de su doctrina. Es la misma idea que explica el Deuteroisaías: “Después de las penas de su alma, verá la luz y quedará colmado…. Por eso, le daré multitudes por herencia y gente innumerable recibirá como botín, por haberse entregado…” (Is 53,11.12). Por este sufrimiento total, en el que se cumplen los planes de Dios, el Siervo recibe la vida y, como herencia, una posteridad innumerable que se prolonga más allá de la muerte. La exaltación final del Siervo (Is 53,12: Le daré un puesto de honor, un lugar entre los poderosos) menciona a muchos.
Es la victoria y el triunfo de Jesús. Ha emprendido y recorrido el trayecto marcado, ha respondido a la llamada y abrazado fielmente su vocación, la difícil empresa que el Padre, ex aeterno, le había encomendado. Su sufrimiento expiatorio ha liberado a los hombres, que ahora serán el botín de su triunfo y de su victoria sobre el mal. En señal de premio y de pago, por haberse ofrecido, para tomar y expiar la culpa, el Siervo tendrá descendencia, prolongará sus días (Is 53,10). Ahora recibe su recompensa infinita, hoy es glorificado en el Reino de Dios, encumbrado y constituido Señor de naciones y de todos los pueblos. Así trata el Apóstol San Pablo de inculcárselo a los Efesios: ”Que el Dios de Nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os de espíritu de sabiduría y revelación, para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cual es la esperanza a la que os llama, cual la riqueza de gloria que da en herencia a los santos...”
Ese es el fundamento de la enseñanza de Jesucristo. “Yo soy el camino y la verdad” nos dijo y marcó el camino, cuya esencia es el amor. Y la meta final, la recompensa es el cielo. Con su esfuerzo, lleva al hombre al centro de su gloria, al corazón de Dios. Vosotros sois testigos de esto” les dijo antes de partir. La Ascensión supone un cambio en la trayectoria. Es la hora de la Iglesia. Jesús aró y sembró, ahora la misión recae en los discípulos que han de cultivar y cosechar. Es el momento del compromiso. La hora de todos nosotros, los que presentes en el mundo hemos creído y recibido la semilla; hemos de hacer que de frutos de paz, de fe, de esperanza y caridad, para incendiarlo de amor que lo llene de la felicidad que da Jesucristo: “Vosotros sois testigos…”.
“No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo”. El Espíritu nos transforma a todos para, como dice el salmista: Pueblos todos batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo; porque el Señor es sublime. Y por ello, obedientes a su mandato, vamos: “Id y haced discípulos a todos los pueblos; yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo (Mt 28,19.20).