V Domingo de Cuaresma, Ciclo C

Yo tampoco te condeno

Autor: Camilo Valverde Mudarra

 

 

Is 43,16-21; Sal 125, 1-5; Flp 3,8-14; Jn 8,1-11           

            Isaías, en la primera lectura, dice: Mirad que realizo algo nuevo y apagaré la sed de mi pueblo (43,16-21). Y el Salmo responsorial: “El Señor cambió la suerte de Sión. Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre cánticos” (Sal 126, 4-5). Oráculo del Señor: Ahora, convertíos a mí de todo corazón, porque soy compasivo y misericordioso (Jl 2,12-13).

            San Pablo, en la segunda lectura, explica a los Filipenses: “Por Cristo lo perdí todo, muriendo su misma muerte. Todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor” (Flp 3, 8-14)

Hoy domingo, San Juan trae a consideración otra vez la misericordia de Dios. Esta perícopa no figuraba originariamente en este evangelio, es un texto fluctuante. En el plano literario de la historia de la tradición y de las formas y en el plano teológico, presenta con él diferencias; pero, en sí misma, nada impide, ni en el relato ni en el lenguaje, que sea una antigua narración sobre Jesús. Estilísticamente, se encuentra más próxima a los sinópticos y más concretamente a San Lucas que a S. Juan. La tradición posterior, muy lentamente la insertó entre sus páginas, siendo reconocida como canónica antes en Occidente que en Oriente. Es lo que se lama un “texto errático” que, como la tradición oral independiente, se difundió por las iglesias cristianas, sin encontrar en mucho tiempo acomodo en los evangelios canónicos.

El contenido del relato refleja la tensión entre la perseverancia en la tradición de Jesús y los intereses de la disciplina de la Iglesia, a la que, por tender, en su organización naciente, hacia un cierto rigor en el tratamiento del adulterio y el divorcio, la piedad de Jesús con la adultera se le hacía incomoda. Si terminó por entrar en el texto joánico, significa el triunfo de la tradición de Jesús, frente a las motivaciones rigurosas de las normas eclesiásticas.

Entre la doblez y la ruindad: Los maestros de la ley y los fariseos le llevaron una mujer sorprendida en adulterio, la pusieron en medio y le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio (Jn 8,3-4).

Con intención de tentarlo y, si erraba, poder acusarlo, en parangón con el dilema del tributo al César (Mc 12,13-17), le trajeron una mujer, sin duda casada, pues, en la Ley, se entendía como adulterio, sólo, la infidelidad de la “esposa” o de la desposada. Pero, a la vez, no traen al hombre que cometía el adulterio. El relato nada dice a este respecto. Hay que suponer que, diestro en el asunto, con rapidez se dio a la fuga o bien lo dejaron escapar; como apunta algún exégeta, el marido intencionado había urdido la trama de modo que su mujer fuera sorprendida por los testigos y conseguir obscuros propósitos.

El adulterio, condenado severamente (Ex 20,14), tenía lugar cuando un hombre casado cohabitaba con mujer casada o prometida. La casada era propiedad del marido y sobre ella pesaba la fidelidad conyugal absoluta. Por el contrario, el varón podía tener varias mujeres, más las esclavas; de ahí que el adulterio consista en una violación del derecho del marido sobre su mujer o del novio sobre su novia. El hombre, casado o soltero, sólo cometía adulterio si la mujer era de otro, mientras que la mujer violaba siempre su propio matrimonio, si el hombre no era su marido. La familia patriarcal tenía necesidad de garantizar la legitimidad de los hijos y herederos; el adulterio, que ponía en peligro institución tan fundamental, era un delito capital. Es la preeminencia absoluta de los derechos del clan y de la descendencia sobre los del individuo. Si un hombre era sorprendido con una casada, los dos eran condenados a la pena de muerte (Lev 20,10; Dt 22,22). Nada se prescribe sobre los contactos de un hombre casado con mujeres solteras, aunque, eso sí, la soltera es juzgada minuciosamente y, en su caso, condenada (Dt 22,21). La historia de la casta Susana, en Dn 13, ofrece un buen paralelo de esta cuestión. 

Tú ¿qué dices?  

Una mujer adúltera, sorprendida “in flagranti”, en relación pecaminosa (según Dt 19,15 se precisaban al menos dos testigos del hecho), es llevada ante el Maestro: En la ley, Moisés mandó apedrear a estas mujeres. Tú ¿qué dices? Decían esto para probarlo y tener de qué acusarlo (Jn 8,5).

Piden su muerte, desean que Jesús yerre en su dictamen; si la absuelve, actúa contra la Ley y si la condena, contra la misericordia; incluso la cuestión apunta a posibles complicaciones con la autoridad civil romana, la única que podía dictar la pena capital; pretenden confundir al que hace signos tan sorprendentes, a la vez que intentan conferir, lo que estiman, un bien a la comunidad erradicando de entre ella el pecado: Así quitarás el mal de en medio de ti, y todo Israel, al saberlo, temerá (Dt 21,21); con esta leyenda terminan muchas de las prescripciones legales del Deuteronomio.

Contrasta la premura y las prisas de los doctores y fariseos, frente a la parsimonia y la tranquilidad de Jesús: Pero Jesús, agachándose, se puso a escribir con el dedo en el suelo. Como insistían en la pregunta, se alzó y les dijo: “El que de vosotros esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Y, agachándose otra vez, continuó escribiendo en el suelo (Jn 8, 6-8).

Mientras ellos quieren cumplir lo prescrito, ajusticiando a la pecadora sin pérdida de tiempo, Jesús, que ha captado la malicia interna de aquellos delatores, malicia inminente sobre Él y sobre aquella mujer, agachado, se limita a garabatear con el dedo en la tierra, lo que sugiere por sola evocación la interpretación de Jeremías (Jer 17,13), se alejan de Dios con su formulismo y vienen delatando y acusando al débil en lugar de humillarse bajo sus miserias e inclinar la cabeza al polvo de la tierra; no es fácil interpretar este gesto; puede que Jesús quisiera dilatar el asunto y significarles un desinterés ante la situación y puede tener también un sentido simbólico. Tal vez, fuese recordándoles el Abstente de las causas falsas (Ex 23,7).

Mueve el polvo del suelo, y quizá, piensa que muchos cuerpos retornarían al polvo si se aplicase concienzudamente la Ley, porque, según S. Pablo: Todos han pecado y necesitan el perdón de Dios (Rm 3,23), ¿quién está completamente libre de pecado, quién es santo?, ¿quién de entre los presentes no ha cometido adulterio con los ojos, con el pensamiento o el deseo?, ¿quién de entre los acusadores puede tirar la piedra, esto es, quitar la vida?

Y piensa que se emiten juicios con mucha ligereza: No juzguéis por las apariencias, juzgad más bien con juicio recto (Jn 7,24). Porque por tus palabras serás justificado y por tus palabras serás condenado (Mt 12,37). Isaías afirma: No juzgará por lo que a sus ojos aparezca…juzgará con justicia a los débiles (Is 11,3-4). Y S. Pablo: Porque en lo que juzgas a otro, a ti mismo te condenas, ya que haces tú las mismas cosas que juzgas (Rm 2,1). Se trata, pues, de una crítica a los fariseos, más pecadores que ella.

Jesús, que puede leer en el corazón de los hombres, ofrece su célebre respuesta, a fin de que los acusadores se desnuden a sí mismos y sean ellos sus propios jueces y, en conciencia, hagan veraz balance de sus existencias: Al oír estas palabras, se fueron uno tras otro, comenzando por los más ancianos y se quedó Jesús solo, con la mujer allí en medio (Jn 8, 9). Y ofrece, con ella, la nueva Alianza, el vino dulce en odres viejos; indica que se inaugura la Nueva Ley del amor y la misericordia que rompe los moldes y formas vetustas del puritanismo e hipocresía de los judíos.

Con su respuesta, Jesús resuelve, con aire de frescura positiva, toda la mísera situación de inferioridad y desprecio que soporta la mujer. Yo no te condeno es palabra de intenso amor y perdón pleno. Pues Cristo es amor; y la caridad no se alegra de la injusticia, pero se alegra de la verdad; todo lo excusa, lo cree todo, todo lo espera, todo lo tolera (1 Cor 13,6-7).

Cierto, eso sí, de ninguna manera da por bueno el pecado de la mujer. No excusa su mala conducta, como tampoco la reprende ni castiga.

Los primeros en retirarse son los ancianos, los más experimentados, y por ello, tal vez, con más pecados, también con más comprensión ante las debilidades humanas, advierten antes que los jóvenes la sabiduría del Maestro y se avergüenzan de hallarse allí, de su petición y premura; comprenden pronto, en el fondo de sus conciencias, la lección que sutilmente les expone Jesús sobre la dificultad de juzgar a los demás sin estar limpio de pecado, sin ser mejor que ellos; perciben que sin compasión, sin bondad y sin amor al prójimo, toda ley es carga y no liberación, piedra de tropiezo y no elemento de verdadera justicia.

Esta indignidad de los acusadores y testigos es una cuestión relevante del relato. Late aquí el elemento jurídico de los testimonios admisibles o recusables.

Jesús, mirándola, le dice:  

“Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te ha condenado?” Y ella contestó: “Ninguno, Señor”. Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete, y no peques más” (Jn 8, 10-11).  

El maestro, sin excusar el pecado, levanta la cabeza y sólo hace una pregunta. No profiere ninguna frase de culpabilidad, ni de recriminación ni de reproche; se limita a darle el perdón y a cubrirla con la hondura enorme de su misericordia. Le brinda la salvación. El amor es el resorte que lo consigue, la mujer pecadora regresa a la vida, no es condenada, sino que salvada, es puesta en el redil: Jesús lo hace porque percibe la crueldad que insta al rigor de la ley, que es quebrantada a diario por conveniencia, porque nadie ha quedado para acusarla, dado que nadie está libre del pecado que equipara a hombres y mujeres desde el momento que a todos esclaviza; y porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido (Lc 19, 10); si hubierais entendido que ‘Misericordia quiero y no sacrificios’ no condenaríais a los inocentes. En su nombre, pondrán las gentes su esperanza (Mt 12, 7.21).

Jesús escoge la persona, antes que la ley; otorga el perdón y el amor sin paliativos, de modo absoluto, sin atender al arrepentimiento o persuasión. No condena, salva; no juzga, no recrimina, ama, da la dignidad a la humillada y el camino hacia la vida eterna: “Ve y no peques más”.