I Domingo de Cuaresma, Ciclo C

Las tentaciones de Jesús

Autor: Camilo Valverde Mudarra

 

 

(Dt 26, 4-10; Sal 90, 1-15; Rm 10, 8-13; Lc 4,1-13)


El Deuteronomio expresa la fuerza de la oración hecha con plena confianza en Dios, Padre, que oye y atiende la Profesión de Fe de Israel. “Clamamos a Yahvé y nos sacó de la opresión de Egipto” (Dt 26,7-8); los israelitas salieron de la esclavitud y gozaron de la libertad en la tierra prometida.

El salmista, con voz siempre viva y nueva, interpela al hombre, que, como hoy camina alejado de Dios, recordándole que en Él se halla la salvación: “Señor, Tú has sido para nosotros un refugio de generación en generación” (Sal 90,1).

San Pablo, recalcando la frase de Jesucristo: “El que cree en mí no morirá para siempre” (Jn 1,26), dice: “Todo el que cree en Él no será confundido”, porque la fe en el Verbo da vida; el que cree en la Palabra y la profesa con su boca, será salvo. No basta, pues, la fe interior, es preciso proclamarla con la palabra y con el corazón, que es la palabra de fe que predicamos y que, sin cansancio, hay que fortalecer, anunciar y transmitir. Hay que predicarla con la boca y, también, con las obras, con la conducta, con las actitudes.

El evangelista relata las tentaciones de Jesús. El diablo astuto, cuando ve que tiene hambre, lo tienta con el pan: “Dí que estas piedras se conviertan en pan”; le propone que, saltándose el deber y el cumplimiento de la Voluntad de Dios, entre en veleidades, busque el placer y se deje del ayuno, del sufrimiento y de seguir su sagrado destino y los designios de su Padre Celestial. Es una tentación muy al día nuestro: ‘Déjate de religión y zarandajas, y vente al hedonismo, al consumismo y relativismo, dedícate a servir al dios dinero y a sus ídolos materiales’. Por lo cual, insiste: “Todo esto te daré si te postras y me adoras”. Le insta el diablo, ahora, con la posesión, la ambición y la mentira. Adorar al diablo es venerar el mal, es vencer los problemas con el engaño y la mentira. Así mentir por figurar y aparentar, por escalar puestos y dominar, por medrar es servir al maligno, dueño y señor de la falsedad. Y, por último, dirige su tentación a su propia esencia divina, a la naturaleza íntima de la filiación con el Padre, de Jesús y nuestra, hijos y herederos del Reino por los méritos del Siervo Entregado: “Si eres Hijo de Dios, arrójate de aquí abajo, porque está escrito: A sus ángeles, ordenaré que te guarden, para que tu pie no se hiera con las piedras". Esta tentación ataca su divinidad, intenta entrar en la acción de Dios, guiar y gobernar lo divino; es la eterna tentación de querer hacer a Dios a nuestro prurito, acomodarlo a nuestros deseos y conveniencias.

Hemos de amar y vivir en la verdad y “la verdad nos hará libres”. Libres y ligeros de toda atadura; distintos y distantes siempre del mal y sus inclinaciones, extraños a la perfidia y mentira, enemigos de la argucia y de la impostura. Vivir, con valentía, la realidad de la vida, alejarse de la farsa y aprender el “no”, no a muchas invitaciones y proposiciones. ‘No’ rotundo, no hay que probarlo todo, eso es falso, no hay que ir y hacerlo todo. Hay un terreno privado al que no se debe renunciar ni dejar entrar a cualquiera. Llevados por el Espíritu, como Jesús, tendremos la fortaleza necesaria para vencer y triunfar en las tentaciones que, a diario, ofrece el diablo, y siempre lograremos la victoria. Hay que abrirse y pedir: “Ven Espíritu Vivificador”.