II Domingo de Cuaresma, Ciclo C

Mientras oraba se transformo

Autor: Camilo Valverde Mudarra

 

 

(Gén 15,5-12.17-18; Sal 26; Flp 3,17-4,1; Lc 9,28-36)

En la primera lectura, Dios hace alianza con Abrahán, el hombre de fe, el creyente firme. El libro del Génesis dice: “En aquellos días, Dios sacó afuera a Abrán y le dijo: «Mira al cielo, cuenta las estrellas, si puedes» Y añadió: «Así será tu descendencia» Abrán creyó al Señor, y se le contó en su haber”. El salmo responsorial indica la confianza en Dios: “El Señor es mi luz y mi salvación. El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?”.

El Apóstol, en Filipenses, afirma que Cristo nos transformará, según el modelo de su cuerpo glorioso. “Hay muchos, dice, que andan como enemigos de la cruz de Cristo, su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas. Sólo aspiran a cosas terrenas. Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador, el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo”.

San Lucas en el evangelio de la Transfiguración narra que “mientras oraba, el aspecto de su rostro se transformó”. Es una escena íntima, reservada, cargada de belleza subyugante. Cristo muestra un instante de su Divinidad, fluye allí, en la altura del monte el esplendor de la Santísima Trinidad en el Hijo Encarnado, hecho Siervo de dolores, que veremos desfigurado en la Pasión, para retornar fulgurante la mañana gloriosa de su Resurrección, al Padre. Cristo es la belleza que salva al mundo. Y a contemplar esta belleza nos lleva la cuaresma.

La Transfiguración, con la presencia de Moisés y Elías, que representan la Ley y los profetas, se centra en la Trinidad, Cristo que ora lleno de luz, la voz del Padre que clama: "Este es mi hijo, el elegido; escuchadlo" y el Espíritu que aletea en la palabra. El Hijo, la Palabra que hay que escuchar, para encontrar y caminar por la verdad. En la Transfiguración, el evangelio sintetiza toda la Escritura: la Ley, los Profetas y el Verbo, hecho carne, que explica S. Juan en su prólogo: "En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios”. La Palabra de Dios proclamada oralmente por los profetas, y expresa en la palabra escrita en el Antiguo y Nuevo Testamento.

La Palabra de Dios es la hermosura que tenemos en las páginas de la Biblia; algunas de ellas son reputadas las más bellas de la literatura universal: la historia de José, los Salmos, el Cantar de los Cantares, las parábolas del Buen Samaritano, del Hijo pródigo o el Himno a la Caridad de San Pablo son verdaderas joyas literarias. Su belleza en un estilo sencillo y lenguaje fresco interpela al lector con la exquisita expresión de la misericordia, de la ternura, del perdón, del amor: “la Caridad todo lo supera, todo lo tolera, la caridad es eterna” (1Cor 13).

Leamos la Biblia dejando que su hermosura nos envuelva, que cada versículo cale con una nueva luz. San Agustín aconseja: "Leed las Sagradas Escrituras, porque en ellas encontraréis todo lo que debéis practicar y todo lo que debéis evitar". Dejemos que el Evangelio, con la luz de la Palabra nos hable al corazón, ilumine la confusión que atenaza dentro, nos sosiegue y anime. Como dice San Pablo, todo ello fue escrito para enseñanza nuestra, para que, con la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras, tengamos la esperanza.

Acudiendo a la Escritura, amaremos al Padre, oiremos al Hijo y nos consolará el Espíritu. En el roce y escucha, nuestra cuaresma será auténtica y fructífera.