IV Domingo de Adviento, Ciclo C
Autor: Camilo Valverde Mudarra
(Mt 5, 1-4; Sal 79, 2-3.15-19; Hb 10, 5-8; Lc 1, 39-45)
El ángel, "mensajero de Dios" saluda a María con el “Ave María”, Dios te salve, la llena de gracia. Y su prima Isabel:”Bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. El niño saltó de alegría en mis entrañas”.
La Anunciación, la Visitación y el Magnificat que surge en la visita son unas de las perícopas más entrañables y más hermosas del Evangelio. El diálogo entre el ángel Gabriel y María es una preciosa joya, síntesis de las virtudes primeras y esenciales del cristianismo: la fe, la esperanza y la caridad; son el fundamento, la práctica vital, la actitud primordial que ha de mover los pasos del discípulo de Jesús. Son las denominadas virtudes teologales, porque entroncan al hombre con Dios, lo divinizan, lo hacen a su imagen y semejanza.
La fe de María: "Hágase en mí según tu palabra", está viva en esa su respuesta creyente. María cree firme, sin titubeo, sin dudar un instante; se pone en manos del Padre, que la llama, la vocaciona al enorme ministerio: “Serás la Madre del Mesías”. Sólo desde la fe, se puede aceptar este misterio insondable. La fe es el acto generoso de aceptar ciegamente, lo que no se ve, echándose confiado en la Palabra de Dios.
María se entrega y espera en Dios. María es prototipo de la esperanza. “Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones”. La fe inspira la esperanza cristiana, "porque creemos, esperamos"; dice el Apóstol. María hace de su espera del alumbramiento del Niño, el tiempo de esperanza de la humanidad". En María se realizan las promesas eternas de Dios: la Salvación del hombre, la llegada del Rey con su Reino de Paz y de Justicia, que lleva en el vientre. María constituye su espera, en esperanza.
Y María se inflama de amor; vive la caridad. María, que lleva en su vientre al Hijo de Dios, sabe que Dios es Amor (1 Jn 1,8). De todos los apelativos de Dios, conoce que el primero es Amor, Caridad. Ella pone el nombre de Dios en su vida y lo hace disponible para todos los hombres; se da al servicio del prójimo, se desvive para dar vida a la Vida, que viene a dar la vida que se perdió por el pecado.
El “fiat” incondicional y dadivoso de María, engendra también la fe, que aboca a la esperanza y trae la caridad. “¡Bendita tú, que has creído, que se cumplirán las promesas del Señor!”. “Magnificat anima mea Dominum, porque ha mirado la humildad de su esclava” (Lc 1,46-48).