IV Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C
Hoy se cumple la escritura
Autor: Camilo Valverde Mudarra
(Jr 1,4-5.17-19; Sal 70,1-6.15.17; 1Co 12,31-13,13; Lc 4, 21-30)
Hoy Domingo, 28 de enero, la liturgia presenta la vocación del profeta. Mi boca anunciará tu salvación, Señor (Sal 70). El profeta es el que experimenta a Dios, acepta su palabra, cumple la misión confiada y no se descorazona ante las dificultades que experimenta incluso en la persecución. Es el caso de Jeremías: “Te nombré profeta de los gentiles”, y del mismo Jesús que “no es enviado sólo a los judíos” (Ev.). Por encima de la profecía, está el amor “Quedan la fe, la esperanza, el amor; y la más grande es el amor” (2 Lect.).
Jesucristo habla en su tierra de Nazaret, pero sus paisanos lo rechazan. “Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11); como sigue sucediendo en muchos estamentos sociales y muchas partes del mundo, en que se desoye su mensaje y se persigue a sus seguidores. No se ha comprendido que su proyecto de vida, en cumplimiento de la voluntad del Padre, es traer la salvación a todo el que padece y sufre.
Al comienzo, “todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios”, pero, luego, se produce una violenta reacción a sus palabras, desconcertante. Jesús no busca la aceptación, ni la alabanza; hace y dice lo que tiene mandado, lo que implica su misión. Jesucristo enseña a amar, y amar es dar y darse, ofrecerse y entregarse con humildad y gozo, desinterés y generosidad, sin exigir contrapartida. Es vivir la donación constante de sí mismo en oferta gratuita, como lámpara que arde sin mirar el aceite ni cuestionar a quién alumbra. El cristiano tiene que distinguirse por el amor a Dios y el amor al prójimo; el amor “todo lo excusa, lo cree todo, todo lo espera, todo lo tolera” (1 Cor 13,7).
San Pablo trae el Himno a la Caridad, brillante y perfecta pieza literaria de valor universal y de un profundo lirismo; es el canto más bello del amor al prójimo, que parangona con la fe y la esperanza, pero la caridad es la más grande, no pasará jamás; es superior a todos los carismas, pues se prolonga en un abrazo perpetuo de estrecha unión con Dios. Este amor es también caridad teológica, superior a todos los dones y virtudes, porque todos desaparecerán con la muerte, mientras que la caridad es eterna. Todos los prodigios, todas las magníficas obras humanas no son nada, nada valen, de nada sirven, si no se tiene caridad: Aunque yo hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles…
El amor hace entender el rechazo y la resistencia, se lo explica, no provoca disgusto ni se preocupa del repudio y repulsa de Jesús, de su doctrina, de sus discípulos, de la Iglesia. La negación y el desdén hacia el Evangelio se debe al desconocimiento, a la ignorancia, desconfianza, a la sospecha, al rencor y la duda: “¿No es éste el hijo de José?” Jesús no es sólo alguien bueno que pasó haciendo el bien: es el Hijo de Dios. Es la lucha entablada por el mal, que sostiene el relativismo, predica el laicismo e impulsa el materialismo.
La sociedad actual admite la labor social del cristiano, la entrega por los oprimidos, pero, hablar del amor de Cristo, el Hijo de Dios que trae la liberación a los sometidos y desvalidos, eso ya, la exacerba, moviliza y hostiliza; no le encaja la idea de salvación y liberación, no ya de la injusticia humana, sino de todas las esclavitudes que degradan al hombre.
El amor de Dios iluminará al mundo y vencerá toda negativa y repulsa.