De curas y políticos

Autor: Alejo Fernández Pérez   

alejo_fp@terra.es

 

 A veces uno se cansa y aburre de no ver en los medios de difusión y en los comentarios personales más que quejas y lamentos sobre lo podrida que está la sociedad y lo mal que va el mundo. Toda persona tiene sus aspectos buenos y malos, mentimos cuando ocultamos uno de los dos. En uno de sus brillantes artículos nos dice Antonio Gala: ”En materia de sexo y de dinero, ¿quién está limpio aquí? Que esto no se reduzca al escándalo de los hipócritas”

Es cierto que dinero, drogas, poder y sexo forman un cuarteto, que como un  cáncer va poco a poco minando parte del cuerpo de nuestro sociedad, eso sí, con el beneplácito y la colaboración de los medios de comunicación y de una sociedad que se regodea y disfruta despellejando vidas ajenas. Ninguna época se libra de ellos. Personas de todas las clases sociales y profesiones caemos bajos sus garras: políticos, religiosos, jueces, militares, financieros y podemos continuar. Hasta al pobre de  Bill Clinton le ha tocado la china, sigue con Pinochet, con de la Rosa, con algún que otro ministro y con obreros o patrones que engañan en sus trabajos. En cualquiera que rebusquemos encontraremos su poco o mucho de basura. Podemos apuntarlo al debe de cada hombre, olvidándonos que también tiene su haber, su parte positiva. Políticos y religiosos suelen ser de las personas en las que más nos cebamos. Quizá esperamos demasiado de ellos. ¿ Por qué no nivelar un poco la balanza fijándonos algo en lo positivo?

Como concejal de una población importante, tuve ocasión de conocer y tratar a numerosos políticos. Honradamente he de manifestar que, cualquiera que fuese su ideología, me conmovió la entrega, la honradez, el entusiasmo y el trabajo que ponían todos en su empeño, . Los fallos provienen más de la falta de preparación que de otra cosa; y los abusos tienen siempre el mismo origen: la falta de control, de oposición o de competencia, igual que sucede en cualquier otra actividad. Otro grave inconveniente es ese exceso de burocracia que retrasa o anula tantos planes e iniciativas.  El político no se encuentra menos enredado en la burocracia que cualquier otro ciudadano. Tienen que desatender a su familia, amigos, diversiones; y sobre todo tener que soportar demasiadas puyas, dimes y diretes. Alguno , de vez en cuando, se salta las reglas, pero ¿Quien no conoce en su propio entorno casos iguales o peores?

Si nos referimos a los religiosos, hemos de reconocer que hace falta mucha vocación y mucho valor, para que un hombre joven abandone todo en este mundo para servir, casi por nada material , a los demás. Dejan familia, amigos, carreras, novias, y se van a tierras de misiones o a pequeños pueblos sin vida,  ¡ a darles la suya!. Estos hombres merecen, por lo menos,  admiración y respeto. A pesar de todo, el barro de que están hechos, es el mismo que el de cualquiera de nosotros. Cristo prometió asistencia a su Iglesia hasta el fin de los siglos, pero no garantizó la fidelidad ni la moralidad de sus seguidores. Ellos serán juzgados por sus obras, nosotros por las nuestras.

Políticos y curas son hombres elegidos e investidos de autoridad política o divina. Cualquiera que sea su autoridad y su responsabilidad,  no por eso dejan de ser unos “hombres” más con todas las virtudes, defectos y mi­serias inherentes a la condición humana. Si somos sinceros, hemos de con­venir que están, moralmente hablando, varios puntos por encima de la gene­ralidad de los hombres. Olvidar este hecho nos lleva a ser injustos en los dos extremos: una alabanza desmedida o un rechazo desorbitado. O delante con el cirio o detrás con la tea. Lo mismo que con los curas y políticos nos ha pasado  con toda clase de autoridades: padres, profesores, guardias,... Los tabús, afortunadamente, están cayendo. Pero, una mayor sinceridad y exigencias en los comportamientos de todos no tiene por que ir acompañada de maneras mostrencas o soeces, que desprestigian al que las provoca y avergüenzan a los demás.

Basta mirar a nuestro alrededor, para ver que la proporción de  personas ineptas en su trabajo o inmorales en su con­ducta es ,poco más o menos, igual en todas las capas sociales: pro­fesores, médicos, jueces, albañiles, curas, políticos,  etc. Esas deficiencias están en el fondo de nuestra  naturaleza humana. Se dan hoy, se dieron ayer y se seguirán dando siempre, más o menos acentua­das en unas épocas que en otras, de acuerdo con las circunstancias históri­cas. La moral cristiana siempre ha constituido un fuerte dique contra conductas indeseables. Ignorarla se paga, se está pagando,  muy caro. La mera justicia nunca podrá sustituirla.

Sin duda, a los abusos hemos darle toda la importancia que tienen, y buscarles remedio ; pero sin sacar las cosas de quicio. Sobre todo, no es justo generalizar; pues, si bien es cierto que las conductas de ciertas autoridades son reprobables, también lo es que la inmensa mayoría se comportan de forma aceptable. 

Algunos se alejan de la Iglesia o de la política porque- dicen- no le gustan los curas o los políticos ; pero seguirán yendo al trabajo, aunque no les guste el patrón;  y a la escuela aunque los pro­fesores no sean buenos, y a la guerra aunque no le gusten sus mandos. Casualmente, aquellos que rechazan a la Iglesia, a los curas,  son los mismo cuyas formas de vivir chocan contra las leyes cristianas. Los que rechazan a los políticos son los que hacen política sentados en un sillón del casino, al paso que procuran burlar las leyes. El político es ese personaje que da la cara y defiende sus ideales, sin recibir más que impertinencias de quienes arreglan el mundo mientras toman una caña.

Ante un escándalo, recordemos que curas y laicos; políticos y ciudadanos, autoridades y pueblo,  estamos hechos a imagen y semejanza de Dios,.....pero de barro.

¿Se  imaginan una sociedad sin sacerdotes? ¿Sin esos hombres que tiran de los demás hacia el cielo? Una sociedad sin sacerdotes, sin Dios, termina, en todas las culturas, siendo una sociedad animalizada. Una sociedad sin políticos, ni siquiera sería una sociedad. Puesto que son indispensables, aunque sea por propio egoísmo,  en vez de estar continuamente denigrándolos, echémosles una mano para evitar sus fallos, o demos la cara y pongamos de nuestra parte lo necesario para que se les cambie de puesto de trabajo, o caiga sobre ellos el peso de la ley.

Si es cierto que hay personas indignas, también lo es que la inmensa mayoría son buenas gentes en las que podemos confiar. No intentemos vanamente cambiar al mundo. Para empezar a mejorarlo, basta con que V. y yo nos esforcemos en  ser un poco mejores; así podría haber  dos golfos menos en este mundo.