Curas y pecadores

Autor: Alejo Fernández Pérez   

alejo_fp@terra.es

 

“Si lo llego a coger os quedáis sin cura en el pueblo” . Exclamaba una persona de un pueblecito de Badajoz en la TV hace unos años. Un clérigo se había comportado de forma reprensible.  En estos días los medios de comunicación, TV, prensa, radio se hacen eco de un informe elaborado por el Vaticano. Se trata de un misionero africano que ha dejado embarazada a varias monjas. Estalla el escándalo. Y, los escándalos causados por  personas de relieve y con autoridad son especialmente graves . Sin intentar disminuir su gravedad convendría acotar el problemas y reducirlo a sus justos términos.

Es cierto que el sacerdote es un hombre de Dios, dotado del privilegio de hacer bajar al Señor hasta nosotros en cada consagración; pero no es menos cierto que no deja de ser “un hombre” con todas las virtudes, defectos y mi­serias inherentes a la condición humana. A pesar de todo, si somos sinceros, hemos de con­venir que están, moralmente hablando, varios puntos por encima de la gene­ralidad de los hombres. Olvidar este hecho nos lleva a ser injustos en los dos extremos: o una alabanza irracional o un rechazo desorbitado. O delante con el cirio o detrás con la tea.

Reconozcamos que la proporción de  personas ineptas en sus trabajos o inmorales en su con­ducta social es ,poco más o menos, igual en todas las capas sociales: pro­fesores, médicos , jueces, políticos, albañiles, curas, etc. Basta mirar a nuestro alre­dedor o  ver las emisiones de cualquier T.V. cualquier día: Padres que abusan de sus hijas, políticos que se forran con el dinero del pueblo, patrones que estafan a sus obreros, obreros que engañan en el trabajo a sus patrones, profesores que no enseñan, estudiantes que no estudian, nacionalistas asesinos,…  .Esas  " deficiencias" forman parte de nuestra naturaleza  humana. Se dan hoy, se dieron ayer y se seguirán dando siempre; más o menos acentua­das según las circunstancias históri­cas. Por eso, cuando suceden, hemos de darle toda la importancia que tienen; pero no más. Sobre todo, no generalizar. Los abusos de un político , profesor o sacerdote no son ampliables, sin más, al partido político , a la enseñanza o a la Iglesia; aunque inevitablemente les afecte.

Los fariseos de turno levantan el grito y se llevan las manos a la cabeza: "¡ No he visto mayor hipocresía en mi vida! Grita descompuesto uno en Internet. Seguidamente docenas de personas intervienen en pro y en contra. No menos hipocresía hay en  esas "buenas" personas , de raza farisaica, que se lanzan como perros rabiosos contra el delincuente de turno, quizá con el oscuro deseo de demostrar a los demás que ¡ Ellas si que son buenas ! De momento, lo que se consigue es hacer mundial un escándalo local. ¿ Eso no es grave ?  No sabemos lo que haríamos nosotros si hubiésemos estado en su lugar. Esas buenas personas son las que no hace muchos años, echaban de su casa y mandaban a la prostitución a la hija soltera que había quedado embarazada. No seré yo quien justifique estos hechos, pero tampoco me toca a mi condenar a nadie. En cierta ocasión , los judíos presentan a Jesús a una pecadora cogida "in fraganti". "Moisés nos manda matarla a pedradas ¿ qué hacemos? " Jesús tranquilamente responde : "El que este libre de pecado tire la primera piedra". Lentamente,  empezando por los más viejos, desaparecieron todos. Por lo visto, ni la pecadora era tan mala ni los acusadores tan buenos.

Estos hechos, ni pueden, ni deben ser ocultados, ni se puede aceptar la ca­llada por respuesta. Al final ese clima de  falso respeto, que nos retrae de " denunciar en los organismos " pertinentes al delincuente,  hace un flaco favor a su Institución (Justicia, Iglesia, Gobierno…), aparte de que nos convierte en cómplices por omisión. Para que no sea el remedio peor que la enfermedad,  hagamos la denuncia donde  se  pueda solventar el problema , no en la barra del bar ni en una reunión de comadres.

Los" creyentes " tenemos ciertas obli­gaciones para con nuestros sacerdotes: Ante todo, rezar por ellos; después ayudarlos, animarlos, estimularlos y acompañarlos en su duro trabajo. Se encuentran demasiado solos como hombres. Si es verdad que uno falla, también lo es que noventa y nueve han dejado su casa, familia, novia, pueblo para emplear su vida en servirnos. Si es cierto que un misionero africano ha cometido repugnantes abusos sexuales, también lo es que 25.000 sacerdotes y 50.000 religiosas , casi todos africanos se comportan heroicamente con los afectados por las innumerables guerras de los grandes Lagos, de Uganda, de Angola,..Están curando  a los enfermos de Ebola, del SIDA , restañan las heridas provocadas  por odios ancestrales, y  dedican toda su vida a servir a los demás , en silencio, con un heroísmo callado y sin salir en los periódicos.

 Los fieles tenemos que ser exigentes con nuestros sacerdotes, sin olvidar aplicar esa misma exigencia respecto a nuestras obligacio­nes como creyentes. Exigimos demasiado a los demás y somos muy complacientes con nuestras propias faltas.. En cuestiones de sexo, muy santo era David y cayó; muy sabio era Salomón y cayó; muy fuerte era Sansón y también cayó. ¿ Quién de nosotros no ha caído ?  La diferencia entre los hombres de Dios y nosotros es que ellos caen y se levantan; vuelven a caer y se vuelven a levantar. Y, todos, antes y ahora, pagan un alto precio por sus caídas. Por otra parte, Jesús prometió asistencia a su Iglesia hasta el final de los siglos. Pero no aseguró la fidelidad ni la moralidad de sus fieles. No nos escudemos en sus faltas para justificar las nuestras, ellos serán juzgados por sus hechos; nosotros por los nuestros.

A la hora de tomar decisiones, sigue existiendo demasiado “corporativismo”, y demasiada falta de coraje en la Iglesia - laicos incluidos -  cuando intenta­mos justificar nuestra inoperancia bajo la capa de la prudencia y de la  caridad. Andarse con paños calientes sólo consigue empeorar la situación.  Jesús también supo coger el látigo cuando hizo falta, y fustigó duramente a los fariseos, los sacerdotes de su tiempo, cuando lo merecieron. ¿Qué hacer?

En primer lugar, comprobar los hechos ; después ponerlos en conocimiento del Obispo (Muchas veces el jefe es el último que se entera) y por último exigir que se aplique la ley.  Reconocer nuestros defectos y pedir perdón es  algo que a los ibéricos nos cuesta un esfuerzo inmenso. Cuando el Papa ha pedido perdón su figura ha salido ennoblecida y la Iglesia ha ganado prestigio. Como siempre, los Evangelios, esos libros tan poco leídos , nos dan la pauta a seguir: "No juzguéis y no seréis juzgados, porque con el juicio con que juzgareis seréis juzgados y la medida con que midiereis se os medirá. 

En definitiva, ante un escándalo, ante un delincuente, sea quien sea,  lo exigible es que el peso de la ley caiga sobre él. No menos, pero tampoco más.  De paso, recordemos que curas y laicos estamos hechos a imagen y semejanza de Dios,.....pero de barro

¿ Y si este modo de obrar lo extendemos a otras actividades? Un capitán se presenta al coronel : Mi coronel, yo prometí defender a la patria , seguir a mis mandos y cumplir sus órdenes; pero he pensado que eso disminuye mi libertad, por tanto: “ Donde dije digo, digo Diego ; así que no iré a la guerra porque es muy molesta e incómoda, además me pueden hacer “pupa” y no puedo estar con mi mujer. No solo le expulsarían del cargo, probablemente le fusilarían en tiempos de guerra. Hasta para pertenecer a un equipo de fútbol, al casino o al club de turno tenemos que cumplir un reglamente; si no, o nos marchamos a otro sitio  o nos ponen de patitas en la calle. Pues en la Iglesia, ni más ni menos.

Todavía mucho peor que Vd., a la hora de escandalizar, son esa minoría de  hombres y mujeres de la TV, la radio y la prensa: cuervos carroñeros, ávidos de basura que viven de la mierda. También ellos tienen un Dios: La noticia exclusiva. Por ella venderán a su mujer o a sus hijas, y no les importará el daño que puedan hacer a la gente sencilla. No hay más que ver a algunos programas. La libertad de prensa no es un cheque en blanco , donde todo se pueda decir, pero no todo se debe decir, y sobre todo, no se debe decir de forma sesgada y destructiva. En democracia no vale todo.

Hay demasiados “católicos” dispuestos a seguir a Cristo, pero poniéndole unas condiciones que se amolden a los  gustos y caprichos del tal católico. Cada uno quiere una Iglesia a su gusto. Con Cristo, con Dios, con su Iglesia  no se chalanea; se los acepta o se los rechaza íntegramente con todas sus consecuencias, pero no se chalanea.

D. José Mantero, por favor, no se llame católico. Sea Vd. otra cosa , lo que quiera, que nadie se lo va a impedir ni nadie se va a preocupar, pero no escandalice a las almas sencillas. Como sacerdote conoce el Evangelio:“ Hay de aquel que escandalizare, mejor sería que se atase una rueda de molino al cuello y se arrojare al mar”   V. ha presentado a la Iglesia hoy como los fariseos a la mujer adúltera ayer. Muchos: la TV, la prensa, la radio, gentes de la calle,  hemos cogido piedras, miramos a la Iglesia y babeando rugimos: “Esta debe morir” . Jesús callado escribe en la arena ¿Qué escribiría? Al rato alza los ojos y responde :”Quien esté libre de pecado tire la primera piedra” Empezando por los más viejos desaparecieron todos. Este pobre hombre, este pobre cura , cegado por sus pasiones ¿sabía lo que hacía? ¿Sabe lo que hace? Los fariseos, raza de víboras son una planta que florece en todas partes y en todas las épocas, siguen vivos y dispuestos a crucificar a Cristo en cualquier ocasión. Sin embargo,  no hay que preocuparse, esta generación pasará, pero  Cristo seguirá en el mundo, vivo,  hasta el final de los tiempos, y su Iglesia también.

Los tontos y los listos, los buenos y los malvados están repartidos por igual y en análoga proporción en todos los estratos sociales de todos las épocas: ministros, jueces, gays, ladrones, profesores, sacerdotes, periodistas , peones... El error está en pretender poner a los sacerdotes  en el altar como si fuesen ángeles, ¡ Y nó son ángeles! Son hombres con sus defectos y virtudes ; pero nos guste o no hay que reconocer que , en general, en el aspecto moral, están varios puntos por encima del resto de los mortales. El Señor prometió asistencia a su Iglesia hasta el final de los siglos, pero no garantizó la fidelidad ni la moralidad de sus fieles. Si este caso nos ayudase a no dar a algunas actitudes más importancia que la que tienen y, sobre todo, a no generalizar, algo se habría avanzado.  Cuanto alboroto por el escándalo de unos pocos y cuanto silencio por el heroísmo de tantos otros: misioneros , monjas de asilos y curas normales que cumplen callada y oscuramente con una labor impresionante. Sin embargo, muchos hombres y mujeres ,antes que ajustar una vida desordenada a la doctrina de Cristo,  preferirán seguir gritando : “¡ Crucifícale!  ¡ Crucifícale!