Aprendiendo hacer solidario

Autor: Alejo Fernández Pérez   

alejo_fp@terra.es

 

Sorprende, sobre todo en las fiestas navideñas, la cantidad de gente que está sinceramente dispuesta a echar una mano a los necesitados. Se piensa en Médicos Mundi, en los misioneros perdidos por las selvas, en esos médicos  y ATS de la Cruz Roja trabajando en las primeras líneas de guerras que nunca acaban,  en el heroísmo callado y continuo de la madre de Calcuta ante la miseria infinita de regiones de la India. A todos los mueve un espíritu de hermandad incom­prensible para muchas personas pero que a ellos les provocan  unas satisfacciones, una alegría intima y una paz en sus corazones que no cambiarían por nada de este mundo. 

Resulta que, para los que nos gustaría imitarlos, el espíritu sólo no es suficiente. Para hacer el bien con resultados eficaces, hay que estar bien formados, destacar en alguna profesión, y tener un gran respeto y amor por todos los hombres. No sirven los que hacen la guerra por su cuentan. Hay que estar inscrito en alguna Institución acreditada: Cruz Roja, Cáritas, etc. Pensar que para hacer llegar a su verdadero destino esas ingentes cantidades de dinero, ropas, alimentos y medicinas hay que estar tan bien organizados y funcionar con el mismo rigor que una multinacional o la mitad de los donativos se irán al garete. Tampoco hay que desanimarse. Los que quieran servir siempre tendrán un ancho campo abierto a sus inquietudes, quizá de distinta naturaleza a los anteriormente citados, pero no menos importantes, ni se precisará menos heroísmo para llevarlos a cabo. No hace falta salir de nuestros hogares, de nuestro entorno de trabajo o de amistades para encontrar una multitud de casos donde nuestra acción pueda llevar la felicidad a mucha gente o simplemente a una.

Que los hijos o el marido echen una mano a esa madre agobiada de trabajo y cuidando a niños pequeños es algo que está al alcance de la mano. En ocasiones llevar al pequeño al colegio puede constituir un problema. Arrimemos el hombro y si es posible sin que se den cuenta.

Hoy día cuando los ruidos se han convertido en una lacra social, poner la radio o la TV más baja o quitarla a ciertas horas puede convertirse en una buena obra de solidaridad.

Soportar con calma los defectos de nuestros familiares y amigos, no dar origen a inú­tiles discusiones ni echar más leña al fuego cuando loa ánimos estén encrespados puede ser una gran obra de caridad. Mantener la paz y la armonía entre nosotros no es tema menor.

Solidaridad es no robar el tiempo de los demás faltando a la puntualidad y a los com­promisos, haciendo en un día las gestiones que se pueden hacer en un día,  y no en un mes. No paralizar obras y trabajos por comodidad, desidia  o ineptitud de aquellos a quienes pagamos. Y hacerlo con la sonrisa en los labios y esa palabra amable que nada cuesta y que tan grata hace la vida.

No sirve para esto quien no procura hacer sus trabajos profesionales con la mayor perfección posible. No es suficiente cumplir, hay que hacer cumplir. Eliminar chapuceros  - están en todas partes- es una de las tareas más serias a las que se enfrenta España en el mercado europeo. Un sólo chapucero puede arruinar a una familia, a una empresa e incluso a una región. La caridad no consiste sólo en remediar  necesidades, importa mucho más evitar que se produzcan.

Bueno es exigir el 0,7% prometido por el Estado, Juntas y Ayuntamientos  para el tercer mundo. Seríamos más creíbles si al mismo tiempo aportásemos parte de nuestra propia paga (Por término medio se considera aceptable un 3%) para entregar a la Iglesia, a Caritas, a la Cruz Roja o cualquier otra ONGs de nuestra confianza con el mismo fin. El tercer mundo también esta dentro de nuestras fronteras.

En nuestra Sociedad de Bienestar Social donde el Estado ha eliminado prácticamente el hambre, el analfabetismo, donde muy pocos están sin casas, donde el seguro de desempleo ha evitado una catástrofe social, donde las Residencias y los Ambulatorios médicos cubre a casi toda la sociedad, donde los ancianos están recogidos en espléndidas residencias podemos hacer, sin tener que marcharnos a África, una gran obra de caridad y solidaridad:  Pagar  nuestros justos impuestos.

Una de las mejores obras de solidaridad, si no la mejor, es la creación de puestos de trabajo. Crear un sólo empleo es un donativo mejor que dar 20 millones de Ptas. cada año, sólo que los de los millones saldría en los periódicos y el empleo no.

Cualquiera persona puede añadir, a partir de su propia experiencia, docenas de situa­ciones o casos conflictivos análogos. Y, todos podemos hacer algo para que en nuestros hogares (cada uno de los cuales es un mundo) reine una mayor paz y alegría. Es loable dar de comer al hambriento o vestir al desnudo; pero es mas meritorio evitar que estos surjan. Es loable preocuparse del necesitado que vive a miles de km sin que por él olvidemos al que tenemos al lado. Todas estas pequeñas (?) acciones, a la hora de la verdad, requieren un continuo heroísmo diario del que pocos son capaces. Pero están ahí desafiándonos.

No hay nada nuevo que inventar y nada ha superado a las palabras de Cristo  que se escucharon hace dos mil años:  “Un nuevo mandamiento os doy, que os améis unos a los otros como yo os he amado”  “ Yo os pido más: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y orad por los que os persiguen” Es verdad que ese “mandamiento nuevo” pocos hombres se han preocupado de practicarlo y ,la mayor parte, hemos preferido no enterarnos. La justicia sola es fría. Pero notamos, que solo cuando el amor impregna nuestras acciones estamos en el ver­dadero camino de la justicia, del respeto y de la consideración a toda persona. Ese amor siguen entregándolo  hombres y mujeres de buena voluntad, de todos los tiempos y países. Que los hay, y much os.