Amor de Dios, amor de Padre

Autor: Alejo Fernández Pérez   

alejo_fp@terra.es

 

¡Que trabajo nos cuesta entender el amor de Dios y las razones de  sus mandatos! Eso de casarse uno con una y para siempre, asustó incluso a los apóstoles. Perdonar hasta setenta veces siete, sobresaltó a Pedro. Tras golpearnos en una mejilla, se nos pide que pongamos  la otra. Amarás al prójimo como a ti mismo, aunque sea tu enemigo. Amarás a Dios por encima de todo y de todos ¿ Y cómo si no lo veo?. En el cielo los buenos mahometanos serán premiados con huríes, mientras que los cristianos habrán de contentarse con la sola presencia del Señor.  Y así uno, y otro, y muchos más casos parecidos que nos dejan perplejos.

Puesto que el Señor nos ha creado a su imagen y semejanza, se supone que deberían ser semejantes nuestros deseos y sentimientos a los suyos; lo que facilitaría la comprensión de algunos misterios.  Efectivamente, sin salir de nuestro entorno, vemos que:

Cuando pequeños, nuestro mayor placer es estar junto a nuestra madre; si caemos enfermos, nuestra madre no se nos separa. La muerte del hijito es la mayor de las desgracias, un verdadero infierno. Cuando somos jóvenes ninguna felicidad es comparable con la presencia de la novia o del novio, daríamos la vida por ella o él. En el matrimonio no existe mayor desgracia que la muerte de uno de los cónyuges. En ocasiones se llega al suicidio cuando uno de la pareja muere o se aleja. En definitiva: estar junto a la persona amada es lo que realmente nos hace “sentirnos en la gloria”.

En la miseria, cualquier madre se quita la comida de su boca para dársela a su hijo, a quien “ama más que a su propia vida”. Se priva de vestidos, de zapatos de diversiones para que sus hijos puedan tenerlos. Cuando el niño se convierte en joven puede convertirse en ladrón o criminal, puede despreciar a sus padres, pero los padres siempre estarán dispuestos a perdonarle y acogerle.

Cualquier magnate o gran señor tiene en mente dejar la herencia a sus hijos, pero les pone condiciones: no se la dejará si se ven odiados, desobedecidos o maltratados por ellos. Quieren, exigen ser amados y respetados. Del mismo modo, el Dios de Abraham, nuestro Dios, para que podamos heredar su Reino, nos pone una primera y más importante condición: Hay que amarle por encima del fútbol, del juego, del trabajo, de la familia , de las riquezas, de los placeres terrenos,... ¡ por encima de todo! Pues todo lo que tenemos a El se lo debemos y el premio que nos dará, su Reino,  no tendrá parangón con ningún otro.

Por amor al Padre hemos de amar a nuestros hermanos, tanto como nos amamos a nosotros. Este amor es más corriente de lo que parece. Sin pensarlo exponemos nuestra vida gratuitamente, y a veces, se pierde por salvar a un niño que se ahoga, a un anciano de un incendio o a cualquier desconocido en peligro. No es de extrañar que Cristo haya dado la vida por sus hermanos pequeños para librarnos del fuego eterno del infierno.

Perdonar siempre, amar a los enemigos, orar por quienes nos insultan o persiguen…¡Qué duro y contranatura resultan estos consejos! Sin embargo, por seguirlos, todos los profetas han sido insultados, perseguidos, acusados y casi todos asesinados. El mismo Hijo de Dios, que vino a darnos la vida, fue crucificado; pero la muerte lo rechazó como lo habían rechazado los jerifaltes judíos. Y Jesús resucitó para mostrar el costado, donde la lanza romana dejó al descubierto para siempre el Corazón que ama a los que le odian. Por corresponder a ese amor, los cristianos han sembrado de mártires todas las épocas.

Siguiendo nuestras tendencias “naturales” de darle a la carne lo que pide la carne, no parece que hayamos encontrado la paz ni la felicidad. Entonces, ¿ No se hallará esta felicidad y paz en hacer lo contrario de lo que hacemos? Pues la humildad conlleva más ventajas que la soberbia, perdonar contribuye a la paz mucho más que la venganza, la riqueza esconde una esclavitud que ahoga la aparente libertad que nos da…

Tras muchas vueltas terminamos descubriendo que en los Evangelios, en la aparente dureza de la palabra de Dios, se esconde el inmenso amor del Señor por los hombres. Cada vez que los hombres se han alejado del Evangelio, solo han encontrado desolación y muerte. En él  reside el único camino, la única verdad y la única vida que merece la pena vivirse. Sin embargo, nunca podremos  entender, que el amor de Jesús por nosotros halla llegado al extremo de ofrecerse a la cruz por salvarnos. Pero esa cruz es la misma cruz  que muchos padres llevan voluntariamente , a veces hasta la muerte, por salvar a sus hijos de la droga, de la enfermedad, de la miseria, de la falta de trabajo, de la muerte.  Y al Señor no le preocupa que le entendamos o no; sólo nos pide, sólo desea, por encima de todo y como cualquier otro padre, que le busquemos y le amemos.