¿ Confesión sin cura?

Autor: Alejo Fernández Pérez   

alejo_fp@terra.es

 

 

Esta época de "relativismo moral" ha impregnado también a bastantes católicos sinceros hasta el punto que algunos se preguntan: ¿Por qué he confesar mis pecados ante un hombre, aunque este sea un cura?

En este escrito intentaremos contestar a este pregunta, dando por supuesto que el católico conoce suficientemente la doctrina del sacramento de la confesión. Que ya es suponer.

A través de Internet las personas exigen respuestas. Y respuestas que se deben dar, si no queremos defraudar al personal. Las razones han de ser bíblicas, dando por supuesto que quien pregunta es católico, así que:

En Mt 16, 18-19 Leemos:  "Yo (Cristo) te digo a ti que tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares en la tierra será atado en el cielo y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos"

Este texto es de suma importancia dogmática, puesto que en el se basa la superioridad jerárquica de San Pedro. Pedro es, pues, el llavero del reino de los cielos, el encargado de abrir y cerrar las puertas del Reino. Los verbos atar y desatar son dos metáforas clásicas de los rabinos y equivalen a prohibir y permitir. Pedro tiene la potestad de legislar y de interpretar la misma ley divina. Cristo le ha situado como árbitro supremo y definitivo. Y Pedro es el Papa de cada momento. Cuando Pedro aceptó que la mejor forma de confesarse, hoy y en las circunstancias actuales, es la vigente, se acabó toda discusión.

Si un católico está en guerra nunca discutirá, y mucho menos desobedecerá, las órdenes de sus superiores; podría incluso ser fusilado. Si trabaja en una empresa cualquiera obedecerá a sus jefes; tanto si tienen, como si no tienen razón; pretender dar lecciones al jefe le puede costar el puesto y con él la alimentación de su familia. Parece ser que la única institución donde uno puede "ser más papista que el Papa" es en nuestra Iglesia, y aquí no nos jugamos la vida o el puesto de trabajo, nos jugamos la eternidad. Además, no hay empresa humana que pueda subsistir si en ella no reina la obediencia a sus autoridades y a las normas instituidas.

Para obedecer a la Iglesia me basta y me sobra con la autoridad concedida a Pedro por Jesús. La práctica totalidad de doctrina católica están resumida en el Catecismo de la Iglesia Católica. Más de dos mil obispos, teólogos, sacerdotes,…estuvieron durante seis años redactándolo. Es de suponer que algo sabrían respecto al llamado sacramento de la reconciliación o penitencia. Allí entre los puntos 1425 y 1492 están recogidas las reglas actuales para la Confesión, que una vez firmadas por el Papa terminan con toda discusión. En esos puntos , resumiendo, leemos:

"Sólo Dios perdona los pecados", pues " El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra (Mc 2,10). Sin embargo, confió este poder a Pedro, a los apóstoles y a quienes autorice Pedro. El apóstol es enviado en nombre de Cristo y es Dios mismos quien, a través de él, exhorta y suplica: "Dejaos reconciliar con Dios" . "Consta que también el Colegio de los apóstoles, unido a su cabeza, recibió la orden de atar y desatar dada a Pedro ( (Mt 18,18; 28, 16-20). Recordemos la oración "Yo pecador me confieso a Dios Padre todopoderoso…" Juan Pablo II nos recuerda que: "Hay que decir con firmeza y convicción que el sacramento de la Penitencia es la vía ordinaria para alcanzar el perdón y la remisión de los pecados graves cometidos después del Bautismo. Hay que celebrar el Sacramento del mejor modo posible, en las formas litúrgicamente previstas, para que conserve su plena fisonomía de celebración de la divina Misericordia.

A lo largo de los siglos, la forma concreta de confesarse ha variado mucho; sin embargo , su estructura fundamental sigue invariable: contrición, confesión y satisfacción o penitencia. Durante los primeros siglos, para la reconciliación de los cristianos que habían cometido graves pecados – idolatría, homicidio, adulterio,…- debían hacer penitencia pública y muy dura de sus pecados, a veces, durante muchos años. Durante el siglo VII los misioneros irlandeses, inspirados en la tradición monástica de Oriente, trajeron a la Europa continental la práctica privada de la confesión, realizándose de forma secreta entre el penitente y el sacerdote que, además, permitía integrar en una sola celebración el perdón de los pecados graves y veniales En líneas generales esta es la forma de penitencia que la Iglesia practica hasta nuestros días.

La Iglesia aprueba las confesiones comunitarias, pero establece claramente que deben conducir a cada fiel a la confesión individual. Aún recibiendo la absolución general en un campo de batalla, el fiel debe acudir a un sacerdote en cuanto el peligro cese.

Es hermoso poder confesar nuestros pecados, sentir como un bálsamo la palabra del sacerdote que nos inunda de misericordia y nos vuelve a poner en el camino. Sólo quien ha sentido la ternura del abrazo del Padre, como lo describe el Evangelio en la parábola del hijo pródigo —« se echó a su cuello y le besó efusivamente » (Lc 15, 20)— puede transmitir a los demás el mismo calor, cuando de destinatario del perdón pasa a ser su ministro. Es corriente reconocer en el perdón de los pecados una terapia psíquica de primer orden

Por supuesto, si mañana el Papa estima que la forma de confesarse debe ser sustituida por otro procedimiento más acorde con los tiempos, pues se obedece y en paz, ya que no se trata de un dogma. Lo que si es dogma es su facultad de legislar.