Ayunar ¿Para qué?

Autor: Alejo Fernández Pérez   

alejo_fp@terra.es

 

 

Especialmente en  tiempos de Cuaresma es corriente oír: “Esto del ayuno y de la abstinencia es una tontería. Hacer una sóla comida dos viernes  o no comer carne siete viernes durante la Cuaresma no parece tener mucho sentido.”

Sobre todo, cuando la carne se puede sustituir por pescados, mariscos, dulces, frutos y otro montón de alimentos tan agradables o más que la carne. Además ¿ En qué benefician a los necesitados estos sacrificios? Efectivamente, más que un sacrificio esto parece una broma. Sin embargo, en realidad, este es el “límite mínimo de sacrificio” que hoy nos pone la Iglesia. El máximo no tiene más límites que el que ponga nuestro amor a Dios y al prójimo.

El ayuno consiste en hacer una sola comida fuerte al día. La abstinencia consiste en no comer carne. Son días de abstinencia y ayuno durante la Cuaresma  el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. La abstinencia obliga a partir de los catorce años y el ayuno de los dieciocho hasta los cincuenta y nueve años de edad. El ayuno y la abstinencia se pueden cambiar por otro sacrificio, dependiendo de lo que dicten las Conferencias Episcopales de cada país, pues ellas son las que tienen autoridad para determinar las diversas formas de penitencia cristiana.

 Recordemos que en  ningún género de actividad hay victoria sin esfuerzos, sin entrenamiento, sin orden y sin disciplinas. Esto no se consigue sin duros sacrificios y el ayuno no es mas que  uno de ellos.  Quien no se domina a si mismo no dominará a los demás, y el ambiente le vencerá en cuanto halague sus gustos personales. Para un cristiano no hay negocio más importante que la de su salvación y la de sus hermanos. ¿ Y pretendemos triunfar en una empresa eterna sin luchar?

Se sacrifican y entrenan muy duramente los soldados que van a la guerra, los estudiantes que preparan oposiciones; los deportistas o artistas que se privan de comidas y de diversiones para triunfar,... Cualquier empresario, grande o chico, hasta asentar su negocio, las ha pasado “canutas”.

Esclarecedor es el comportamiento de las madres para criar y educar a sus hijos. Madres heroicas que viven negándose a todas horas, recortando con alegría sus propios gustos y aficiones para alfombrar de felicidad los días de sus hijos. Ni siquiera consideran esta vida una vida de sacrificio, es una vida de amor. Quizá en  la palabra amor resida el por qué y el para qué de los sacrificios. Para las madres, como para los cristianos,  el sacrificio es un acto de amor, y como amor debe ir acompañado de alegría, de entrega y de acciones que lo avalen. No creo en la validez de sacrificios con caras largas, con gestos hoscos, con palabras rudas o con espíritu ramplón o amargado.

 ¿ Y cómo deberían ser estos sacrificios?

El  viernes, 3 marzo 2006 (ZENIT.org-Aica)., El arzobispo de Mendoza, monseñor José María Arancibia, ha aclarado que «una de las deformaciones más peligrosas de la religión es el moralismo», porque reduce la fe a «portarse bien» y a «cumplir» determinadas normas. «Todo resulta muy correcto y formal», explicó. ….«la conversión es precisamente uno de los valores centrales del tiempo cuaresmal»…No se trata de un mero cambio de conductas. Es algo mucho más hondo y decisivo»

El Catecismo de la Iglesia Católica en los puntos 1969 ss dice: La ley Evangélica está resumida en la regla de oro: “ Todo cuanto queráis que os hagan los hombres , hacédselo también vosotros a ellos” Esta Ley está contenida en el “Mandamiento Nuevo de Jesús”: “ Amaros los unos a los otros, como yo  os he amado”. Estas leyes son el fundamento y la justificación de cualquiera de nuestros sacrificios.  Por amor se entrega la madre a sus hijos, por amor a la familia trabajamos duramente, por amor a nuestros hermanos se trabaja en las ONGs gratuitamente, por amor a nuestra propia dignidad, nos esforzamos por sobresalir en la guerra, los negocios, las artes,…y nos esforzamos hasta límites insospechados. Y nada de esto se consigue sin una dura preparación, sin  entrenamiento y sin sacrificios.

San Pablo nos enseña: …”Si repartiese toda mi hacienda y entregare mi cuerpo al fuego, no teniendo caridad, nada me aprovecha “(1 Cor 13, 3)” O sea, por muchos que sean nuestros sacrificios, carecen de valor si no lo hacemos por amor a Dios y por Dios al prójimo

¿Sabéis qué ayuno quiero yo?, dice el Señor Yavé: Romper las ataduras de iniquidad, deshacer los haces opresores, dejar libres a los oprimidos, y quebrantar todo yugo; partir tu pan con el hambriento, albergar al pobre con abrigo, vestir al desnudo y no volver tu rostro ante tu hermano…(Isaías 58, 6-7)

El Salmo 50, 18-19 remacha: “El sacrificio grato a Dios es un corazón contrito. Tu ¡Oh Dios! No desdeñas un corazón contrito y humillado”

En 1920, Jacinta , la vidente de Fátima declaraba: “El sacrificio que exige el Señor de cada uno es el cumplimiento del propio deber  y la observancia de mi Ley (Los Diez Mandamientos). Posteriormente,  San Jose María Escrivá de Balaguer proponía el trabajo bien hecho como medio de santificación personal. Añadía: Cuidar las cosas pequeñas supone terminar bien nuestros trabajos, sonriendo incluso a los cargantes,  lo que se traduce en  una mortificación constante, único camino para hacer más agradable la vida a quienes nos rodean.

En el Antiguo Testamento los sacrificios consistían en comer, no en no comer, pero pagando por la  víctima. En el Levítico 19, 5-6 leemos: “Cuando ofrezcáis a Yavé un sacrificio – generalmente un toro, cordero,…- ofrecedlo de manera que sea aceptable. La víctima será comida el día de su inmolación ; lo que quedare para el día tercero será quemado por el fuego”.

Resumimos a  Mt 25,31-40 …”Entonces dirá el Rey a los que estaban su derecha:…venid a tomad posesión del Reino preparado para vosotros… Porque tuve hambre y me distéis de comer, ; tuve sed, y me disteis de beber; peregriné y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis;  enfermo y me visitasteis…Le responderán los justos ¿ Y cuándo hicimos eso? . El Señor contestó. “ Cuándo lo hicisteis a uno de vuestros hermanos, a Mí me lo hicisteis” Es decir, no irán al cielo por haber ayunado sino por haber ayudado a los necesitados, y esta ayuda dependerá en buena parte de nuestras oraciones y sacrificios, uno de los cuales es el ayuno, por cierto bien pequeñito.

Que el sacrificio consista en ayunar, en no comer carne, en no fumar o en cualquier otro “no”, personalmente creo que es secundario. Cualquier persona formada puede añadir otros sacrificios más acorde con sus preferencias. La Iglesia ha elegido el ayuno y abstinencia en Cuaresma como podía haber elegido otros cualesquiera, pero cada vez más, insiste en los actos positivos tales como: dar limosnas, visitar a los enfermos, la oración, la comunión frecuente, ayudar a los inmigrantes, a los ancianos, trabajar en ONGs católicas, etc. Ahora bien, la obligación de todo “católico de verdad” es obedecer sin críticas ni discusiones lo que mande la Iglesia, tanto si nos gusta como si no. ¡Y esto si que es un buen sacrificio!

Sin embargo, el sacrificio es una estupidez y no tiene sentido cuando se hace por  vanidad, por llamar la atención o para demostrar que uno es todavía más tonto que el de al lado. Eso no es sacrificio, es pura memez.

El sacrificio está presente, y es estimado en todas las religiones como un arma poderosa de autodominio, para controlar las pasiones y para ser felices en este mundo. ¡Hay que ver el sacrificio que hacen algunos y algunas  para conseguir un  buen tipo, para ganar una medalla en cualquier deporte o por simple vanidad!  Por contra, sorprende ver el aspecto natural de alegría y felicidad que presentan los religiosos y religiosas de clausura cuando salen en la tele. El mismo Cristo se cansó, pasó hambre, pasó sed, lloró, y coronó su misión en la tierra recibiendo bofetadas y siendo clavado en una cruz; pero tras la cruz, alcanzó la resurrección y la gloria. Jesús hizo algo más que ayunar o hacer una comida al día. Sus cuarenta días de ayuno, antes de empezar su misión, fueron la preparación corporal y espiritual antes de iniciar el combate contra las fuerzas del mal.

Nuestros ayunos o sacrificios; cuando se hacen con amor, sin cicatería y sin mezquindad, nunca serán una pesada carga. A los más débiles Jesús nos anima: “ Venid a mi todos los que estáis fatigados y cargados, que Yo os aliviaré….pues mi yugo es blando y mi carga ligera” El camino de Dios es un camino de alegría, aunque esté sembrado con gotas de renuncias, de mortificaciones y de entrega; pero nunca es de tristeza o apocamiento. Es demasiado lo que nos promete el Señor por tan poco como nos pide. Y encima nos quejamos. ¡Porca miseria!