Ancianos con señorio

Autor: Alejo Fernández Pérez   

alejo_fp@terra.es   

 

Son hombres y mujeres llenos de gravedad y mesura en el  porte y en la conducta. Conscientes de su situación de jubilados o retirados del trabajo, no se resignan al mas noble de los señoríos: entregarse voluntariamente a ser útiles a los demás.

Quieren ser útiles hasta el final de sus días. Defenderse por sí mismos en la vida, y cuando por edad o enfermedad no tienen más remedio que depender de otros, incluso para las más elementales necesidad, se les nota unas lágrimas que quieren pasar ocultas o una desazón íntima que acongoja ante el orgullo herido en los más íntimo de su ser.

Hasta hace no mucho tiempo, las personas se consideraban ancianas  alrededor de los 40 o 50 años. Una simple enfermedad  y en pocos días fallecía por… “una cosa mala”. En la actualidad , debido a los avances médicos, la vida se prolonga como nunca: Jubilación a los 65 años, buena vida 10 o 15 años más y deterioro física y/o mental a partir de los 80  años aproximadamente.

La ancianidad  tiene una cara y una cruz. La cara está presente mientras tenemos una aceptable calidad de vida, seguimos con nuestros aficiones y deportes, nos reunimos con los amigos para tomar café o una copita y colaboramos con los trabajos caseros. Nos valemos por nosotros mismos y no molestamos a nadie y podemos poner nuestra experiencia al servicio de los demás.

La cruz termina apareciendo. Hace algunos años escribía: “Hace pocas décadas un anciano enfermo apenas si duraba más de un año, hoy se prolonga hasta los 90 con facilidad; ni el príncipe Felipe llega a Rey, ni los hijos o nietos heredan, ni corre el escalafón, ni se renueva la empresa, ni…  No es raro que al final de sus vidas vivan como un vegetal, sin ver, oír, ni sentir. Los hijos y los creyentes aguantan lo que sea necesario sin rechistar y sin quejarse. Las hijas son las verdaderas heroínas en estos trances. En esta guerra merecerían la Laureada de San Fernando. Siempre al  lado del enfermo, aguantando las enervantes repeticiones de palabras y hechos que exasperan, sufriendo las manías de la edad, las toses sin fin, atentas a las quejas, ruegos o impertinencias y siempre sonrientes, cariñosas y amables. Verdaderos ángeles bajados del cielo. Algunos ancianos muestran el  envidiable espíritu indómito de quien quiere seguir siendo útil como en su juventud; otros se van apagando lentamente como pidiendo perdón con su mirada por las molestias.”

¡Jamás deberían molestar quienes han amado y servido! Sin embargo, algunos al final de sus vidas , se ven abandonados y solos por los seres que amaron y ayudaron a vivir, muchas veces por circunstancias de la vida. Terrible enfermedad la soledad,  y más en estos tiempos de abortos y carencia de hijos. Quizá merezca la pena hablar un poco más de ella.

La medicina hace que  la vida se prolongue para los ancianos o enfermos, pero, reconozcámoslo,  a costa de recortársela a los sanos.  ¿Cuántos matrimonios se han deshecho por estos motivos? Los nervios pueden hacernos malas jugadas si pretendemos irnos de vacaciones, de caza, de pesca o … ¿Cuántas broncas y peleas  han sido las causas de roturas familiares? ¿Cuántos puestos de trabajo han sido perdidos(?) por atender a los ancianos?

En la actualidad, hablar de Dios no es “socialmente correcto”, y nos obliga a luchar contra el deseo obsesivo e inútil de los que quieren aniquilarle. Pero Cristo está aquí y vivo, guste o no. Sus mandatos continúan vigentes, y  una gran mayoría sigue a su lado, pues saben que, en cuanto se le abandona, empiezan a surgir tragedias. Las personas religiosas: enfermas o familiares, tienen una gran ventaja: viven y mueren con la esperanza de una vida eterna;  creen que  el anciano, cualquiera que éste sea es ,nada menos, que  hijo de Dios. En tener fe nos va la vida eterna, ¿ Y para los no creyentes?  A esta pregunta deberán contestar ellos, pero Cristo también murió por ellos

La Biblia, ese libro sabio, está llena de referencias a la ancianidad. El apóstol Pablo, haciéndose eco del Salmista, escribe en la carta a Tito: "que los ancianos sean sobrios, dignos, sensatos, sanos en la fe, en la caridad, en la paciencia, en el sufrimiento; que las ancianas asimismo sean en su porte cual conviene a los santos [...] Aunque es verdad que a nivel físico tienen generalmente necesidad de ayuda, también es verdad que, en su avanzada edad, pueden ayudar a los jóvenes en sus dificultades.

Al final de la vida preferiremos no presentar ante Dios nuestros momentos de gloria o felicidad. El Señor valora  ante todo el amor puesto en los sacrificios, y las renuncias y trabajos con que han se han solventado los problemas humanos. Los que pasan por la vida – que son muchos- ayudando a sus semejantes, dando consejos, trabajo y repartiendo amor no miran a la muerte con aprensión. En sus caras y en sus gestos se refleja  el señorío de quien ha sabido servir,   y en estas ocasiones, el cuerpo y el corazón de los hombres y mujeres ancianos se engallan, y miran sonrientes,  orgullosos y esperanzados el principio del camino que lleva a la eternidad.

A pesar de las miserias inevitables a la condición humana, las personas buenas, las que cumplieron con su deber para con Dios y los hombres, recibirán la muerte, que llegará inexorable, con la esperanza de resucitar con Cristo, como resucitó el “buen ladrón” . En el último minuto, le  fue suficiente dirigir la mirada a Jesús, reconocer sus culpas y pedir perdón para escuchar las palabras de Cristo: “ Hoy estarás conmigo en el paraíso” Y una sensación de eternidad reconfortará las almas de las gentes buenas y humildes. Pero no olvidemos que en la hora final hay que tener cerca a Cristo, como poco, en la forma de un sacerdote.

Mérida (España), 8 de mayo de 2008