Ateos contra la Iglesia III
Autor: Alejo Fernández Pérez
Una de las cosas que más llama la atención de los gobiernos ateos, tales como el marxismo y nazismo es el modo frío y sistemático como han asesinado a millones de personas, encerrando en campos de concentración a otros muchos otros millones y privado de la libertad no solo política, sino también personal, a pueblos enteros, con la pretensión de vivir en el futuro en un paraíso nunca alcanzado.
Para el cristiano esto es una monstruosidad, para el materialista los conceptos de dignidad y libertad son ajenos a él. Por lo tanto, juzgar los actos del comunismo o del nazismo según la moralidad tradicional, consciente o inconscientemente religiosa, carece de sentido.
El ateo ha llegado a la conclusión de que la humanidad ha vivido encadenada a la religión y le parece justa contraer la responsabilidad moral de librarla de tan decisivos males. De hecho, y no por casualidad, el método del exterminio y el terror fue ampliamente aplicado, en nombre de la razón, por los elementos más antirreligiosos de la Revolución francesa, y puede considerarse una tradición bien asentada en los regímenes ateos.
Ese principio de aspecto científico se convierte, con unas u otras variantes, en el criterio de la nueva moral. Es bueno lo que favorece “materialmente” al hombre y malo lo que se le opone; y ninguna noción supersticiosa de la vieja moralina debe impedir la erradicación drástica del mal: adoptar contra él métodos más suaves o más brutales será, en todo caso, cuestión de conveniencia o táctica. Por otra parte, supone que el hombre poseído por la ciencia se libera también de cualquier temor supersticioso al castigo de un juez divino o similar. Olvidan que las cadenas de la Iglesia no son un castigo sino que, como las señales del código de circulación, nos indican el seguro camino para transitar. Cada vez que se ha pretendido romper esas cadenas , han sido para sustituirlas por otras con trágicos resultados.
No se ve como podría edificarse una nueva moral, sin tener, antes, una concepción del hombre; concepción que hoy por hoy, sólo la religión nos propone. Sin Dios, la nueva ética apenas si tiene base sobre la que asentar un juicio, no puede enunciar principios, sino solo emitir recomendaciones. Si todo depende de las conciencias individuales y de la idea que cada uno tenga de la condición humana, puede ser tranquilizador para el futuro de la investigación , pero bastante menos para el nuestro.
Al católico, su moral le exige: Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a si mismo; amar incluso a los enemigos; perdonar hasta setenta veces siete y perdonar de todo corazón; vestir al desnudo, dar de comer al hambriento y de beber al sediento, aunque estos sean una rémora y un freno para la sociedad. Afirma que los ricos, los triunfadores, serán más difícil que entren en el reino de los cielos que un camello por el hondón de una aguja. Así, No resulta extraño el odio de los ateos a los cristianos. Podemos afirmar que el cristianismo es la ley, más allá de la cual no hay más que excepciones y peligros
Sin embargo, algo parece no encajar en el ateismo. ¿Por qué si no creen en Dios están siempre hablando de Él? ¿Por qué cuando se les acerca la muerte se convierten tantos? A quienes no creen en la realidad de Don Quijote de la Mancha, les importa un bledo lo que otros piensen sobre él. Hoy, nadie se molesta, discute, odia o ama a Alejandro Magno, a Santo Tomás de Aquino, a Lutero, a Estalin o a Churchill. Todos ellos están muertos; pero Cristo está vivo, y estará con su Iglesia hasta la consumación de los siglos.
Esta certidumbre, este sentimiento podría justificar, en parte, la animosidad contra el cristianismo; pero, además, el católico conoce por revelación la eterna lucha entre Satanás y Yahvé. En último término, para el creyente, en el diablo reside la verdadera razón de la enemiga contra la Iglesia Católica. El mueve como a marionetas a filósofos, escritores, políticos , sectarios,…a quienes coloca en orden de batalla contra la Cruz.
Al llegar a este punto, es segura la sonrisa de suficiencia de los que no creen en satanás; pero, si son verdaderos científicos, nunca podrán prescindir, por lo menos, de la duda. Se dice que una de las grandes batallas ganadas por Satanás es haber hecho creer a muchos que no existe. Así puede actuar con mayor eficacia. Pero Dios existe, y , si no existiera, los ateos tendrían que inventarlo para poder subsistir.