¿Ayudar a la Iglesia?

Autor: Alejo Fernández Pérez   

alejo_fp@terra.es

 

 

En un pueblo de Extremadura, Almendralejo, había un párroco muy popular. En cierta ocasión las dificultades económicas le desbordaban. Ni corto ni perezoso, durante la misa mayor, se enfrentó a sus parroquianos:

 

“Amigos míos, todos Vds. saben que nos vemos obligados a ejecutar reparaciones de envergadura en nuestro templo. Tenemos los planos aprobados, tenemos al arquitecto y tenemos al constructor. Además, tenemos el dinero”. El párroco hace una larga pausa en su discurso, mientras los feligreses muestran cara de asombro. “Si amigos, continúa, tenemos el dinero. Todo el que precisamos,…De momento, lo tienen Vds. en sus bolsillos, pero cuando el Señor les pida una pequeña cantidad del que les ha dado, El Señor está seguro de su generosidad y confía que nadie le defraudará”

 

Y nadie defraudó al párroco ni al Señor. Y Pocas veces, un pueblo se sintió tan feliz.

 

Ahora es la Iglesia de España la que se enfrenta a dificultades, y ahora son nuestros obispos los que se dirigen a nosotros. “Tenemos el dinero para hacer frente a las dificultades que se avecinan. Si amigos, tenemos el dinero. Todo el que precisamos,…pero de momento lo tienen Vds. en sus bolsillos…” Y este pueblo, el pueblo de María Santísima responderá como respondió Almendralejo.

 

Sucede que desde que la Iglesia esta regida y formada por hombres y mujeres, desde que necesita templos y todo tipo de materiales para cumplir su misión, esos hombres y mujeres precisan de dinero  para vivir y trabajar, como lo precisa cualquier otra persona. Nuestros curas viven con pobreza, pero nosotros no podemos tolerar que vivan miserablemente. El sacerdote debe vivir, como poco,  con la misma dignidad que vive la  población de su entorno.

 

Tampoco podemos tolerar que los templos y ornamentos no sean dignos de Cristo. Por supuesto, somos los católicos, los primeros que hemos de contribuir a las necesidades de nuestras Iglesias.  Por otra parte, la Iglesia ahorra al Estado una enorme cantidad de euros en escuelas, hospitales, ayuda a los enfermos, a los  pobres, a los ancianos, a los sin techos y a la conservación de un tesoro cultural de los más importantes del mundo. Por todo ello el Estado tiene la obligación de ayudar a la Iglesia católica proporcionalmente a como ayuda a cualquier ONG, ninguna comparable, ni de lejos,  a la Iglesia.

 

Acostumbrados, desde hace tiempo, a depender en buena parte de los presupuestos del Estado, ha llegado el momento de independizarnos totalmente, de poder vivir en auténtica libertad, sin ataduras ni amenazas económicas de nadie. Esa dependencia ha costado muy cara a la Iglesia, igual que paga caro en prestigio cada vez que aumentan con exceso las riquezas de sus sacerdotes y religiosos. La Iglesia de Cristo o vive pobre y para los pobres o no vive. Repetimos: Pobre, pero no con miseria. También debe disponer de dinero suficiente para atender a los pobres y necesitados de medio mundo.

 

A partir de ahora, nuestra Iglesia no tendrá más dinero que el  que aporten sus fieles. La pregunta es ¿ Con cuánto debemos contribuir?  Pregunta que hemos de respondernos cada uno sin más que considerar: nuestro sueldo mensual, los hijos que tenemos; lo que gastamos en fútbol, copitas y aperitivos, fiestas, regalos a familiares y amigos, vacaciones, restaurantes,…Sentémonos, cojamos el boli y sumemos. Cuando hay amor, todo será poco; cuando no lo hay, todo será mucho. Como orientación podríamos indicar un mínimo del 3%  del sueldo neto, que convendría pagar mensualmente, como a todos nos gusta cobrar. El máximo no tiene mas límites que nuestro amor a Dios.  Sin olvidar que el control económico de las parroquias está, hace tiempo, en manos de los fieles.

 

Esta nueva situación contribuirá también a clarificar la postura de muchas personas que se autoconsideran católicas. Un católico no es más que el que cumple los Diez Mandamientos, obedece – en lo concerniente a la Religión-  al Papa y a los Obispos con alegría, sin contemplaciones, murmuraciones ni discusiones; colabora con la Iglesia, la ayuda  y está aceptablemente formado en la doctrina. Por supuesto,  “obedece a Dios antes que a los hombres”

 

Quien desee una religión a su gusto, deberá elegir entre las más de treinta mil religiones y sectas que pululan por ahí, y será lo que él quiera, pero no será ni debe ser admitido en la Iglesia Católica. Algunos  incluso deberían ser expulsados, excomulgados,  por sus repetidas, públicas y gravísimas ofensas, burlas y blasfemias a Dios y a la Iglesia. Los falsos católicos, tanto religiosos como laicos, están haciendo mucho daño y es mejor tenerlos en la acera de enfrente que no dentro de casa. Lo que Yahvé quiera se cumplirá con muchos o pocos fieles, pero se cumplirá. El  siempre se reserva un resto.

 

No tengamos miedo al futuro. La Iglesia Católica es una de las pocas cosas serias que quedan en este mundo. A lo largo de los siglos,  el Señor ha perdido muchas batallas, pero ha ganado todas las guerras. Y el Señor dijo: “Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos” y en otra ocasión : “El cielo y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán” ¿Cómo no ser optimista?

 

 Es verdad que el “Padre nuestro” no  pide a sus hijos más que amor, pues El lo creó todo, no necesita nada de sus hijos y nos ha dado todo lo que tenemos. Pero también es cierto que tras el primer mandamiento de amar a Dios, viene el segundo: “amarás al prójimo como a ti mismo” y  “ Quien no ama al prójimo a quien ve, ¿como va a amar a Dios a quien no ve ?”  Y el prójimo, el próximo, nuestro hermano, si que necesita dinero.