Los ídolos de piedra

Autor: Padre Alejandro Cortés González-Báez  

 

 

Hace meses tuve la dicha de pasar unos días visitando dos comunidades indígenas en la Huasteca Potosina. ¡Cuántas sorpresas agradables al tratar con aquellas personas!

Entre los detalles que más llamaron mi atención recuerdo la visita a un anciano muy enfermo recluido en su casa. Dentro de aquella pobreza había un orden y una limpieza dignos de admiración. El mobiliario era escaso y, por motivos obvios, las carencias muchas. Sin embargo, qué a gusto estar ahí. La actitud de aquel buen hombre era serena. Encantadoramente serena.

Ahora, cuando se levantan tantos altares a falsos dioses -algunos de ellos seres que vivieron amargados, pero eso sí, haciendo mucho ruido con su crítica mordaz- da un gusto muy especial convivir con esta otra gente sencilla que acostumbran dar gracias a Dios constantemente por todo lo que les da: la vida, el sol, el agua, el aire, las flores, un poco de comida y el calor de una familia por la que han gastado su vida trabajando duro.

¡Qué tremendo debe ser vivir sin conocer a Dios… y peor aún, negándolo.

Cuando nos asomamos a las librerías resultan llamativos los estantes repletos de libros que destilan hiel y amargura, pero que se venden y… se compran, como pan caliente. Tal parece que hoy en día, para tener éxito en algunos ambientes es indispensable ser ateo y de “izquierdas” y, por lo mismo, con toda la autoridad para criticar a quienes no piensan como ellos.

Recuerdo haber escuchado en la radio que alguien llamara “sagrado” al Artículo 3º. Constitucional, que impone la educación laica en nuestro país. Me resultó tan absurdo como si me estuvieran hablando de agua deshidratada. Pero no es del todo ilógico pues, como bien dice el refrán: El que no conoce a Dios ante cualquier piedra se arrodilla.

Qué tristeza da descubrir inteligencias con mega-procesadores neuronales en las que no brilla la luz sobrenatural, sino que viven a expensas de la luz del sol y, por las noches, de los focos eléctricos hasta que les llega el momento despiadado de la oscuridad total.

Y regreso a la Huasteca, a otra conversación llena de ternura con una ancianita de corta estatura que sólo habla el dialecto náhuatl, y en su lengua -según me explicaron- me agradecía una y otra vez mi visita, pues ella ya no tiene fuerzas para ir a la capilla de su comunidad.

Las comidas preparadas por manos callosas, servidas sobre mesas de tablas y en vajillas multicolores de plástico, peltre y platos desechables, resultaban exquisitas a pesar de su insuperable sencillez, pues todas estaban condimentadas con las sonrisas francas y sinceras de quienes han sabido llenar sus corazones de amor a Dios. Y esa misma actitud la podemos encontrar también en las grandes ciudades. No cabe duda: Así, como esta otra gente, sí vale la pena vivir.