Dime quien es tu pastor y te diré quien eres

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

 

 

Cuarto Domingo de Pascua

El cuarto domingo de Pascua es tradicionalmente el Domingo del Buen Pastor, una figura sumamente atrayente, en la iconografía cristiana (imágenes del Señor, de la Virgen o de los Santos). Esa es una atrayente figura, tan antigua que se encuentra en los más antiguos templos y tumbas de la cristiandad. Generalmente está representado por un joven fuerte, varonil, bien plantado, que trae sobre sus hombros o sobre su regazo a la oveja que se había perdido y que regresa gustoso a depositarla con el resto de las ovejas. Así quiere Cristo representarse delante de los suyos, y aunque los paisajes pastoriles están cada vez más alejados de nosotros, no deja de ser interesante la figura de Cristo cargando con cada uno de nosotros, hasta hacernos miembros de una sola Iglesia, señalando caminos de vida, y librando de los peligros a los que está expuesto el cristiano el día de hoy. Pero más interesante que la misma figura del Buen Pastor, son las palabras de Cristo mismo que ahora podremos ir paladeando como quien se deleita una tarde con un rico café en la mano.  

MIS OVEJAS ESCUCHAN MI VOZ... Parecería que la voz de Cristo mismo está más lejana cada día, y sin embargo está más cerca de nosotros que nosotros mismos. Algún autor espiritual, yo estoy de acuerdo con su afirmación, pedía que cuando quisiéramos comenzar a hacer oración, lo primero que tendríamos que hacer sería tocar algún objeto cercano, o nuestro mismo cuerpo, para darnos cuenta que estamos ahí, pues normalmente, siempre estamos fuera de nosotros mismos, pajareando, pensando, imaginando, curioseando, pero pocas veces estamos en el interior para recibir visita tan distinguida como Cristo a quien vale la pena oír, gozar y solazarse con su presencia. No tendremos que ir muy lejos a buscarlo. Ya lo tienes dentro de ti, pero tendrás que percatarte de que verdaderamente está ahí y ha venido sólo para ti.  

YO LAS CONOZCO... Es sumamente interesante pensar que somos únicos e irrepetibles, y que una vez que el Señor nos hizo, no volverá a hacer nunca jamás a alguien igual a nosotros. Al Señor no le falta ingenio, capacidad, arte y mucha imaginación para ir haciendo a cada ser humano distinto al resto de sus hermanos. Y vaya ingenio que tiene el Señor. Por eso me parece tan ridículo que alguien piense en la “reencarnación”. Eso sería restarle mérito al Señor y pensar que de tanto hacer y hacer a los hombres, su ingenio se ha agotado y no le queda más remedio que comenzar a fabricar hombres de “reciclaje”, como si fueran hechos hombres de desperdicios.  

Pero si fuimos creados únicos e irrepetibles, Cristo se solaza en cada uno de nosotros, y si nadie más hubiera en el mundo, por cada uno de nosotros habría venido. Ese conocimiento de Cristo es un arma de dos filos, pues no podemos pasar desapercibidos para él, pero también nuestras acciones no serán indiferentes, y tendremos entonces en nuestras manos la oportunidad de hacer siempre obras buenas, bellas, elevadas, imitando la belleza del creador y la belleza en la que fuimos creados. No habrá seres de segunda para el Señor. Te ama a ti y te ha hecho un regalo para tu mundo. Tú eres un regalo para el mundo. ¿Lo sabías? ¿Te lo habías imaginado? ¿Tú un regalo para tu mundo?  Pues así es. Claro que hay de regalos a regalos. Algunos hacen daño. Algunas cosas no se pueden regalar a los niños. No se pueden poner en sus manos.  

Y ELLAS ME SIGUEN...  Y si es verdad lo anterior, entonces la conclusión que Cristo mismo pone es que nosotros debemos seguirle. Y seguirle con toda nuestra vida, de la misma forma que él se ha entregado a cada uno de nosotros.  Y esto es entonces lo más difícil, si no queremos aparentar, si no queremos que la cruz sea solo un adorno en el pecho, el seguimiento de Jesús será hasta donde él quiera y hasta el momento en que él quiera. Aquí se encuentra la solución al llamado y a la respuesta que Cristo espera de cada uno de los creyentes, y la respuesta generosa que han dado muchas gentes que nosotros admiramos en la historia de la salvación. Gentes tan grandes como un San Francisco de Asís, casado de por vida con su dama la pobreza, o Beata Teresa de Calcuta, del reciente siglo pasado que hizo de su vida una entrega a los más pobres entre los pobres. Tenemos el ejemplo de tantos y tantos misioneros incluso en nuestros días que dejan casa y patria y madre y padre, alimentación, costumbres para hacer que el Amor sea amado en otras latitudes en las que encuentran incomprensiones, enfermedades, e incluso la muerte a la que se abrazan gustosos con el fin de ganar un lugarcito cerca del Cordero, y al mismo tiempo del Pastor en la Casa eterna del Padre.