Una playa sin tsunamis
Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda
Domingo III del Tiempo Ordinario, Ciclo A
Mateo nos conducirá este año de la mano, para ir caminando con Cristo y gozar de la salvación que nos trae. Después de los relatos de la infancia de Cristo, ahora Mateo nos trae una figura luminosa, encantadora, fresca, de Cristo Jesús el Hijo de Dios, ya metido hasta la médula entre los hombres.
Y lo presenta, solitario, aunque no por mucho tiempo, en los primeros días de su vida pública, caminando por las orillas del Lago de Galilea, estableciéndose en Cafarnaúm, su segunda casa, cerca precisamente del Lago, en un punto de confluencia de los caminos y en un lugar de reunión de varias lenguas, de varias culturas y de varios modos de pensar, que hacían a Galilea ser llamada con desprecio desde Jerusalén: “Galilea de los paganos”. Ya había quedado atrás Nazaret, ya se había realizado la emotiva despedida de María y Jesús, y ahora se lanzaba éste a la gran aventura del Reino y el Reinado de Dios.
Cautiva la figura de Jesús que se pasea distraídamente por la orilla del lago, pero no tanto como para no ir comenzando a buscar gente de confianza para instruirla en los misterios del Reino y enviarlos más tarde a llevar el Evangelio de la Buena Nueva. Esta era la predicación de Cristo en sus inicios, que anunciaba el Reino de la Salvación, de la Gracia y el Perdón, y la necesidad de convertirse al Reino para vivir en la paz, en la alegría y en la reconciliación.
En un principio, el mensaje de Cristo se parece mucho al del Bautista, pero con grandísimas diferencias, pues Juan anunciaba al Mesías como muy cercano y Cristo se presenta como ya viviendo y actuando entre los hombres. Además, Cristo no asocia su predicación a ningún ritual y a ningún bautismo, y Cristo no amenazará con grandes castigos a quienes no hagan caso de su mensaje. Viene a hacernos libres, y en la libertad ofrece su salvación y su paz.
Y es por eso precisamente, que Cristo no comienza su predicación de la gran capital, en Jerusalén, sino entre la gente sencilla, acogedora, cálida y pobre, tentada a sucumbir ante las ideas y la manera de vivir de tantas gentes extranjeras que se asentaban en las márgenes del lago de Galilea.
Quiero citar textualmente algo que me encontré por ahí y que da idea precisa de lo que quiero expresar: “Judea y galilea son incompatibles. Lo serán durante toda la vida de Jesús. Judea persigue a Jesús, le calumnia, intenta desconocerlo y como no puede silenciarlo, lo mata. Así de rotundo. En Judea estarán los sabios, los cumplidores de la Ley, los detentadores del poder. Ellos no podrán soportar aquella Voz que clama diciendo que todos los hombres son hijos de Dios y que no es tanto la Ley como el Espíritu lo que justifica al hombre; que no es lo que el hombre come o toca lo que le convierte en impuro sino lo que piensa, desea o siente; que no se hizo el hombre para el sábado sino el sábado para el hombre; que el Templo espléndido y brillante se quedará vacío y sin sentido: que Dios, no es el Dios lejano de los judíos, es un Dios cercano y próximo que espera pacientemente al hombre que se ha ido de su lado cuando vuelve a Él para refugiarse en sus brazos. Judea es la institución y la institución se siente en peligro de la doctrina “revolucionaria” en el orden del espíritu que predica aquél hombre que es la imagen misma de la libertad. Judea es la seguridad, la norma y para salvaguardar sin fisura esa tranquilidad que da el saber milimétricamente lo que hay que cumplir, no dudará en eliminar a Jesús”.
“Galilea es todo lo contrario: es Galilea el riesgo, la aventura, la utopía, es el reino del amor como única norma a seguir. En Galilea comenzará la aventura de la salvación y desde Galilea, hoy, Jesús llama y pide que se deje todo para seguirle. Y es en Galilea donde encuentra a aquellos hombres sencillos que, sin saber demasiado a qué se comprometían, no dudaron en dejarlo todo, todo lo que tenían, y marchar detrás de aquél Hombre al que hasta entonces nunca habían visto”.
Ahí está pues, Jesús, lleno de vida, de esperanzas de alegría, de expectativas, buscando entre las primeras cosas, un buen grupo de amigos, de confidentes, un equipo de “cuates”, para confiarles los secretos del Reino, y entre esta gente de Galilea encontrará a sus primeros apóstoles, Simón Pedro y su hermano Andrés, y Santiago y Juan, también hermanos: “Síganme, y los haré pescadores de hombres”. ¡Pescadores de hombres! No es cualquier cosa, es trabajo de hombres. No se pesca desde la orillita, con los pies metidos un poco en el agua, se tiene que ir de noche a lo desconocido, y echar las redes sin saber exactamente dónde, y luchar con las tempestades y las tormentas. ¡Pescadores de hombres! Cosa más difícil el día de hoy, y sin embargo aquellos hombres no chistaron. No preguntaron a dónde, cuánto les pagaría, si tendrían seguro social y vacaciones pagadas, si tendrían afores y derecho a casa propia. Simplemente lo siguieron. Y llegaron a ser los más felices entre los hombres, aunque al final, tuvieron que dar sus vidas en testimonio de la amistad que aquél hombre les había brindado. Si Cristo sigue llamando, ¿Encontrará la misma respuesta que la de aquellos primeros discípulos? ¿Encontrará quién le ayude a pescar, a rescatar a los hombres de la maldad, del egoísmo, de una vida exclusivamente dedicada a los placeres?
Creo que habrá que leer de nueva cuenta el capítulo cuarto de San Mateo: “Jesús andaba por toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando la buena nueva del Reino de Dios y curando a la gente de toda enfermedad y dolencia”
Ese es el Jesús que me gusta contemplar, cerca de todos, radiante, ofreciendo salvación y vida, ofreciendo liberación y participación en el Reino de Dios, caminando por los caminos de los hombres, la playa, los caseríos, los valles, los montes, las ciudades y las fiestas, las fiestas de los hombres. Y luego, ese Cristo que tiene la curación para todos, que no quiere hacer cosas espectaculares, que casi esconde la mano cuando cura, que invita a callar las maravillas que han salido de sus manos, pero que al fin brillan por sí mismas, porque se trata de atestiguar que él es el Hijo amado. Ese es el Cristo, que sigue ofreciendo salud y curando toda dolencia de los corazones de los hombres. Y lo hace a través de su Eucaristía, esa manera asombrosamente sencilla de quedarse con los hombres. Se dice que en Lourdes, muchas curaciones se realizan al paso del Santísimo Sacramento entre los enfermos, y cada sacerdote puede ser testigo de las muchas curaciones milagrosas, que su mano ha realizado cuando envía al pecador ya convertido y perdonado, a reintegrarse a su mundo.
¿Así es el Cristo que tú admiras? ¿Así es el Cristo del que esperas la salvación? ¿Y podrás decir a las gentes que el Cristo del Evangelio y del Reino está caminando por las orillas de tu propia playa invitándote a ser también tú pescador, llevando la barca de tu vida mar adentro?