Se solicita habitación para tres personas
Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda
Para los que no conocen mi tierra, Guanajuato, en el centro de México, les diré que es una ciudad cosmopolita, pues recibe constantemente gente de todo el mundo, tanto en ocasiones extraordinarias, como el Festival Internacional Cervantino, como a lo largo de todo el año, con gente que convive en las casas y en la universidad del Estado. Hay intercambio internacional de estudiantes. Los estudiantes extrajeros, lo mismo que los nacionales, se hospedan en casas particulares o de hecho alquilan una casa, la acondicionan y pueden vivir dos, tres, diez o doce en una agradable convivencia juvenil.
Pues bien, en esta ocasión, necesitamos una habitación especial, pues se trata de hospedar a tres personas verdaderamente especiales. El que solicita el hospedaje es nada menos que el Hijo de Dios, más conocido como Jesús de Nazaret.
Oigamos sus palabras: “El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada”. ¡Ya está! Lo que Jesús busca es una casa muy especial, pues debe de reunir dos únicas condiciones, que ahí se ame, y que ahí se viva según los mandamientos del Señor. No se vale cualquier habitación. Se necesita que ahí se ame. El apóstol, el sacerdote, acostumbrado a visitar por varias circunstancias las casas de los hombres, llega a desarrollar un sexto sentido, y se da cuenta inmediatamente, al abrirle las puertas, dónde se ama y dónde no. No hay necesitad de que se digan palabras. Al abrir mismo la puerta, ya se sabe dónde se vive en armonía y dónde no. Es la primera condición para hospedar a los huéspedes de Cristo.
Y la segunda condición es que se viva según los mandamientos del Señor. Hoy parece que se va perdiendo la línea entre lo que es bueno y lo que es malo, e incluso se pretende hacer pasar por bueno lo que es definitivamente malo, con el pretexto de que todos lo hacen: todos sobornan, todos atentan contra la vida de los inocentes en el seno de madre, todos se unen civilmente o de plano solo “se juntan” para “ver si se entienden”, cual si fueran bestias hechas para aparearse aunque después nunca más vuelvan a verse.
¿Y quienes son los huéspedes de Cristo? Pues él quiere hospedar al Buen Padre Dios, a su Espíritu Santo y él mismo quiere ser el huésped perpetuo del hogar. Ya de aquí surge espontánea la pregunta: “¿No quieres ser tú el que reciba a tan distinguidos huéspedes?
La verdad que no es fácil hospedarlos. Hay que cambiar muchas cosas para poder recibirles. Tenemos que echar a la calle todos los tiliches, todo lo que no sirve y lo que estorba. No podemos dejar rincones llenos de cosas viejas que guardamos a “a ver si más adelante nos sirven”.
Y luego tendremos que adornar nuestra casa con muchas cosas: tendremos que revestirnos de misericordia, de benignidad, humildad, modestia y paciencia. Tendríamos que caminar por el camino de una fe viva que excitaría nuestra esperanza y obraría por la caridad.
Los padres tendrían que ayudarse el uno al otro en la gracia, con la fidelidad de su amor a largo de toda su vida y educar en la doctrina cristiana y en las virtudes evangélicas a la prole que el Señor les haya dado. No sería obstáculo para abrir la casa el ser viudo o vivir en la soltería. Al contrario, ayudaría grandemente a hacer sentir a gusto a los invitados.
Ni sería obstáculo que se viviera entregados al duro trabajo, pues el mismo trabajo contribuiría a buscar la propia perfección, ayudar a los conciudadanos, a tratar de mejorar la sociedad entera y a la creación, imitando a sí al Cristo obrero que con sus callosas manos logró ganar su sustento y el de sus padres.
Los jóvenes podrían sentirse plenamente contentos con tales visitas, pues Cristo tiene 20 siglos de vivir y se conserva también plenamente joven y extiende sus brazos a todos los jóvenes de buena voluntad.
Y tampoco sería obstáculo para recibir a los distinguidos visitantes el hecho de ser pobres, enfermos, el sufrir achaques por la ancianidad o por los sufrimientos e incluso el hecho de ser perseguidos por la justicia. Creo que ahí se sentiría Cristo muy a gusto. En la historia sabemos de muchos enfermos que abrieron las puertas a Cristo y en él encontraron la santidad.
¿Pero cuáles serían las ventajas de recibir a los personajes en cuestión? Pues que ellos traerían aire fresco al corazón, una tranquilidad que nunca hubiéramos soñado y una paz indescriptible, anticipo de la que recibiremos cuando en cambio, nosotros mismos seamos recibidos de la Casa del Padre por Cristo su Hijo y por el Espíritu Santo. Hoy recibimos en nuestra casa a la Trinidad Santísima y a la vuelta de la esquina o de un poco de tiempo, nosotros seremos recibidos y con grandes muestras de alegría en la casa eterna del Padre.
Abrir las puertas a mis queridos personajes, será abrir la puerta a la santidad, lo cuál es un gran compromiso. El Concilio Vaticano II en la Lumen Gentium 40-42 y sobre todo el Papa en el Novo millenio ineunte 30, que mis lectores ya empiezan a conocer, nos dicen que la santidad, alegre, silenciosa, transformante, no es cosa de unos cuantos privilegiados o escogidos. En para todos. Y es un incentivo a dar lo máximo: “sería un contrasentido a nuestro bautismo, contentarse con una vida mediocre, dando apenas lo indispensable (ética minimalista) o vivir una religiosidad superficial” y empobrecida, peregrinaciones, mandas, veladoras, pero sin cambiar el corazón.
Me ha llamado poderosamente lo que el Papa dice de esa recepción a nuestros invitados, al llamado a la santidad y a un cambio de vida: “Preguntar a uno que se quiere bautizar (o a los padres que llevan a su niño al bautismo) “¿quieres recibir el Bautismo?” significa al mismo tiempo preguntarle: “¿Quieres ser santo?”. Significa ponerle en el camino del Sermón de la Montaña: “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” Mi 5, 48.
¿Y al final, la pregunta que se impone: recibirás a mis personajes o dejarás que se vaya de largo? ¿Perderás la gran oportunidad de abrir la puerta de tu corazón o de tu hogar a quien puede transformarte y salvarte para siempre?