¿Se fue Jesús contento al Reino de los Cielos?
Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda
Una catequista me confió que al dar su lección sobre la Ascensión del Señor, a unos niños que ven muchas horas la televisión, no les convenció absolutamente la explicación que les daba de que siendo el Hijo de Dios, Cristo podría subir por su propia fuerza al Reino de los cielos. Los niños le dijeron que no creían eso, sino más bien, que una nave espacial lo habría recogido, o que llevaba un cohete ínter espacial entre sus ropas. ¡Esa TV, es ahora la que norma la conducta, las costumbres e incluso las creencias de los hombres y sobre todo de los niños el día de hoy!
Sea como sea, la descripción de los evangelistas sobre la Ascensión de Cristo a los cielos, se queda corta ante la magnitud del significado del alejamiento de Cristo de los mortales.
Ya al final de la Pascua, nosotros nos tenemos que seguir preguntando, ¿Cristo se iría contento al Reino de los cielos? ¿Volverá tal como lo prometió? ¿Cuál será su herencia para los que nos quedamos en este mundo? ¿Les ha encomendado alguna tarea a los hombres?
Cristo pudo irse contento para reunirse con su Padre, pero en una condición nueva, pues ahora ascendía también con su cuerpo, su corazón y su alma, como cabeza de la humanidad, par esperar el regreso de todos los suyos, tal como se lo había pedido en la última cena a su Padre: “¡Padre, queiro que donde yo eté, estén también todos los que tú me has dado! Ahora regresaba como cabeza de la humanidad, para prepararnos un lugar cerca del Buen Padre Dios.
Sin embargo, al mismo tiempo que nos parece que se aleja, lo hace para quedarse para siempre con los suyos, ya que puso “casi en sus manos” la presencia del Espíritu Santo, para que Él acabara de explicarles lo que a Cristo nunca le habían entendido, el sentido de su pasión, de su muerte, de su misma resurrección, y la necesidad de entregarse totalmente como testigos de misma muerte y resurrección, para llevar a todos los hombres a Dios.
Pues a los hombres, a la Iglesia en concreto, les dejó el encargo de hacerlo presente en los corazones de los hombres: “He aquí que yo estaré todos los días hasta el fin del mundo”. No podemos olvidarnos que estamos ante un nuevo milenio, en el que se han sucedido luces y sombras que nos hacen pensar hacia donde encaminar nuestros pasos, como las gentes le preguntaban a Pedro el mismo día de Pentecostés: “¿Qué hemos de hacer, hermanos?
No podemos dar una respuesta simplista, no tenemos una fórmula mágica para los grandes desafíos de nuestro tiempo, sólo una convicción y una gran alegría: “Yo estoy con ustedes”. No hay un programa nuevo. La novedad es Cristo mismo, según dice el Papa en la N.M.I. 29 “El programa para los cristianos se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste”.
Hoy parafraseando a San Pablo a los Efesios, “tenemos que pedir espíritu de sabiduría y de revelación para conocerlo... Les pido que les ilumine la mente para que comprendan cuál es la esperanza que les da su llamamiento, (también nosotros estamos llamados a vivir con Cristo que se encuentra sentado a la diestra del Padre, y escuchar en el corazón de Cristo sus latidos, latidos de amor, que suspira para que pronto todos los hombres vivamos en su presencia) cuán gloriosa y rica es la herencia que Dios da los que son suyos, (estamos hablando de un mundo que nos ha dejado como herencia, para que en él sembremos semillas de amor, de unidad, de armonía, de paz, hasta que el Señor sea amado por todos los suyos)... y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros, los que confiamos en él, por la eficacia de su fuerza poderosa con la cuál resucitó a Cristo de entre los muertos”
Hoy no es día, pues de muchas consideraciones, sino de mucha alegría, pues uno de los nuestros ya ha triunfado, el primero de entre todos, y nos invita a reanudar el camino, a abrir nuestros corazones, a empeñarnos en la misma tarea de evangelizar a todos los hombres, y gozarnos, gozarnos porque el triunfo de Cristo es también nuestra victoria, “pues a donde llegó él, nuestra cabeza, tenemos la esperanza cierta de llegar nosotros que somos su cuerpo” (Oración colecta).