Quien hace bien a su enemigo, tiene a Dios como amigo
Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda
En qué aprietos nos mete Cristo cuando se trata de acercase al hombre y hacerle entender que todos somos apreciados y apreciables para su corazón, y que lo que quiere para nosotros también lo quiere para el vecino.
Si hemos de tomar en serio las palabras de Cristo, vaya lío en el que vamos a meternos, pues “la mera neta”, ¿quién puede amar a su enemigo, hacer el bien a quien lo maldice y orar por el que los persigue?
Nada mas considerar los verbos que usa Cristo es para desanimar a cualquiera. Veamos: amar a los enemigos. Amar, amar, lo que se dice amar, ¿seremos capaces? Quizás seríamos capaces de ignorar, de dar la vuelta al que se llevó a tu mujer o a la que se llevó a tu marido, o al que te dejó sin casa porque los intereses fueron tan altos que no hubo manera de pagar. Pero amar, amar, la verdad que está difícil.
Hacer el bien al que te ha maldecido. A lo mejor nos taparíamos los oídos, o haríamos que no oímos, o lo disculparíamos diciendo que a lo mejor no está enterado de todo y por eso se sulfuró contra nosotros, pero, hacerle el bien, ¿no se te hace que se le pasó la mano a Cristo?
Y orar por el que te persigue. Está clarito lo que hizo David con Saúl, que por ese tiempo era rey de Israel, quien le había agarrado tirria y envidia. David lo tuvo en sus manos, de noche, pudo desprenderse fácilmente de él, con una sola lanzada dada por uno de sus servidores. Pero no quiso manchar sus manos con sangre enemiga, y menos de una persona consagrada por Dios como líder de su pueblo. Nosotros, en cambio, lo mejor lo que haríamos sería ponernos a salvo, evitar que nos sigan dando lata, o mejor, interponer una demanda, protegernos en nuestros intereses, nuestra fama o en nuestra persona. Pero orar, lo que se dice orar por el que no se quiso casar con tu hija después de haber gozado de ella, o por el que ha hecho todo lo posible en la oficina para que te quiten el trabajo para dárselo a su hija, o por el maestro que se empeñó en no darte el pase que necesitabas para mantenerte en la escuela o finalmente por el padrastro que te atosigó y te cercó hasta hacerte caer y luego te amenazó con denunciarte. Orar por todas estas gentes, la verdad, la verdad, esto está fuera de nuestro alcance. Como hombres o como mujeres no alcanzamos para tanto.
Sin embargo, parece que Cristo no estaba hablando a tontas y a locas, pues añade a continuación que quien así proceda, tendrá un gran premio, y podrá ser hijo del Altísimo, el que es bueno con los malos y los ingratos, el que hace llover sobre justos e injustos. Y esto sí es para ganarnos el corazón, pues eso significará que ninguna de nuestras acciones pasará desapercibida, pues de otra manera el esfuerzo de tantos y tantos hombres y mujeres que se gastaron y se desgastaron en servir a los demás, sería cosa inútil y vana. No podríamos pensar que una vida de entrega como Teresa de Calcuta quedaría sin recompensa y un Juan Pablo II que está dando hasta la última gota de energía para hacer feliz a la humanidad podría quedar en el olvido. Y no podemos despreciar ejemplos como el de María Goretti, que por no prestarse a los bajos instintos de un muchacho mayor que ella, prefirió morir a manos de él, no sin antes dejar en claro que le perdonaba y que quería tenerlo cerca de ella en el Reino de los cielos, querría ver cerquita de ella a quien había sido su victimario. Y también podríamos citar a un joven, quien durante una velada juvenil con Juan Pablo II en su última visita a España, quiso perdonar públicamente a quien había matado hacía poco a su propio hermano. Él convirtió el odio, el rencor y el deseo de venganza, en un camino de paz, de luz y de salvación.
Pero cuando Cristo “ya no tuvo abuela” como decimos vulgarmente, fue cuando nos pidió: “Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso”. Esto me hace pensar en la gran confianza que Cristo deposita en nosotros, pues nos hace capaces de un esfuerzo sin límites, que nos coloca en las grandes alturas, que no nos permite caminar con la mirada en el suelo, como los cerdos o las gallinas, que nos invita a volar a lo alto, como las águilas, que pueden mirar de frente al sol y pueden ser compañeras de las nieves doradas y de las altas cordilleras. ¡Qué gran concepto tiene Cristo de la raza humana, colocarnos hasta las alturas del Buen Padre Dios! ¡Qué dignidad nos otorga hasta hacernos hijos del altísimo, cuando mereceríamos ser para siempre esclavos! ¡Qué gloria nos espera, cerca del Padre, aunque nunca llegáramos a su propia altura, pero qué gran satisfacción haber podido competir en la gran carrera de la vida teniendo como meta la casa del Buen Padre Dios! Qué importa el esfuerzo invertido, y qué importa el tiempo que hayas invertido en marchar. Si tu camino es corto, y tu muerte viene a los pocos años, bendito seas, si eres llamado en la madurez de tu vida, sin haber alcanzado las metas que te habías fijado, bendito seas, si llegaste encorvado, víctima de dolores y de achaques, bendito seas, lo importante es que hayas corrido hasta el último día de tu vida, pues la recompensa será grande, podremos gozar de una dicha sin par y de una compañía inmejorable. Por eso podremos aprestarnos para iniciar o reanudar la marcha por el mundo, al mismo tiempo que cantamos llenos de profunda alegría, con el Salmo 102: “Bendice, alma mía al Señor, que todo mi ser bendiga su santo nombre.. no te olvides de sus beneficios...como un padre es compasivo con sus hijos, así es compasivo el Señor con quien lo ama”.