¿Porqué volvió Cristo a Nazaret?

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda



San Lucas, el Evangelista que nos irá guiando durante este año, después de su introducción, nos presenta a un Cristo flamante, iluminado, radiante, fortalecido, lleno de luz de gracia, alegre, profundamente alegre, lleno del Espíritu Santo, después de su bautismo y de aquellos días terribles de la tentación en el desierto, donde además de las tentaciones del demonio, fue fortaleciendo y templando su voluntad, hasta hacerse infatigable recorriendo los caminos de Israel, primero en Galilea, luego en Judea y Jerusalén, con vistas a extender su mensaje a todo el universo.  Cristo estrenaba su ministerio, y se hacia amigo de los caminos, de las veredas, buscando a los hombres dondequiera que se encontraran, en los montes, en los valles, en los ríos, en los lagos, en los caseríos, en las grandes ciudades, e indudablemente en las fiestas, donde congregados los hombres, fácilmente podrían escuchar el mensaje de salvación. Así, la fama de Cristo corrió como un reguero de pólvora. Había alguien que hablaba con autoridad, había alguien que hablaba con verdades, había alguien que acariciaba los rostros y las almas de los pobres, de los necesitados y de los enfermos. Cristo era el hombre para los hombres, para todos los hombres.  

Nadie se sentía rechazado, todos cabían en su corazón. Pero Cristo sentía un deseo muy grande, inaplazable: volver a su tierra, recorrer los caminos de su aldea, encontrarse con los compañeros de juego de su ya pasada niñez y adolescencia, volver a casa, la casa pobre, pero luminosa, la casa pobre pero llena de amor, la casa pobre, pero donde no faltaba nunca el pan para todo el que tocaba a la puerta,  y saborear el pan calientito, recién horneado por su madre, volver a sentarse en el banco de trabajo de su padre, y oler la madera recién cortada, esa madera con la que pudo sostener a su madre después de la muerte de José, pero sobre todo, Cristo quería llevar su mensaje, las primicias de su mensaje salvador  a las gentes con rostro, con facciones, con apellidos, hacerse cercano a todas aquellas gentes con las que había convivido aquellos años felices, sin dobleces, sin angustias, sin sobresaltos de Nazaret.  

Y un día lo pudo lograr. Tomó a los suyos, y se dirigió por el camino a la pequeña aldehuela de Nazaret, para estar con los ellos en la asamblea de oración en la pequeña capilla, la Sinagoga del poblado. Todos le admiraban, querían estar cerca de él tocarle, escucharle, se les hacía tan extraño que aquél muchachito que todos habían conocido supiera ahora “tantas cosas”, si la escuelita del lugar solo daba para las operaciones aritméticas, para enseñar a leer y para manejar la Escritura Santa. Pero ahora estaba ahí, y era realidad. Ese día le tocó a él la lectura de la Palabra de Dios, que era el punto focal de la reunión semanal, y tropezó precisamente con un texto del profeta Isaías, que quiso convertir en su propio plan de vida. No quiero ensombrecer lo que trato de iluminar, pero hay que tomar en cuenta que ese viaje y esa reunión significaron para Cristo una de sus primeras amarguras, porque su mensaje fue rechazado a causa precisamente de la humildad de su cuna y de la cercanía con aquellas gentes que lo seguían viendo como “el chiquillo de María”.  

Acerquémonos, entonces, reverentes al mensaje que Cristo tomó como suyo esa ocasión, para intentar hacer que él corra con mejor suerte con nosotros que somos sus invitados al banquete de su Palabra y de su Eucaristía cada semana.  

El comenzó diciendo: “Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la Buena Nueva...”  Cristo tiene el Espíritu en plenitud, es el Hijo de Dios, y ese Espíritu fue el que hizo posible que él se encarnara en el seno de María su Madre, el que le acompañó en las buenas y en las malas, y el que dio testimonio de él, juntamente con el Buen Padre Dios una vez que Cristo hubo salido de las aguas del Jordán. No hubo ciertamente una unción con aceite como se acostumbraba hacer con los reyes y los profetas, pero ni duda cabe que Cristo que poseía el Espíritu Santo, había sido ungido, consagrado y enviado a traer la Buena Nueva a todas las gentes y pudo darlo a sus sucesores, una vez que él subiera de nueva cuenta a su Padre Celestial. Cristo es portador de buenas nuevas, no es el aguafiestas ni el profeta de desventuras, es el que trajo la alegría de saber que tenemos un “Padre” Dios que nos ama y quiere que todos los hombres se amen por sobre toda diferencia de raza, de color,  de posición económica o social.  

Los pobres siempre tuvieron un lugar muy especial en su propio corazón. Reconoció que pobres siempre los tendríamos a nuestro lado pero para ayudarles, para abrirles el corazón, y para tenerlos como aliados e intercesores al momento de presentarnos al tribunal de Dios.  

“...Me ha enviado para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos...”. Los cautivos, los ciegos, los oprimidos.  De ellos está lleno ahora el mundo, desde los que son esclavos de sus propias pasiones, hasta los que pretenden hacer la luz con la violencia, los atentados, los golpes suicidas, desde  los que oprimen a otros con la prostitución, las drogas y la exaltación del placer y la comodidad hasta los que se esclavizan a sí mismos, negando la vida a un ser en el seno de la propia madre, y en su lugar compran perros que pueden ahora darse una mejor vida que muchos humanos. Los perros  y las especies en peligro de extinción, tienen ahora las comodidades que les negamos a los humanos. Los anuncios en la televisión van ahora encaminados a proporcionar una mejor alimentación, una buena digestión, una buena limpieza corporal, pero a los perros domésticos, no a los humanos.  A estos  tiene Cristo una palabra que dirigirles:  los hombres  deben estar antes que  todo, porque ellos son imagen y semejanza de Dios sobre la tierra, y el que honre y su abaje por su hermano el pobre, el oprimido, el esclavo, será honrado y el Padre, el Buen Padre Dios se abajará hasta él, atrayéndole para siempre hacia  su corazón.  

“...Me ha enviado a proclamar el año de gracia del Señor...”. Este el tiempo de la salvación, este es el año de gracia del Señor, y bien haremos entonces en congregarnos cada domingo, en familia, la familia en pleno, para hacer fiesta, la gran fiesta de los creyentes, para CELEBRAR, para hacer viva la presencia y la visita de Cristo Jesús hasta los suyos, los que tenemos nombre y apellidos, como las gentes de Nazaret.  El fin de semana no será solo un simple “fin de semana”, que se ocupe en el reposo, a veces vivido lejos de la familia y la casa,  o en las actividades culturales, políticas o deportivas, o menos todavía en  el pecado y la borrachera. Nuestra celebración eucarística, nuestra Misa, será con plena docilidad al Espíritu Santo de Cristo el momento cumbre de nuestra semana, según nos recomienda el Concilio Vaticano II: “Los fieles deben reunirse en asamblea a fin de que, escuchando la Palabra Dios y participando en la Eucaristía, hagan memoria de la pasión, resurrección y gloria del Señor Jesús y den gracia a Dios que los ha regenerado para una esperanza viva por medio de a resurrección de Jesucristo de entre los muertos”. (S.C.106).