Para salir de un atranco, no busques ni cojo ni manco

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda



¿Los mancos y los cojos no sirven para el Reino de Dios? ¿Los ciegos y los tullidos no están buenos para la cosecha del Reino?  ¿Los leprosos y los sordos no serán para la cosecha de Cristo? ¡Indudablemente que sí! Cristo vino a buscarnos a todos a los malos y a los buenos, a los pobres y a los ricos e indudablemente a los más pobres entre los pobres, es decir a los pecadores. Con ellos Cristo no se midió, pues eran  sus preferidos, por eso  pretendió  sacarlos de su postración, y por eso a  ellos dedicó todas sus energías y  para ello dio su propia vida.

 

Pero para lograr su propósito, la salvación de todos los hombres, necesitaba de los hombres mismos, por eso, una de las primeras preocupaciones al comenzar su vida pública fue elegir a un grupo de amigos, de gente leal, de gente de confianza, y fue recorriendo los caminos para encontrar y elegir a los que él quería retener junto a sí, para enviarlos luego, ya capacitados, a conquistar el mundo para el Padre.

 

Precisamente hoy tenemos oportunidad de echar un vistazo al llamado de quien sería uno de sus grandes amigos y sucesor en la Iglesia servidora de los hombres que él fundaría para extender su Reino: Pedro, el buenazo de Pedro.

 

De un carácter fuerte, con una sensibilidad a flor de piel, no era lo mejor, pero el tiempo dio la razón a Cristo, pues dado a salir en todo en  primera fila, una vez reconocidas todas sus caídas, pudo ser el fidelísimo Pedro que hoy se perpetúa en la figura del Papa.

 

Quiero imaginarme el rostro de Cristo radiante, luminoso, confiado, lleno esperanzas, sin la sombra todavía de sus enemigos y perseguidores. Su rostro inspiraría confianza y entrega.

 

Así lo experimentó Pedro aquella mañana luminosa en que Cristo le pidió que le prestara su barca para hablar desde ahí a la multitud que esperaba en la orilla del lago para escuchar su palabra. Cuando Jesús terminó de hablar y hubo despedido a las gentes, le pidió a Pedro que llevara mar adentro la barca para pescar. Pedro sintió ganas de reírse y de decirle al recién llegado que él no sabía nada de pesca ni de redes ni de barcas. Quiso decirle: “¿Qué no sabes que nadie pesca al mediodía? ¿Qué no sabes que yo conozco mi oficio, y que por cierto nada hemos pescado, aunque nos hemos desvelado toda la noche?”. Sin embargo, vio tal seguridad y tal aplomo en la mirada de Jesús, que Pedro tuvo que agachar la propia y decirle a Jesús: “Confiado en tu palabra echaré la red”.

 

No sabemos cuántos años tendría Pedro, pero lo que contempló aquél día quedó grabado para siempre entre los grandes recuerdos de su vida, pues la pesca fue tan abundante que las redes se rompían al grado que hubo que llamar a la barca vecina para que les ayudaran a llevar el cargamento a la playa, pues el peso habría sido capaz de hundirles.

 

Pedro sintió ese día, en  tierra, lo que Isaías contempló en una visión celestial, el miedo ante el misterio de Dios, ante la grandeza del Dios de los cielos, y no acertó sino a decirle a Cristo: “¡Apártate de mí, Señor, que soy un pecador!”. Pero Cristo lejos de despedirlo, aprovechando la visión que Pedro y sus compañeros habían tenido ante una pesca tan abundante, lo llamó para sí desde entonces: “”No temas, le dijo: desde ahora serás pescador de hombres”. 

 

Ese día Cristo comenzó a tener los primeros compañeros de aventuras, y desde ese día comenzó a urdir junto con ellos la manera de realizar el plan de Salvación de Dios sobre la tierra. A fuerza de oración y de compartir con ellos su vida toda, fue enseñando a sus discípulos lo que vale la fuerza del amor, pues las gentes los fueron buscando desde entonces, logrando la gran revolución en los corazones con la sola fuerza de su amor.

 

Hoy Cristo sigue enseñando a las gentes desde la barca de Pedro, auxiliado como entonces por una serie de hombres sujetos a las limitaciones de la frágil condición humana, los obispos y los sacerdotes, encabezados por un anciano, Juan Pablo II,  que más que dirigir una barca tan pesada y tan extensa como es la Iglesia tendría que estar recluido esperando la hora de Dios, y que sin embargo, usando de las pocas fuerzas que aún le quedan, nos invita una y otra vez como Cristo lo hizo en su tiempo: “Remen mar adentro,... vamos a dejar la seguridad de la orilla, tomen con vigor  las redes... no tengan miedo, yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo...”.

 

No podemos olvidar que estamos estrenando siglo e incluso milenio, donde todo son interrogantes sobre el futuro. El Papa mismo lo ha constatado en su precioso documento Novo Millennio Ineunte pero ha afirmado que pase lo que pase, estamos en las manos de Cristo y ahí ningún mal podrá tocarnos.

 

Esa tiene que ser una fuerte convicción de los cristianos, pero la otra, será la de tener confianza en la voz de nuestros pastores, pues pase lo que pase, sus decisiones siempre estarán inspiradas por el amor a este pueblo que se les ha confiado. No siempre su palabra será fácil, no siempre tendrán la respuesta a todos los interrogantes que plantean las situaciones que va presentando nuestro mundo, y no siempre serán del agrado de todos, ni de los que están fuera de la Iglesia e incluso de los que estamos dentro de ella.

 

Así ha pasado estos días, cuando en México se ha aprobado la “píldora del día siguiente”, que hasta donde podemos comprender, basados en los postulados de la ciencia médica, traerá consecuencias muy duras para la salud física de la mujer y muchas secuelas dañinas en la  moral de parejas ya establecidas y en mucha gente joven.  La voz de los obispos mexicanos no se hizo esperar, dijeron lo que su conciencia les dictaba y la reacción de los medios de comunicación ha sido desastrosa. Han pintado a los pastores como gente despistada, fuera del tiempo, desligada de la suerte de los fieles, haciendo el ridículo delante de ellos   a quienes han amenazando  con excomuniones que dejarían fuera a mas y más gente que se iría  de la Iglesia porque no encontraron comprensión en ella ni en sus pastores.

 

El tiempo pondrá a cada gente en su lugar, y algún día daremos la razón a nuestros pastores, que tienen de parte de Cristo el cometido de guiar por caminos de verdad, de justicia y de paz a todo el mundo hasta llegar a la casa del Buen Padre Dios. Hoy nos toca  a nosotros pedir por nuestros pastores, para que encontrando la fuerza y el aliento en el Espíritu Santo de Cristo puedan con mano firme impulsar al pueblo santo de Dios gritando valerosamente: “Vamos remando mar adentro”.