Para matar a la chinche, hay que quemar el petate

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda



Parece que las chinches están en retirada, y los petates son cosa del pasado, cosa de la historia, pues la gente “civilizada” ya dormimos en colchón, preferente de buena marca. Pero cuando las chinches llegaban al petate, normalmente no había que hacer para desprenderse de ellas, mas que quemar el petate, de otra forma, se multiplicarían por toda la casa. 

Y esa sería la impresión que nos podrían causar textos de la Escritura, con un lenguaje apocalíptico, que nos harían suponer que este mundo corrompido y contaminado con la maldad del hombre, tendría que ser destruido, arrancado de cuajo, para acabar de sobre la superficie de la tierra toda semilla de maldad y de paso a todos los hombres, portadores de la semilla del mal. 

Y hablando del fin del mundo, esa sería la impresión que nos causan algunas palabras de la Escritura, e incluso palabras del mismo Cristo: “Cuando lleguen aquellos días, después de la gran tribulación, la luz del sol se apagará, no brillará la luna, caerán del cielo las estrellas y el universo entero se conmoverá”. Parecería que Cristo le da pábulo a los hermanos separados, que con la Biblia en la mano van anunciando que el fin del mundo está ya cerca, porque la maldad del hombre ha sido inaudita. Incluso, los años inmediatamente anteriores al comienzo del nuevo milenio, fueron de miedo y de temor para mucha gente, que pensaba que el fin ya estaba cerca, por lo que había que hacer acopio de velas y de agua bendita, “por lo que se pudiera ofrecer”, como si esos objetos pudieran detener la determinación divina de acabar el mundo entero, como se les acabó en estos días su pequeño mundo a muchas gentes a las que se les quemaron en California todas sus pertenencias en ese macro incendio de días pasados. 

“La luz del sol se apagará.... estamos tan contentos y tan seguros de que el sol, que se ha ocultado de noche tendrá que salir a la mañana siguiente... No brillará la luna... y los enamorados ya no tendrán inspiración para sus ratos de placer... Caerán del cielo las estrellas... las juguetonas estrellas ya no se antojarán en las manos o en la frente de los niños, porque ya no tendrán luz... Y el universo entero se conmoverá... Todo nos parece lúgubre y dan ganas de preguntar porqué tendría que ser destruido este mundo tan bello, tan armónico, tan escrupulosamente construido. 

Pero esas palabras de Cristo, sin dejar de ser verdad, son apenas como el telón de fondo para lo que vendrá enseguida, así como cuando Cristo hablaba de su cruz, nunca dejaba de hablar de su propia resurrección.

“Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad. Y él enviará a sus ángeles a congregar a los elegidos desde los cuatro puntos cardinales y desde lo más profundo de la tierra a lo más alto del cielo”. 

Esa es la verdadera intención de los evangelistas al presentarnos con ese lenguaje apocalíptico, la segunda venida de Cristo. Venida que tendrá lugar, sin duda alguna. Y una venida de la que dependerá la suerte eterna de todos los que hemos sido llamados a la vida por el Buen Padre Dios. Nadie podrá escapar del juicio que vendrá con la venida del Señor Jesús. Por cierto, como que no habrá sorpresas ese día. Tal como ha sido la vida, normalmente así será la muerte. Dios no tiene que hacer milagros de última hora. Ya lo decía el profeta Daniel, en un texto inusitado, tratándose de un mensajero en el Antiguo Testamento, donde no les quedaba muy clara la situación de los muertos: “Entonces se salvará tu pueblo: todos aquellos que están escritos en el libro. Muchos de los que duermen en el polvo, despertarán: unos para la vida eterna, otros para el eterno castigo”. 

Pero cuidado, no podemos adelantar acontecimientos: en cuanto a eso, en cuanto al fin del mundo, Cristo dejó perfectamente claro: “Nadie conoce el día y la hora. Ni los ángeles del cielo ni el Hijo del hombre, solamente el Padre”. No le demos vuelta, no podemos ser alarmistas. Ni Cristo quiso serlo. Y lo manifiesta claramente: Eso no lo sabe ni él mismo. De manera que la actitud del cristiano no tiene que ser otra sino la ESPERANZA. Esperanza en los méritos de Cristo, en su sangre redentora, en su cruz, en su Sangre, en su entrega, en su redención. Esa es nuestra esperanza. No hay otra. Sin embargo, ya que la historia la escribimos Dios y los hombres, nuestra aportación también será necesaria. No nos salvará el Señor sin nosotros. Por eso no podemos pasarnos por este mundo como si éste no existiera. Tenemos que dejar huella de nuestro paso por este mundo, y mientras caminamos, tendremos que ir sembrando flores, y bosques y jardines, y buenas obras, que será lo único que podremos llevarnos de este mundo.

Así, con estas consideraciones, ya estamos listos para dar gracias a Dios por este año mas de vida que nos ha concedido. El próximo domingo celebraremos la fiesta de Cristo Rey, que concluye este año litúrgico, y la Iglesia se aprestará a iniciar otra vuelta de esta espiral hermosa que nos acerca cada vez más a los brazos amorosos de nuestro Buen Padre Dios. Alegres siempre en la Esperanza del Señor.