Las flores del camino en el día de difuntos

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

Una leyenda india cuenta que había un aguador que cargaba sobre sus hombros un palo del que colgaban dos cubetas de madera. Una de ellas, por el tiempo, se fue agrietando, mientras  la otra, más reciente, conservaba toda el agua, acompañando al aguador que desde al arroyo del lugar, transportaba el agua por un largo camino hasta la casa de su patrón. En cambio la cubeta agrietada, solo llegaba con la mitad del agua.  

Durante dos años completos esto fue así diariamente. Desde luego la cubeta recién hecha  estaba orgullosa de sus logros, pues se sabía joven y perfecta para los fines para los que fue creada. Pero la pobre cubeta agrietada estaba muy avergonzada de su   propia imperfección   y  se sentía   infeliz  porque sólo podía hacer la mitad de todo lo que se suponía que era su obligación.  

Después de dos años la cubeta resquebrajada le habló al aguador y le dijo: “Estoy avergonzada y me quiero disculpar contigo porque debido a mis grietas solo puedes entregar la mitad de mi carga y solo obtienes la mitad del dinero que deberías recibir”  

Y el aguador le contestó: “Cuando regresemos a la casa quiero que notes las bellísimas flores que crecen a lo largo del camino”. Así lo hizo la cubeta vieja y en efecto vio hermosísimas flores a lo largo del trayecto, pero de todos modos se sintió apenada porque al fin del camino solo quedaba dentro de sí mitad del agua que debía llevar.  

El aguador le dijo entonces “Te diste cuenta que los flores sólo crecen en tu lado del camino?  Siempre he sabido  de tus grietas y quise sacar el lado positivo de ello. Sembré semillas de flores a todo lo largo del camino por donde vas y he podido recoger estas flores para decorar el altar de mi madre, además de que la vista de las flores hace más llevadero el camino llevando cargadas las dos cubetas.  Si no fuera por ti  y tus defectos, no hubiera sido posible crear esta belleza”.  

Aquí termina la leyenda hindú, pero esto será la ocasión para pensar y celebrar el día de todos los difuntos. La leyenda tiene datos muy interesantes. En ella quiero ver el camino de nuestra propia vida.  En el aguador quiero ver al mismo Señor de la Vida, al Dios viviente, que va dándonos a cada uno de nosotros una cubeta al principio de la vida. Y hay que ver qué se hace con la cubeta. Algunos no cargan agua, prefieren algo más jugoso y la llenan de vino, otros prefieren llenarla de monedas de oro y plata, cosa cada vez más difícil, pero hay quien se empeña en hacerlo. Otros prefieren cargarla de placeres, de perfumes de lociones, de cremas bronceadoras. Unos conservan intacta su cubeta, inmaculada, pero es una cubeta vacía, les cuesta mucho cargarla, y si se pudiera la arrojarían lejos al borde del camino.   

Y otros han causado tanto alboroto con su cubeta que al fin se ha agrietado, pero ha retenido un poco de agua, y ahora nos admiramos de los que han sembrado árboles en el camino que nos dan la oportunidad de gozar de los bosques y las praderas, de las flores y las estrellas.  Admiramos al Dios de la vida que ha hecho tan bello este mundo, donde tantos hombres nos han dejado caminos y carreteras para que nosotros pudiéramos desplazarnos con rapidez a nuestros destinos.  

Y sería el momento, no de parchar nuestra propia cubeta, sino que a partir de nuestras propias grietas, de nuestras deficiencias, de nuestros propios pecados, continuemos sembrando flores, y bosques y lagos y mares y estrellas y atardeceres y amaneceres bellos para las generaciones que vendrán detrás de nosotros. Muchas veces tendremos que recorrer el camino, o mejor una sola vez tendremos oportunidad de recorrer el camino, y llegar con el agua de la vida,  con nuestra pobres obras y nuestras acciones, a depositarlas en la casa del Buen Padre Dios, para recibir para siempre el agua de la Vida, el Agua que no se acaba, el Agua que nos durará toda la vida, aunque ya no haya camino, ni sed ni cansancio, sino un descanso, una casa y unos brazos abiertos, los del Padre, para descansar siempre en ellos.   

Que el día de los difuntos nos recuerde la necesidad de orar por los que ya se han ido, por los que han sembrado nuestros caminos de flores, pero también, porqué no, orar por los que no dejaron ni una sola flor, sino a lo mejor muchos cardos, muchas espinas. Y que seamos conscientes de la necesidad de sembrar, en los más pobres, en los más necesitados, en aquellos a los que el mundo les ha negado todo: “Vengan benditos de mi Padre... porque tuve hambre, tuve sed, estuve en prisión... y ustedes me socorrieron”. Siembra flores, siembra acciones, siembra bondad, siembra servicio, siembra amor.  

Quizá tú no veas los frutos, quizá no puedas sentarte a la sombra de los árboles que sembraste, pero tus acciones ahí quedarán, invitando a otros a continuar el camino, ha cargar sobre las espaldas ya no un palo de aguador, sino la Cruz de Cristo, que será la señal de entrada y que será la recompensa, la Vida, la Verdadera Vida, la que Cristo plantó en medio del jardín de nuestro mundo, como señal de la verdadera Belleza, del verdadero Bien, de la Verdad, flores que tendremos que cultivar para llegar juntos a la Casa del Buen Padre Dios.