La fiesta de la Epifanía del Señor, fiesta de los Santos Reyes
Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda
En México tenemos la costumbre de hablar de la fiesta de Guadalupe Reyes, con lo cual hablamos de una larga temporada de fiestas que comienza con la fiesta de la Virgen de Guadalupe, y medio termina con la fiesta de los Reyes Magos. Esta última podría pasar como una fiesta infantil, que está en franca retirada, pues los Santos Reyes mexicanos están tan pobres que le van cediendo el lugar al panzón de Santa Claus que tiene harta lana, pues viene de Estados Unidos y muchas ganas de seguir ríendose hasta el cansancio con una risa que logro identificar qué significará.
Pero esta fiesta, de ser netamente infantil, es una gran lección para los grandes que se empeñan en seguir siendo grandes, cuando Dios mismo quiso hacerse pequeño para compartir las penas y las alegrías, los sinsabores y las grandes esperanzas de la humanidad. Valdría la pena volver a leer el relato de los magos de oriente, para dejar que la estrella luminosa que los guió hasta el humilde portal de Belén, ilumine de nuevo nuestro propio camino, y podamos llegar a ser hermanos de todos los hombres, sin distinción de raza, de color, de edad, de olor, de conocimientos y de riqueza. Alguien decía que estamos tan separados, que al hacer el examen de conciencia tendríamos que pedir perdón por considerar a nuestros hermanos como “otro”, distinto a nosotros mismos.
Entrando en materia, hemos de decir que el relato de los magos se conjuntan la historia, la leyenda y los mitos, hasta darnos precisamente esa gran lección: Todos los hombres estamos llamados a la Salvación precisamente en la persona de Cristo Jesús. Los magos venían guiados por una estrella misteriosa, señal inequívoca de una manifestación divina. Dejan comodidad, casa, parentela, y se lanzan a la aventura como solo los grandes pueden hacerlo. Así les gustan a los jóvenes, a una buena clase de jóvenes, los retos, por ejemplo de las altas montañas.
Pues al llegar a Jerusalén, hay un momento desconcierto. Pueden llegar a la presencia de Herodes, un rey muy emprendedor, de grandes edificaciones, pero de un corazón duro, que no dudaba en matar a sus propios familiares con tal de conservar su propio reinado. Es el segundo personaje del relato. Él convoca a los sacerdotes para que investiguen donde tendría que nacer el Mesías, y después de una no muy larga investigación sacan en claro que es Belén, una oscura y cercana aldea, el lugar indicado por las Escrituras, el lugar indicado para el nacimiento del Redentor.
Pero a eso se reduce su intervención. Ellos son los terceros personajes, y salen muy mal parados, pues ellos no mueven un dedo para ir tras de lo que se suponía que era su objetivo y el de todo el pueblo: esperar al Mesías. Pudiera ser un reproche a los sacerdotes, a los que vivimos al otro lado del altar, que vamos indicando el camino pero que muchas veces no nos decidimos a andarlo totalmente nosotros los primeros. Pero el reproche podría ser igualmente para todos los cristianos, que ya sabemos, y lo sabemos bien, e incluso inducimos a otros, a los niños a seguirlo, a recibirlo en la “Primera Comunión”, pero que aceptamos muy a regañadientes el hacer con ellos la comunión, el ENCUENTRO, con quien sabemos que está en la Eucaristía, oculto ciertamente, pero presente, y vivo y resucitado para todos los creyentes.
Los magos fueron aleccionados para que en cuanto encontraran al niño volvieran a avisarle, para poder ir también él a postrarse ante tan gran prodigio. Pero eran creyentes y no precisamente espías o cómplices del poderoso y cruel tirano.
Después del desconcierto inicial, la estrella continuó su camino, y los dejó precisamente frente a un portal que tenía como habitantes temporales a una criatura en las rodillas de su madre y al padre adoptivo de tan celestial criatura. Cuando la alegría y la emoción les permitió acercarse un poco más, pudieron lograr por primera vez postrarse, doblar la rodilla ADORAR, es la palabra técnica, con una adoración y una postración que sólo se debe a Dios, pero en esta primera ocasión para el niño llamado Jesús. Es el momento clave, cuando Cristo se manifiesta como el Salvador de todos los pueblos, de la que ya no tendrán nunca más la exclusiva los judíos. La Salvacion es para todos los hombres, para todas las edades, para todas las épocas.
Las ofrendas de los magos nos hablan de esa doble condicion de Cristo el recién nacido, es hombre, el Hombre perfecto, sujeto a todas las limitaciones de nuestra naturaleza, aún el dolor y la muerte, pero es también Dios, perfecto Dios, capaz por lo tanto de salvar y de liberar al hombre de sus propias debilidades y de sus pecados.
El final es feliz y al mismo tiempo misterioso. Advertidos de que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino. Y el mensaje es nuevamente claro: cuando se ha encontrado con Cristo, el hombre ya no puede ser el mismo. Cristo va marcando el corazón del hombre hasta hacerlo distinto, semejante al corazón de Dios que no exluye de sí a ninguna de las criaturas salidas de sus manos.
Al final de mi mensaje creo que todos los lectores estarán implicados en el relato y en su mensaje, y seguramente surgirán las preguntas: ¿A quién queremos parecernos? Al solitario Herodes, encumbrado en su propia gloria y poderío, pero solitario, intrigante y amargado? ¿A aquellos antiguos sacerdotes que estaban dedicados a escrutar las Escrituras pero que a la hora de la hora prefirieron también la comodidad del palacio o del templo y no la aventura de buscar y de postrarse ante el recién nacido? ¿O a los magos, misteriosos, desconocidos, pero generosos hasta el extremo, que venciendo obstáculos, oscuridades y adversidades tuvieron la dicha de adorar ellos primeros al Divino Redentor? Volvamos a nuestra niñez y dejemos que esa estrella, pálido reflejo del Redentor, vaya guiando nuestros pasos, y podamos encontrarnos entre todos los hombres, adorando al único, al supremo, al soberano redentor de todos los hombres: CRISTO JESÚS.