Hay bienes que traen sus males y males que traen sus bienes

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda



La felicidad en este mundo no puede ser completa. La tela de la vida tiene de todo, bienes y males, entremezclados, y bien es verdad que los bienes traen sus propios males, pues siendo bienes de este mundo, en lugar de ser escalones para ascender a través de ellos, los convertimos en pedestales para encumbrarnos y lo que consiguen es separarnos de la realidad, convirtiéndonos en esclavos de esos mismos bienes. En cambio, hay males que de momento parece que nos asfixian, pero que luego producen una gran libertad, como el hombre que acumuló y acumuló, y en una sola noche perdió todas sus posesiones en un incendio, pero poco tiempo después se mostró el hombre más libre del mundo, porque entonces pudo hacer todo lo que había querido hacer y no había podido, intentando guardar más y más para su futuro.

Esta mezcla se dio en el encuentro de Cristo con un joven según nos cuentan los evangelistas. No conservamos su nombre, pero sabemos que era un hombre bueno, y sobre todo, joven. Su pregunta era ingenua, pero muy esperanzadora: “¿Qué debo hacer para poseer la vida eterna?”. Una pregunta fenomenal, tratándose de un joven. Era un joven sensato, con cierta sabiduría, entendida como una manera de seguimiento del Dios de sus antiguos padres. ¡Qué encanto que todos los cristianos, cada vez menos, que frecuentan la Eucaristía los domingos pudieran acercase a Jesús con esa misma pregunta, y recibir la respuesta de labios del mismo Cristo. ¡Cuánto cambiarían nuestras vidas y cuánto cambiaría nuestro mundo! 

La respuesta la recibió el joven de primera mano del mismo Jesús. Lentamente, Jesús fue explicándole los mandamientos, señalando faros de luz para su camino, pues así entiendo yo los mandamientos, como las señales luminosas en la carretera. Qué peligrosa es una carretera de noche, con curvas, con declives, con lluvia o con neblina, y sin señalamientos a los lados y por el centro. Es una carretera peligrosísima. Así sería la vida sin los mandamientos. Te estrellarías contra la naturaleza, contra tus hermanos y contra tu Dios mismo. 

Parece que en un momento el joven quiere interrumpir a Cristo cuando le declara todavía con ingenuidad e inocencia: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde muy joven”. ¡Cuántos quisiéramos poder decir lo mismo! Cuántos quisiéramos decir que los mandamientos son nuestra alegría y nuestro gozo.

Y hay un momento estremecedor. Dice el evangelista que Cristo girando sobre sí mismo, puso su mirada en el joven y en esa mirada le mostró todo su amor, al contemplar el fondo de bondad en aquel joven. De nueva cuenta, ¡Cómo desearíamos ser mirados así por Jesús! ¡Cuánto quisiéramos sentir esa mirada cálida, transformante, alentadora, y no un reproche por el desorden en nuestra vida, en nuestros sentimientos y en nuestros pensamientos!

Y a continuación vino la palabra iluminadora de Cristo: “Entonces, sólo una cosa te falta: Ve, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme”. 

Aquí el asunto da un vuelco total, pues por una parte, Cristo no se avergüenza de amar profundamente al joven aún sabiendo que tenía una gran riqueza material. Nos damos cuenta que Cristo no rechaza la riqueza, ni excluye a los ricos de su corazón. Varios ricos eran sus amigos, no rehusaba ser invitado por ellos, incluso algunas mujeres, que formaban de alguna manera del grupo de seguidores, de su propia riqueza, sostenían la marcha de los apóstoles y los discípulos de Jesús. Pero Jesús da directamente en el clavo, al proponer un cambio total de mentalidad, pues recordemos que la riqueza era vista como un don de Dios, y mientras más rico fuera un hombre, más podría sentirse bendecido por Dios, aunque a su paso encontrara muchos pobres e indigentes, él podría mirarles desde arriba, a todos aquellos que no habían tenido la misma fortuna que él.

Por eso, aquellos verbos usados por Cristo calarían profundamente en el ánimo del joven: “Ve... vende... da... ven y sígueme”. Y el hecho de que no tengamos el nombre del joven que logró atraer la mirada de Cristo y logró hacer que éste lo amara, lo encontramos en la respuesta del joven: “Al oír estas palabras, el hombre se entristeció y se fue apesadumbrado, porque tenía muchos bienes”. Qué pobre respuesta ante el panorama que Cristo le abría: “Así tendrás un tesoro en el cielo”. El verdadero tesoro, la felicidad que anhelaba, quedó atrás ante el cuidado que debería poner ahora sobre los bienes que quizá poseería sin haberlos trabajado, recibiéndolos en herencia. 

Nunca volvimos a saber de él. Cristo no le dirigió más la palabra, pero a continuación vino una lección muy fuerte: “Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios”. Y por si la lección no estuviera muy clara, Cristo continúa: “Qué difícil es para los que confían en las riquezas entrar en el Reino de Dios”. Cada quién haga sus propias conclusiones. No se condena la riqueza, también es obra de Dios, y bien usada, la riqueza se convierte en una fuente de trabajo, para los hombres y las familias, para la sociedad en general. 

Cristo reprueba el endiosar a las riquezas, a las obras de las propias manos, y hoy tenemos que ser sinceros, pocas personas idolatran la riqueza en sí, pero qué tal los esclavos del vino o del sexo o del escándalo o de la injusticia y la deshonestidad, los que trafican hoy con hombres o con mujeres, e incluso con niños, o los que se muestran mercaderes de la mentira y se muestran como hambreadores del pueblo, o los que no idolatran el oro o la plata, pero sí la belleza corporal, sacrificándolo todo por tener una figura esbelta, hasta parecer una “barby”, prototipo de la belleza hoy, o los placeres de la carne y las vanidades de la vida. Hoy la tentación es fuerte, hemos endiosado los bienes, y es necesario volver a escuchar el libro de la Sabiduría: “Supliqué, invoqué al Señor, y vino sobre mí el espíritu de sabiduría... la preferí a los cetros y a los tronos... la tuve en más que la salud y la belleza; la preferí a la luz, porque su resplandor nunca se acaba. Todos los bienes me vinieron con ella: sus manos me trajeron riquezas incontables”. ¿Porqué no pedir hoy esa sabiduría que nos haga darle a cada cosa su valor y hacer nuestro máximo valor el amor de Dios nuestro Padre, y pedir que “El Señor bondadoso nos ayude y dé prosperidad a nuestras obras”?.