Fiesta de la Sagrada Familia

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda



Apenas pasada Navidad se nos acaba el año civil, pero vaya ocurrencia, aunque este año nos ha traído de todo un poco, ¿qué mejor manera de finalizar este año que en contemplación de la Sagrada Familia?  

Esta es la fiesta que celebramos como último domingo del año: la de la Sagrada Familia.  Ciertamente no sabemos mucho de la vida que se llevaría al interior de aquella familia tan singular, formada por Jesús, María y José, pero la contemplación de Cristo hombre, logrado, recio, maduro, modelo de hombre para nuestra humanidad, nos hace pensar en las muchas cosas que Cristo fue recibiendo de aquellos padres encantadores que le sirvieron no solo de padres, sino de maestros. Para acercarnos a ellos, nos bastará dejarnos guiar por el texto de San Lucas que concluye el período de Cristo en su infancia. Se trata del día en que a los 12 años sube con sus padres a Jerusalén para la oración y la alabanza. Ese día ocurrieron cosas extraordinarias.  

Toda familia judía tenía que subir a Jerusalén una o dos o tres veces al año para la oración, la alabanza y el sacrificio. Ir a Jerusalén era un día de fiesta, era una procesión litúrgica, donde imperaba la alegría y la fraternidad. Para la pascua se arreglaban los caminos y  los puentes, se cavaban pozos cerca del camino, las familias se organizaban en caravanas, se oraba y se cantaba al comenzar la peregrinación,  y en el camino se encontraban a gentes que había llegado antes que ellos, los comerciantes, que ofrecían frutos de la tierra, frutas, verduras, tortas de pan e higos o uvas en abundancia.  

María y José habrían ido todos los años al Templo, pero esta ocasión era muy especial, porque Jesús cumplía 12 años y desde entonces estaba obligado con las obligaciones religiosas de todo judío. Jesús como sus padres, era gente sencilla, de pueblo, provinciano, y todo era nuevo para él en Jerusalén, las muchísimas tiendas de campaña en torno a la ciudad, la algarabía de la gente, y el odio no disimulado cuando se encontraban soldados romanos, igual que hoy sentirán los irakíes ante la presencia de las tropas extranjeras.  

Y lo más atrayente para Jesús lo constituyó la primera entrada oficial a la casa de “su” Padre, la majestuosidad del templo, la multitud de fieles y sacerdotes, y luego, presenciar por primera vez el sacrificio del cordero a manos del sacerdote, el altar, el puñal, el cordero degollado, la sangre derramada, sangre redentora y purificadora para todo el pueblo. Sin comprender plenamente el sentido de lo que estaba presenciando, en su alma se sentiría un sobrecogimiento sobre lo que aquello significaba en su propia vida. Eso le planteó infinidad de preguntas, y preguntas que no podían quedar para después, preguntas que había que ir dilucidando. Por eso se queda entre los doctores que en las inmediaciones del templo atendían a los fieles y a los curiosos con los cuales se podía escuchar, preguntar o discutir. Jesús, de 12 años pero ya con una mentalidad de un muchacho de los de hoy de 17 o 18 años, se confundiría entre otras varias gentes  que preguntaban y aprendían de los doctores de la ley.  

Mientras tanto, los padres, ignorando el crecimiento instantáneo que aquella visita a Jerusalén había provocado en su hijo Jesús, al no encontrarlo entre las familias ni entre los muchachos que se adelantaban a las caravanas, decidieron regresar a Jerusalén para ir en su búsqueda. Lo buscaron donde habían comprado las herramientas para José o los cedazos para la cocina de María, entre la familia donde habían pernoctado pero no encontraron ni rastro. Tuvieron la ocurrencia de ir al Templo, y ahí estaba su hijo. María corrió un poco más que su marido, y cuando estuvo cerca de Jesús, le reclamó como lo hubiera hecho cualquier madre en cualquier lugar del mundo: “¿Hijo mío, porqué te has portado así con nosotros? Tu padre y yo te hemos estado buscando llenos de angustia”. Y aquél muchachito tan obediente, tan respetuoso, tan atento hasta entonces, sorprendió a la buena madre con una respuesta que para mí es la de un auténtico adolescente, atrevido, desafiante, provocativo: “¿Porqué me andaban buscando? ¿No sabían que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?”. La respuesta dejó fría de momento a la Madre, era algo que no esperaba, sin embargo, eso dejó  en su ánimo la memoria de lo que el ángel le había manifestado el día de la Anunciación, y lo que el anciano Simeón le había pronosticado cuando Jesús estaba chiquito y lo llevaba en sus brazos  a pocos pasos de distancia de ahí. Comprendió que efectivamente Jesús era alguien distinto, con un plan de salvación para todos los hombres, que el Padre le había confiado, y fue comprendiendo en ese momento que desde entonces no podría atar a Jesús al pequeño corralito de Nazaret, pues su hijo era un águila que tendría que volar muy lejos y muy alto, tan alto como la humanidad entera para ser salvada por él.  

Sin embargo, ésta es también ocurrencia mía, María le diría a su Hijo: “Sí, es verdad que tú tienes que ocuparte de las cosas de tu Padre, pero tu Padre te encargó precisamente conmigo, así que te me vienes, y nos vamos de regreso a Nazaret”. Lo que sí es cierto, es que efectivamente Jesús bajó con sus padres, por los 16 siguientes años, Jesús siguió sujeto, obediente, cosa inaudita, él el mismísimo Hijo de Dios, sujeto a la autoridad de dos seres que eran infinitamente inferiores a él. Y fue en ese ambiente donde Jesús completó la formación que aún le faltaba como hombre, para entregar su vida en bien de todos los hombres. Lucas nos dice en pocas, poquísimas palabras lo que fueron para Jesús todos aquellos años: “Jesús iba creciendo en saber, en estatura y en el favor de Dios y de los hombres”.  

Jesús aprendió de su ambiente, de su pueblo, de sus padres, de todo mundo, a situarse en el mundo, y entregarnos un mensaje que es universal, pero que es a todas luces de tinte judío y provinciano. Jesús nunca tuvo prisa por salir de ahí, como el gusanillo no tiene prisa en convertirse en mariposa. Él fue impregnándose de la sabiduría, de la fe de su pueblo, y fue creciendo como un río tranquilo en su inteligencia, pero como un fuego en su corazón y en su amor a su pueblo y a todos los hombres. Creció en la sencillez de un hogar, en la ternura de unos padres fabulosos, en la reciedumbre de un José, fuerte, viril, trabajador, religioso, profundamente religioso, pero también en la delicadeza, la ternura y el interés de su madre por los pequeños, los sencillos, los enfermos, los desarrapados,  y de su cuenta fue ampliando su círculo de interés por los mas pobres entre los pobres: los pecadores.  

Al final del año que termina, entusiasmémonos por las virtudes que se vivían en el seno de aquella familia singular, la Sagrada Familia, e intentemos vivir en el amor, en la entrega y en la fe en nuestra propia familia, para que el mundo sienta que somos hermanos, y que como hermanos vamos caminando a la Casa del Buen Padre Dios, para incorporarnos  a la gran familia de los hijos de Dios que ya han transpuesto las barreras de este mundo.