El "video" que delata a Cristo que como El que ha Resucitado
Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda
Muchos lectores nos han manifestado que les gustaría saber de Cristo resucitado, pues poco se habla de ello. Por eso tuvimos el atrevimiento de entrevistar a Jesús que sin dejar su lugar cerca del Buen Padre Dios tuvo la grandísima gentileza de contestar a nuestras balbuceantes preguntas, siempre pensando en todos ustedes.
Señor Jesús, comenzamos, Ud nos impone grandemente, pero para quitar la formalidad, queremos preguntarle si podemos llamarle de tú, aunque la distancia que nos separa sea muy grande.
No hay problema, nos dijo Jesús, nuestra distancia puede ser grande, pero el amor nos hermana y nos acerca, hasta hacernos una sola cosa.
Queremos preguntarte en primer lugar, desde tu situación de resucitado, cómo ves los años que estuviste entre los hombres y cuáles fueron tus impresiones de ese tiempo.
“Después de haber vivido siempre con mi Padre Dios, bajar a estar con los hombres fue emocionante. Acompañar a los hombres desde dentro, nos enriqueció, y nos hizo de un gozo indescriptible, pues eso me dio la oportunidad de escoger y tener mi propia madre. Una situación que acá arriba no había conocido. Tenía una madre, que se convirtió en el mejor ángel que yo hubiera podido tener. Los primeros, fueron años difíciles, pues tuvimos que huir a tierra extraña, movidos por el amor de mis padres y su cuidado de mi vida y mi salud. Siempre fuimos pobres, capacidad no nos faltaba a mi padre adoptivo, José, y a mí, pues teníamos brazos fuertes e inteligencia no nos faltaba, pero eran necesarios los caminos sencillos para estar con todos los que sufren y se desvelan y no logran destacar en el mundo. Así no se sentirían solitarios. Los tres últimos años de mi vida fueron de una alegría profunda y de muchos sobresaltos y tropezones que al fin llegaron a dar al traste con mi vida, aunque no por mucho tiempo.
¿Cuáles fueron los primeros pasos en eso que llamaríamos vida pública? Cuando me despedí de mi Madre, tuve que buscar un grupo de amigos, gente sencilla en la que yo podría confiar, para entregarles mi mensaje, mis ilusiones, mi corazón, mi vida entera. No me entendieron totalmente porque no estaba en sus manos. Lo que yo les quería entregar excedía totalmente su capacidad, pero puse los cimientos para que cuando mi Santo Espíritu los acompañara, les explicara lo que yo no podía hacer en ese momento. Luchamos juntos, debo reconocer que estuvieron a la altura de las circunstancias, ponían toda su ilusión en la misión que les entregaba e iban ilusionando a las gentes para que cuando yo llegara, ya me estuvieran esperando para sembrar en sus corazones la semilla de salvación. Los últimos días fueron particularmente difíciles. Las fuerzas del mal parecía que me harían extinguirme para siempre y los hombres se salieron con la suya, lograron quitarme de en medio, matándome de una manera despiadada, vergonzosa, quitándome la vida desde un madero, un árbol, pero no un árbol de vida sino de muerte, de silencio y de oscuridad, pero mi Padre que estaba al tanto de todo, estuvo siempre a mi lado y cumplió la promesa que yo les hice a los míos de volver para quedarme para siempre con ellos.
¿No guardas rencor para todos los que te maltrataron hasta hacerte morir en la cruz?
Las últimas horas sobre la tierra, fueron atroces. Todos se volvieron contra mí o me abandonaron a mi triste suerte. Incluso mis amigos, mis discípulos, cuando me vieron en peligro, corrieron cobardemente para no correr la misma suerte que yo. Sólo quedaron fieles, mi Madre, el Apóstol Juan y unas cuántas personas, casi todas ellas mujeres. Los dolores en la cruz fueron indescriptibles, y mi vergüenza de verme desnudo en la cruz y abandonado por todos, fue de una soledad que no tiene comparación. Pero así como la madre que ve con agrado al hijo en sus brazos después de haberlo dado a luz, ya no se acuerda de los dolores que tuvo que padecer, así yo, viendo las puertas abiertas del cielo gracias a mis llagas, a mis espinas, a mi cruz y a mi obediencia, ya no tuve más en cuenta todo lo sufrido, y no podía tener resentimiento ni rencor con los hombres, porque eran mis hermanos para siempre, y yo tendría que perdonarlos, y presentárselos limpios, limpiados con mi propia sangre, a mi Buen Padre Dios.
Después de aquellos terribles tres días de estancia en el lugar de los muertos, en la tumba fría, ¿cuáles eran tus deseos y tus planes?
Mi único deseo era volver con los míos, los que el Padre me había encomendado, y amarlos, amarlos y amarlos, con un amor que me hiciera abrazarlos a todos, comenzando por los que habían compartido conmigo los caminos, el hambre y la sed, mis ansias y mis alegrías, mis triunfos y lo que aparentaba ser el gran fracaso de mi vida, mi propia muerte.
¿Y cuál era la reacción de las gentes que tuvieron la dicha de encontrarse contigo, luego de la muerte y de la tumba? En general, era de estupor, de sorpresa, de admiración. No les cabía que yo pudiera estar nuevamente con ellos. Me veían y me veían pero algo estaba velado en ellos que les impedía RE-CONOCERME. Me conocían se daban cuenta de que yo estaba ahí, pero hubo necesidad, por ejemplo ante mis apóstoles, de mostrarles mis manos llagadas, y la profunda llaga de mi costado, donde había entrado la lanza, para que se dieran cuenta de que era yo.
Incluso comí varias veces con ellos, compartiendo el pan y la sal y la alegría, aunque mi cuerpo ya no necesitara alimento. Pero cuando me re-conocieron, entonces su alegría fue indescriptible, saltaban de gozo y se felicitaban y tuve que abrazarles a cada uno de ellos, para soplar después sobre ellos para darles la fuerza de mi Santo Espíritu y darles entre otras cosas el poder de perdonar los pecados, a ellos y a sus sucesores. Nombré a Pedro, el impetuoso, el impulsivo, el genioso, el corajudo, el que no valoraba sus palabras y sus acciones a tiempo, pero el que más me amaba, y la verdad no me salió tan mal el asunto, porque sus sucesores, sobre todo los del último siglo, los Papas, me han hecho sentirme muy satisfecho.
¿Pero nosotros, los que no tuvimos la dicha de estar entre los que pudieron contemplarte y tocarte y ser instruidos en aquellos cuarenta días después de muerte, qué podemos esperar y como podemos conectarnos contigo?
Que bueno que tocas este asunto. Recuerda que entre los once apóstoles, uno de ellos, el buenazo de Tomas, se atrevió a decir que él no creería lo que le decían sus hermanos de que me habían visto y de que estuve con ellos, hasta que no metiera su dedo y su mano en las huellas de mis manos y mi costado. El pobre Tomasin, cuando me vio, palideció, tembló de pies a cabeza y cayó como fulminado por un rayo a mis pies, reconociendo, qué gran cosa, ¡mi divinidad!: “Señor mío y Dios mío”. Yo tuve que felicitarlo, porque me vio y se rindió a la evidencia, pero tuve que felicitar de antemano a todos aquellos que sin verme, llegarían a creer en mí, fundándose en la fe de aquellos hombres que pasados unos cuántos años fueron martirizados para confesar de esa manera que confiaban plenamente que con mi muerte y mi resurrección, todos tendrían las puertas abiertas de la eternidad. Hoy tienen a mi Iglesia, mi esposa, que tiene el poder de ponerme en contacto con todos los hombres, y sueño con el día en que podamos ser una gran familia, y pueda presentarlos a todos a mi Padre Dios, para vivir siempre juntos.
No sé cuánto tiempo nos llevaría la entrevista. Cristo estaba fresco, esperando más preguntas, pero nosotros estábamos cansados y muy emocionados por lo que le dimos las gracias y nos despedimos hasta otra ocasión en que pudiéramos estar en esa agradabilísima compañía.